La estatua de la tercera planta

LA  ESTATUA DE LA TERCERA PLANTA

Este artículo/ ensayo está escrito con el  fin de  transmitiros  el desvarío,  la zozobra  o el desasosiego , -quizás de naturaleza  hormonal-, que me produjo en mis etapas más juveniles la ubicación en  los Jardines de las Vistillas de  una estatua  de bronce, que fue colocada sobre la fuente de la tercera planta de ese sitio castizo y emblemático del Madrid de los Austrias. Fue ubicada justo delante del mirador de columnas y techo de pizarra, desde el que se puede admirar una excelente visión, tanto de la Casa de Campo, como de la sierra de Guadarrama. Es un lugar para mí lleno de profundos significados  y  recuerdos  de primeros  amores  ejercidos hasta donde la gloriosa época del momento  permitía. La estatua, en cuestión forma parte de un monumento, en el que  su pedestal  está constituido por un conglomerado  de  objetos diversos y variopintos, entre los que mirando por el frente destaca  la cabeza de un señor  peinado a raya con pajarita, que más tarde me enteré, que se trataba del ilustre escritor madrileño Ramón Gómez  de la Serna. Tales objetos, que tienen probablemente  una función alegórica, parten de un cuerno de la abundancia. Entre ellos, aparecen una lira, varios libros, una máscara, una esfera armilar, un arco y una flecha,  una pipa, varias plumas  estilográficas, junto a un cántaro del que emana un agua que es vertida sobre el pilón en el que se ha colocado el monumento. En la parte de atrás de la abigarrada peana, se encuentra  una trompeta celestial, sobre la que se entrecruza un torso de mujer  vestida con gasas de aspecto clásico. Llegados a este punto me gustaría confesaros que  la auténtica causa de este escrito se refiere  a la estatua erigida sobre la peana. Es de  bronce  y representa  una mujer desnuda que se muestra con los brazos en alto y la mirada altiva dirigida hacía el horizonte, sin lugar a duda se constituye  como la principal protagonista del conjunto.

Era el año 1972, el monumento había sido terminado algunos días antes. A mis amigos y a  mí, desde nuestros diecisiete años  la irrupción de un monumento que representaba  una  bella mujer desnuda, en una época en la que la censura todavía estaba bastante vigente, nos sorprendió  y porque no decirlo, nos alegró bastante en algunas de nuestras tardes ociosas.  Los comentarios sobre las formas que adornaban la para nosotros “tan estupenda estatua”, no tenían desperdicio. A algunos les gustaba la cintura y los pequeños pechos, a los cuales se les puso el calificativo, de “tetas de novicia” y eso que aún faltaban bastantes años  para que la cantante  de la cintura “endiablada” alardeara en una de sus canciones las ventajas del tamaño de sus encantos mamarios. Debo confesar sin ningún pudor, que la visión más valorada por mí y por el resto de mis ilustres colegas se refería a la parte posterior de la misma. La estatua vista por detrás muestra una espalda ligeramente musculada, ceñida por una estrecha cintura, pero en la que sobre todo destaca  un magnífico “culo” como culminación de unas piernas que aún siendo no muy largas aparecen como  bien torneadas y proporcionadas.  Ya sé que para muchos,  la palabra “culo”, puede resultar mal sonante, pero prefiero ser mal sonante, que cursi, imaginaros que para dirigirme a tan eminente lugar empleara equivalencias del tipo: “donde acaba la espalda”, las posaderas, las nalgas, poderosos glúteos, o quizás algún  afrancesamiento del tipo “le dèrriere” final de la estatua. En fin, que la palabra “culo” en este caso me parece más apropiada, dado el tipo de sensaciones  que tal bronce nos inspiraba a mí y a mis amigos.

Desde que colocaron el  monumento los chicos de la pandilla  bajábamos  más a la tercera planta, con lo que parte de nuestros juegos juveniles fueron trasladados a tan bello lugar. Me gustaría relataros como asistimos a la inauguración oficial del monumento.

