Esperanzas rotas

Sentado a mi lado, movías las piernas con nerviosismo. Cuando la primera lágrima cayó, el silencio nos fue envolviendo, atroz e implacable, aplastando toda esperanza de encontrar un refugio en las palabras.

Tus manos se enlazaron con las mías, desesperadas por encontrar aquel consuelo que consumiese el dolor insoportable que asolaba tu corazón.

Una leve brisa se abrió paso por la pequeña ventana de la habitación, meciendo las briznas castañas de tu cabeza. Levantaste tu mirada, esperando que hubiese sido una caricia, un movimiento. Pero una vez más tus ojos dejaron de brillar. La tenue luz seguía iluminando un rostro neutro, en calma.

Y comenzaste a hablar de nuevo, siempre sin respuesta. Pero aún así no te rendías, te negabas a aceptarlo. Y yo te miraba, inmóvil, fría. Distante.

Al cabo de varias horas infinitas, te dormiste sobre mi regazo. Pude notar como te estremecías y gemías en sueños. El recuerdo de aquella noche de invierno nos perseguía incesante, dispuesto a no dejarnos olvidar. Yo te susurraba que todo iba a estar bien, y de alguna manera, a pesar de no haber provocado eco alguno, dejaste de llorar.

Dios, no sabes lo que quería abrazarte en ese momento, pero seguía encerrada en aquella habitación vacía, donde en algún rincón de los oscuros recovecos de las paredes se encontraba la llave para salir. Pero, al igual que tú, nunca me he rendido. Seguiré buscando, hasta que tú dejes de correr en contra de lo imposible.

O yo gane la carrera.

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