Con la puerta cerrada

¿Alguna vez has sentido que todo aquello por lo que luchabas, lo que daba sentido a tu vida, simplemente se esfumaba?

Verle salir por la puerta sin siquiera despedirse, sin mirar hacia atrás, me desarmó.

Fue como si nuestros caminos jamás se hubieran cruzado. Desapareció como un fantasma en una noche de niebla.

“Está bien” me decía a mí misma. Tal vez ya estaba tan acostumbrada a las despedidas sin adiós que la primera impresión que tuve fue esa, que todo estaba bien, que no importaba si se marchaba, me las podía arreglar sin él.

Pero lo único que hacía era engañarme, una pequeña trampa que me enseñó mi madre para evitar el dolor, y por desgracia no me estaba funcionando.

Cada vez que llamaban a la puerta salía corriendo a abrirla, esperando verle de nuevo con un juguete o con una sonrisa para mí.

Los días se vuelven interminables, el reloj se detiene y no avanza. Parece como si un gran peso te impidiese mover las piernas. Que una sola palabra desata un torrente de lágrimas, que ya no tienes ninguna razón por la que sonreír.

Aún no te explicas cómo de la noche a la mañana todo haya cambiado. Me sentía estúpida, impotente por no saber qué es lo que hice mal. Quería arreglarlo pero no sabía cómo.

Y me detuve un momento a pensar en cómo serían las cosas si nada se hubiese estropeado, como si la vida no hubiese dado un giro de 180º en la mala dirección.

Pero espera. No. Era mejor así.

Siempre he dicho que mi mayor miedo es la soledad, y si soy sincera en ese momento me sentía así. Pero no pasaba nada. El dolor nos hace fuertes, y con el paso del tiempo pensamos que invulnerables, aunque al final vuelves a cometer la misma estupidez de abrirle tu corazón a alguien. Porque necesitamos sentirnos queridos.

Le echaba de menos. Me acuerdo cuando me levantaba en el salón de mi casa para que tocara el techo. Me hacía sentir grande, como si nada ni nadie pudieran hacernos daño.

Recuerdos que por mucho que intenté enterrar, no se van. El olor que me envolvía cada vez que me abrazaba, cómo me levantaba cada vez que me tropezaba.

¿Por qué me mintió? ¿Por qué no me dijo que los monstruos no se escondían debajo de la cama, sino dentro de nosotros?

Después de nueve años aún sigo esperando las respuestas a esas preguntas, sigo en la misma puerta, pero la diferencia es que ya no está abierta.

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