El club de los cansacuerpos

EL CLUB DE LOS CANSACUERPOS

Mojacar 13 de agosto de 2019.

Durante el ocio estival he podido refrendar como algunos de mis mejores amigos, se toman las vacaciones como algo que debe ser programado hasta el más mínimo detalle. No conciben el “dolce far niente” de la improvisación mediterránea, que nos ha solucionado muchos problemas y nos ha metido en otros a lo largo de nuestra gloriosa, o no tan gloriosa, historia.

Todo comienza cuando uno o varios días anteriores a los sucesos vacacionales alguien propone algún tipo de actividad. Casi siempre el proponente es uno de los que yo vengo denominando como amigos “cansacuerpos”. Una vez realizada la propuesta el amigo determina la hora de salida, calcula el tiempo de desplazamiento, el tiempo de visita, el lugar donde realizar las pausas, así como el lugar de comida, merienda e incluso la cena sí la jornada lo permite y por supuesto la hora de retorno (sin la cual no podrían programar de forma adecuada la siguiente jornada)

¿A qué familia pertenecen los “cansacuerpos”? Suelen ser tipos acostumbrados a llevar las riendas de alguna empresa grande o pequeña (vamos que mandan un huevo). Aunque existe una segunda variedad, que yo denomino “fanáticos” que no necesariamente profesionalmente han tenido grandes responsabilidades, pero que sin embargo sí tienen algún tipo de afición, a la cual consagran todo su tiempo de ocio (que suele ser total si están jubilados). Estos últimos coinciden con los primeros en todo, solo que en su caso toda la programación se centra en el tema de su delirio, perdón quería decir afición. Así hay cansacuerpos centrados en la montaña, el golf, el mus, el billar, las caracolas chinas o cualquier otra actividad por extraña que nos parezca.

Pero retornemos a los cansacuerpos no especializados. A pesar de todo me gustaría decir que el fondo, los admiro y probablemente sin algunos de ellos no habría podido conocer Estambúl en una semana, casi como si hubiera nacido en el barrio de berksitas. Nunca habría podido visitar la ruta de los castillos del Loira, no habría transitado por el puente Carolo de Praga, con la seguridad de un ruso, no me habría perdido por la Venecia del barrio de pescadores, no habría realizado ninguna ruta por las islas griegas, tan solo iba predispuesto a visitar Atenas, ni me hubiera perdido en el zoco de Marrakech. Sin ellos, tampoco habría visitado el teatro romano de Cartagena en pleno agosto, para posteriormente tras un horrible arroz playero en la Azohia, continuar sin siesta interpuesta bajo unas condiciones de temperatura que prefiero no recordar hacia las instalaciones militares del Cabo Tiñoso. Llegados a este punto debo reconocer que el lugar es ciertamente interesante, aunque de accesibilidad un tanto fatigante.

El Cabo Tiñoso y sus colinas anexas, llevan defendiendo Cartagena, desde los tiempos más pretéritos, cada colina tiene en la actualidad unas instalaciones militares formadas por castillitos de inspiración medieval que fueron construidos en 1933, también están dotadas de unos enormes cañones, de bastantes metros de longitud con un diámetro de circunferencia en torno a los 45 cm de diámetro sustentados sobre unas plataformas giratorias que permitían su orientación antes de los disparos. El lugar está abierto para su visita de forma libre y no programada, y es ahí justo donde quería llegar. He dicho “no programada”. Y eso es un auténtico reto para un genuino “cansacuerpos”. Debo confesar que, en esta visita, había dos amigos cansacuepos que se autoalimentaban el uno al otro, de forma periódica jaleados por o aguantados por sus respectivas conyugues. Con el transcurso de la tarde consiguieron que llegara a mi Zenit de aguante, cuando tras haber visitado el fortín principal hasta en sus más pequeños detalles, para lo cual debían visitarse algunas estancias tapizadas de los más variopintos productos derivados de la inmundicia humana; algo que podía observarse bajando y subiendo por estrechas escaleras de caracol, murallitas, riscos y todo tipo de barreras, que los cansacuerpos animaban a sortear sin desaliento. El caso, es que tras visitar hasta en sus últimos detalles la colina, cuando ya algo maltrecho por el roce de alguna piedra afilada, la pertinaz temperatura, y la fe inasequible al desaliento de moscas y otros insectos empeñados en realizar aterrizajes sobre mi augusta calva, uno de mis amigos nos hizo observar como algo más abajo a unos cuatrocientos metros de distancia “rampera” existía una colina prácticamente similar en todo a la que acabábamos de visitar. Debo confesar que ingenuamente pensé que la visita ya habría terminado, nada más lejos de la realidad ¿cómo una manada de cansacuerpos en plena acción, iba a dejar de visitar el desafío que suponía la colina de al lado? Evidentemente mis contenidas protestas a seguir visitando algo muy similar a lo inspeccionado no fueron atendidas, e incluso diría que ni entendidas por el grupo comandado por dos cansacuerpos de mentalidad ingenieril y el “gen explorador” que menos yo compartía el resto del grupo.

Cuando todo el grupo se disponía a realizar la visita, un suceso desafortunado vino en mi ayuda. Una de las chicas se subió a una de las murallitas para realizar la típica foto “chorra” en un lugar por lo demás peligrosillo. La mala suerte hizo que al bajar de un saltito el zapato de cenicienta se rompiera proporcionándola una leve torcedura, suficiente para que renunciara a rematar el final de la visita, que por su puesto se realizó sin ella y sin mí. Gracias a la bondad y compresión de uno de los cansacuerpos, se nos dejó regresar tras doscientos metros de cuestas al lugar donde habíamos aparcado los coches. Allí arropados por el aire acondicionado y con un poco de agua que habíamos llevado pudimos aliviar nuestras penalidades, durante los cerca de cuarenta y cinco minutos añadidos que tardaron en regresar los incansables exploradores.

 

 

AUTOR:

Jose Santos Carrillo

 

 

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