El asedio

No para de rascar los ladrillos durante toda la noche, parece imposible que un animal viva tanto. Camina entre las repisas; está justo atrás de las galletas, el sonido de su cuerpo rozando la envoltura metálica se desliza hasta mi cuarto. Toda la madrugada. No puedo creer que un animal se esconda tan bien, eluda toda búsqueda, que su presencia se esfume tan pronto como abro la puerta del cuarto. No se detuvo con las demás habitaciones, no parará con la comida, terminará con este muro como hizo con los anteriores. Cómo unos dientes pueden ser tan duros.

Un muro no resiste mucho. Rasca, rasca. Baja de los anaqueles. Camina por el suelo, la farola de la calle ilumina el piso de la cocina. Dentro solo la noche, un negro total. Se abre la puerta, a veces, y la luz hace un ancho corte en la oscuridad. El de mi espalda: el que hizo el chuchillo. Sube de nuevo. La madera lanza chasquidos huecos con cada paso. Arde todavía, a veces, pero cerró bien y ya no sangra. Aún me muevo. Ando por el suelo frío, los muebles, los aparadores. Quedaba un solo muro, los demás perforados, cuartos abandonados, huecos. Ese corte, antes de acabarlo. Huir, volver y encerrarlo. A la derecha, no parar.

El asedio se prolonga por toda la noche, se acabó mi descanso, ahora solo me protege una delicada hilera de tabiques que poco a poco se van desgastando, cediendo. Aún por la mañana sigue presente; salgo del cuarto y sé que está ahí, sentir su cuerpo acurrucado me incomoda. Intenta ser silencioso pero escucho los suaves pasos de su corazón. Un paso, ahora otro, uno más, logro escucharlos todos y ya sé por dónde caminas, el golpeteo sordo de la madera que sigue tus pequeñas patas pegajosas me dirige a tu escondite. Sé dónde estás.

Para. Ni un paso, ¿se mueve? El colchón rechina, crujir de resortes viejos ahogados por las fibras de tela. Para; ni un rasguño más. Se mueve. De nuevo sus pasos, lentos y torpes cuando quiere ser silencioso. Viene de nuevo. Como con los muros pasados. Viene de nuevo y casi siento la loseta fría que toca sus pies, la piel que se estira al levantarlos. Intenta otra vez acabarme. Un último chillido, hundir el brillante filo como la luz en la alacena cuando, a veces, abre. Otra vez las manos húmedas sobre el mango de madera. Le costó la vez pasada, la indecisión,  la humedad, los dedos temblorosos. Está más cerca. Para, no más.

Aunque no se mueva su corazón tibio anuncia la repugnante presencia que se resbala por mis ojos, mi nariz, mis oídos. Debe moverse lento, retorciendo su espalda en figuras elásticas y horrendas, aprovechando cada estrecha hendidura en donde su cuerpo pueda penetrar. Escucho su saliva casi venenosa diluyendo pequeños bocados de tierra, escarbando hoyo tras hoyo con sus uñas largas y amarillas. Cada muro fue perforado con una tenacidad sorprendente, poco a poco fui encerrado, me arrastró casi sin querer hasta ese cuarto, mi último escondrijo. No se mueve, pero sé que vive, que infecta el aire con cada exhalación amarga. Tenía que salir, tenía que hacerlo o entrarías a mi escondite. Escucho tu respiración agitada y llena de miedo, eres tú el que está nervioso y encerrado en tu pequeño refugio. Tienes miedo, tienes miedo, ya te escucho.

Te mueves intentando no delatarte. El cuchillo en la mano, frente al mueble. Casi funciona la vez pasada, pero  huiste y tuve que volver por ti. Tuve que arrinconarte en una pequeña caja para que te atrevieras a salir. Detente. Te paras junto al mueble. Estás tenso, huelo tu sudor inquieto. Para. Sientes miedo.

Escapaste antes de que te acabara. Estás ahí dentro y escucho tus pasos torpes entre empaques abiertos y latas de conserva. La noche cubre mi vista, tu pelaje hirsuto roza la madera del mueble al bajar, pones tus manos temblorosas en el piso de la cocina. Casi siento la loseta fría que toca tu piel.

En cuclillas frente a mí. Tiemblan tus rodillas, tu mano. Esperas. Con paciencia. Me ves acercarme a tus pies espantados.

Tus palpitaciones no se detienen, se siguen una a otra como el tañer de una campana. Exhalas vapor con miedo, tu garganta se cierra. El cono de luz de la calle alumbra tu columna, subiendo y bajando, agitada, nerviosa. Tus dientes sobresalen de la boca oscurecida. No hay duda de que esta vez lo intentarás. Bastó destruir tu casa, no dejar un solo muro intacto. Tu respiración convulsa. Bastó acercarme lo suficiente para acorralarte, para casi ponerte una mano encima, tienes miedo, tienes miedo, ya te escucho. Cómo puede un animal vivir tanto. Me acerco. Tus pasos caen como gotas de lluvia, la luz de la farola ilumina tus manos en el suelo y veo tus ojos llenos de miedo, retraídos. Fue necesario acorralarte, fue necesario tenerte de frente, sostener la mirada, te acercas y me miras extraño, no me reconoces. Tienes miedo, tienes miedo, ya te escucho.

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