  • Los hechos ocurrieron así:

Esa tarde, como cualquier otra mis amigos y yo habíamos estado jugando en pandilla con las chicas a ese juego tan entretenido y formativo, que se llamaba  “el pañuelo”. Como sé que una parte de los posibles lectores sois de la época digital muchos probablemente no sabréis de que va tal juego, así que me voy a permitir la licencia de describiros brevemente en qué consiste.  Se formaban dos equipos mixtos (jamón y queso) es decir formados por chicos y chicas que de forma unas veces aleatoria, y otras por imposición de los dos líderes o en ocasiones lideresas de la pandilla, de forma que alternativamente  procedían a elegir  los diferentes componentes de ambos equipos. Ni que decir tengo, que casi siempre los primeros escogidos eran los más dotados en cuanta presteza o habilidad demostradas en juegos anteriores. Debo confesar, que como en la vida misma, los criterios de elección no siempre estaban relacionados con la mayor o menor  habilidad de él, o la elegida. En este sentido en muchas ocasiones  la belleza o  lozanía de los seleccionados  también contaban de un modo a veces incluso más preponderante que la mera fuerza o velocidad de reacción. El juego como una parte de vosotros  ya sabéis consiste  en establecer dos  equipos  equidistantes y poner una persona en medio sujetando un pañuelo, de forma que  él, o la que sostiene el pañuelo hace una señal, y uno de cada lado parte hacia él, para cogerlo y rápidamente regresar a la línea de partida sin que el otro pretendiente le toque en  la espalda durante su intento de retorno al lugar de partida, en cuyo caso, el punto queda invalidado. Pues bien estábamos en este juego, cuando  apareció una comitiva precedida por cuatro guardias municipales, que se encargaron de acordonar la zona. La procesión estaba formada por  varios señores que debían ser muy importantes, pues vestían  chaqué, o al menos así lo recuerdo y otro que resultó ser un guardia municipal vestido con un uniforme azul lleno de entorchados y condecoraciones, que más que un guardia parecía un coronel  de  caballería- posteriormente nos enteramos, que se trataba del  jefe de la policía municipal y que los señores tan importantes eran el alcalde, el  teniente –acalde etc..  También en el grupo, aparecían un señor de frente despejada  nariz prominente y mirada altiva, que tiempo después he identificado con el escultor, y que iba acompañado por una mujer pequeña de  cara agradable y proporciones  discretas, a la cual  nada más llegar le fue entregado  un gran ramo de flores.  Uno de nosotros identificó a la mujer con la modelo que había servido como fuente de inspiración  al artista. El problema surgió que la mujer en cuestión, aunque de aspecto agradable presentaba una edad nada acorde con la de la que aparentaba la musa del monumento. La discrepancia cronológica hizo que surgiera un pequeño revuelo entre mis amigotes  y yo, con la consiguiente aparición de risitas  y miradas  destinadas hacía la  “pobre mujer “, que aparentemente no se enteraba de nada, pero claro para nosotros estaba desnuda y vestida en un mismo lugar, con lo que los comentarios y las comparaciones se hicieron inevitables. Posiblemente se trataba  realmente de la  modelo, en la cual el escultor probablemente se había inspirado basado en sus cualidades de otra época,  o quizás simplemente para representar a la musa había  pretendido reflejar una idealización  del cuerpo femenino.

El escultor de tal obra es  Enrique Pérez Comendador, pero  la misteriosa y bella modelo, portadora de un “culo tan extraordinario” no he podido identificarla de un modo definitivo. La mujer del  artista era una pintora francesa  que se llamaba Magdalena Leorux , la cual había posado para su marido en múltiples ocasiones . De alguna manera, el parecido de su cara con la de la musa entra dentro de lo razonable. De cualquier modo, el misterio sobre la identidad  de la modelo está sin desentrañar, quizás sea mejor así, no sea que  la realidad, como en tantas otras ocasiones, sea capaz de estropear  la memoria un tanto idealizada de algunos buenos tiempos pretéritos que han conformado  nuestros actuales momentos presentes.

 

AUTOR: JOSÉ SANTOS CARRILLO.

 

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