Manuel y Emma

Siempre supe que el cansancio de verdad viene de dentro. Maldigo ese cansancio hoy, consciente plenamente y por vez primera de que me ha vencido sin posibilidad de prórroga.

No obstante, el de dentro, ese cansancio de ahí –el profundo-, aparece pronto en demasía. Recuerdo que, hace años, tuve temporadas de rendición, etapas nubladas y paralizantes. La suerte fue que ese cansancio interno exhibía su poder entonces sólo en tramos discontinuos. Su intención clara, durante esas iniciales apariciones suyas, era entrenarme con dureza a su posterior presencia permanente. Ahora lo sé: veo con nitidez su intención de ayer y veo asimismo lo desentrenado que me ha encontrado este presente que me atropella como un tren oxidado de mercancias tetánicas.

Esta mañana muy temprano, el de dentro -el profundo, siempre madrugador en exceso- se ha bajado precisamente de un tren. Llevaba un timón ajado, sin su tallo, un timón sin nada que dirigir, anclado a nada. Elevando el timón jubilado por encima de su cabeza, me ha gritado: “He llegado, ya no hay tiempo para nada, déjate atropellar por mí, será mejor que me lo pongas fácil, pasaré por encima tuya y todo habrá terminado, dejarás de ser”.

Y lo terrible es que no puedo incorporarme, tan siquiera gritar. Querría rebelarme, zarandearme para protestar, zarandear y abofetear a este agotamiento que desea tragarme. Querría no dejarme hacer, tomar el timón una vez más, como siempre he hecho, sacudirme del hombro la pereza y seguir mi rumbo.

El profundo agotamiento continúa explicándome: “Es hora de que tu corazón no haga otra cosa más que toser, olvidándose de latir”-se mofa asquerosamente.

Aún tengo fuerzas para esbozar una sonrisa incrédula, muda irremediablemente. No le creo, no podrá conmigo, no me conoce, ignora la fuerza que tengo, todo esto pienso.

Mi sonrisa es borrada antes incluso de surgir. Mis músculos faciales no atienden a mis órdenes. Ninguno de mis músculos ya. Es un golpe de estado de todas mis células, se levantan contra mis normas y mis deseos de siempre, incluso los cotidianos: ¿desde cuándo no camino?

De repente, percibo un chasquido molesto. Algo se ha roto. Mi campo de visión se funde a negro. Quizá me he quedado dormido sin querer. Sí, el desgarro lo ha sufrido mi realidad consciente.

En escena, un sueño. Sueño sin querer y sin ganas. Con sinceridad, me hubiera apetecido más haber creado una pesadilla; mas, a estas alturas y como ya he dicho, no cuento con el mando…

… A propósito de un collar perdido, comienzan a surgir escalas en las que poder elevar las piernas y descansar. Escalas que, afortunadamente, existen en mitad de la travesía. Con la elevación de mis miembros inferiores dejo de sentir el insoportable dolor circulatorio que traía.

… A raíz de dicho collar –es un lazo, en realidad, anudado a un cuello de no sé quién-, aparecen pedazos de mantel en donde recostarme, tomar aire, suspirar y tomar un café templado.

… Es nuestra casa. Ella.

… Siento paz y agradecimiento. Por vez primera desde hace mucho, no estoy enfadado. Inspiro y entra aire en mí. De tanto en tanto, el mantel se convierte en manta cuadriculada, de tonos cálidos. Improvisa el mantel-manta un abrazo. Parece ser que los abrazos de manteles-mantas son suaves y hacen llorar, como los días de lluvia. Lloro, así, como un niño. No me doy lástima porque los llantos de niño siempre tienen arreglo, son todo oportunidades, futuro y posibilidades.

Otro chasquido. Otro roto. En esta ocasión la grieta ha sorprendido, de arriba abajo, a toda la anatomía de mi imaginación. Un ecuador sangrando en su mitad. Maltrecha, gime.

Despierto yo, empapado en lágrimas. Los gemidos también eran míos. La paz del mantel se ha esfumado. Ha sido sustituida por una miedo atroz. Cada vez más grande, el miedo avanza veloz. Cada instante, una inquietud aterradora mayor, mayor en la medida en que voy descubriendo que mis lágrimas surcan arrugas, que no soy un niño, que no hay oportunidad, ni futuro ni posibilidades. Mis arrugas son los propios rotos en mi mantel, en mi manta cuadriculada, la de tonos cálidos.

Contemplo el destrozo mientras quisiera apretar los pies uno contra otro con las plantas enfrentadas, tal y como lo hacen los bebés cuando descubren la línea media de su cuerpo y la sobrepasan, conquistando un hemicuerpo al otro hemicuerpo. Necesitaría dibujar ese rombo con mis muslos y mis piernas. Reconquistarme a mí mismo de lado a lado, sería preciso. El rombo tendría una lanza: mis pies. Y ellos apuntarían decididos, al unísono, en un perfecto trabajo en equipo. Los lanzaría contra un muro de cristal que creo que me encarcela. Al muro le veo. El muro es real. No está escrito en condicional, existe. Ese muro verdadero me separa de un comité de duelo. Reconozco a familiares, también a amigos. Visten rostros lánguidos. Diría que están de velatorio al otro lado de la cárcel de cristal.

Un último chasquido. Éste ha sonado más a relámpago que a desgarro. Me vuelvo a quedar dormido profundamente y sin querer.

Más mesa descubierta, no hay mantel; menos océano en el que dejarse llevar. Es una tormenta escuchada en una soledad gélida. Las tormentas no provocan llanto lento. Me doy lástima. La ausencia embauca las esquinas y el cielo se desconcha tras una pared transparente. Entretanto, dudas referentes a la realidad, entre telas gruesas de mantas sin doblar.

Aparece ella. Gracias. Aparece ella, como siempre, para poner orden. Encuentra el collar perdido, lo limpia con mimo tras haberle ofrecido su aliento y logra que brille aunque solamente será por un segundo. En los instantes sucesivos, terminará el encanto y el collar se transformará en lazo mate para siempre. Se amarrará a un cuello que reconozco. Ella inclinará hacia mí su cuello enlazado. Me abrazará tan suave como los manteles. Ha conseguido cruzar el muro, tan real como insondable –nada es imposible para ella-, para estar este segundo conmigo. Lo que dura el brillo de un lazo que, en un tiempo, logró transformarse en collar.

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