Entre Antonios anda el genio

“Cuando un amigo se va algo se muere en el alma”, dice la canción, pero Antonio Mingote no era mi amigo; ni tan siquiera me atreví a saludarle alguna vez y, sin embargo, su reciente pérdida me ha impactado en gran medida, me imagino que como a tantos otros miles de admiradores anónimos que diariamente buscaban su dibujo a modo de crítica gráfica, de una actualidad siempre esbozada en forma de sonrisa. En un momento en el que algunos medios de comunicación premian al “famoseo” más zafio con reconocimiento y remuneraciones casi irreverentes, la alabanza de personalidades de la talla del “maestro Mingote” es una forma de revindicar a todos aquellos que, como él, desde el olimpo de su sabiduría son capaces de irradiar cultura fuera de las aulas, de forma fácil, hacia el común de los mortales. Pero que no lo conociera personalmente no implica que de alguna manera sus acciones no hayan tenido influencia sobre mí.

Así, recuerdo que de pequeño -tendría ocho o nueve años- una vecina que “tenía que hacer obras” en su casa nos regaló una colección incompleta, aunque bastante amplia, de la revista Blanco y Negro, ejemplares que quedaron depositados en un armario de la casa. El niño curioso que habitaba en mí hacía que algunas tardes, en las que me quedaba solo con mi abuela, el armario se convirtiera en el lugar favorito donde revolver. En él se encontraban almacenados los números de Blanco y Negro, al principio de forma cronológica y posteriormente en montones menos coherentes, debido a la urgencia en su recogida, ante la llegada inminente algún miembro de mi familia. Pues bien, nada más repartir las revistas por el suelo, los dibujos de Mingote se convertían en la principal atracción para mí en una época gris en que hasta la televisión era solo en blanco y negro y con dos únicos canales (el de siempre y el UHF), y las viñetas en color del maestro resaltaban sobremanera, especialmente en su última época.

Otro recuerdo infanto–juvenil relacionado con Mingote deriva de la amistad que mi abuelo Pepe mantenía con Ciriaco Muñoz Sanz, el fundador de la taberna Casa Ciriaco en el 84 de la calle Mayor. Esta relación hacía que muchos fines de semana, siendo muy pequeño, mi familia optara por acudir a este típico establecimiento para disfrutar de su estupenda cocina tradicional madrileña. Uno de esos fines de semana Godo y Ángel, que ya estaban a cargo de la taberna, nos enseñaron un dibujo regalado por Mingote que representaba el atentado que sufrió Alfonso XIII el día de su boda con Victoria Eugenia. En el dibujo, que representa el instante inmediatamente anterior a la explosión, se ve cómo desde la parte superior de la finca donde se aloja la taberna cae un ramo de flores en el que el anarquista Mateo Morral había escondido la bomba. Entre el público representado en la viñeta destacaban una señora con cintura y talle de enorme poderío y un caballero que trata de comprobar de forma disimulada la calidad del paño de la falda de la dama. El dibujo fue incluido en cajas de cerillas y publicidad de la taberna (fig1).

Hace algún tiempo conseguí de forma extraordinaria y excepcional una mañana ociosa, por lo que decidí acercarme a desayunar al Café de Oriente. Tras pedir un café y una tostada me di cuenta que en ese momento solo la mesa situada frente a la mía estaba ocupada y en ella se encontraba el maestro Mingote disfrutando de una apacible lectura del periódico matutino. Evidentemente, éramos dos privilegiados que disfrutaban de su momento particular de tranquilidad por lo que a pesar de mi admiración por el personaje opté por no interrumpir su pausada lectura, pero la sensación de compartir el tiempo, la actividad y el espacio con un personaje de su talla fue suficiente para alegrarme la mañana.

Han pasado los años y he tenido la oportunidad de conocer por motivos profesionales al otro gran Antonio del periodismo humorístico gráfico español que además, curiosamente, celebra su onomástica el mismo día que Mingote aunque con 23 años de diferencia; me refiero a Antonio Fraguas “Forges”. A petición mía quedamos en el café de Oriente a las 12 de la mañana, apareció puntual y nada más entrar, al pasar junto a una mesa se entretuvo saludando a la actriz Nuria Espert, me la presentó brevemente y continuamos hacia nuestra mesa. Una vez sentados, se mostró como una persona amable, simpática y sobre todo de enorme humildad, con las que se puede charlar con facilidad (fig.2). Enseguida me di cuenta de que no estaba hablando con un simple humorista, sino con un auténtico filósofo dotado de conocimientos y vivencias de una calidad que solo los auténticos genios son capaces de emanar. Durante la charla hablamos de los diferentes tiempos del humorismo gráfico español, desde las etapas más difíciles en la postguerra a la de la democracia pasando por las épocas del aperturismo, del franquismo tardío y la transición; en el curso de la conversación fueron apareciendo los nombres de humoristas como Gila, Chumy Chumez, Manolo Summers, Máximo, Peridis, Ops, Serafín y sus marquesas decadentes y aficionadas al tintorro, y algún otro que ahora no recuerdo “por culpa de ese alemán que me esconde las cosas”, todos ellos especialistas en hacer una crítica plena de ironía capaz de sortear a la censura en revistas como Don José, La Codorniz, ó Hermano Lobo. Forges me comentó que para él eran como parte de una gran familia a pesar de sus distintas orientaciones políticas, pero que si admiraba a alguien por su bondad, talento y capacidad de trabajo era precisamente a Antonio Mingote, quien a pesar de sus años y achaques continuaba disfrutando de una mente preclara capaz de criticar en sus dibujos la más acuciante actualidad. En ese momento le confesé que le había citado en el café de Oriente a modo de homenaje hacia su amigo Mingote y que para mí era una oportunidad muy especial. Tras la amable charla, ajustamos en breves momentos el motivo profesional que nos hizo reunirnos y le pedí que me autografiara un par de chistes relacionados con el proceso educacional de Bolonia, en el que todos los que nos dedicamos a la enseñanza nos vemos inmersos. Su generosidad hacia mí hizo que en vez de una simple firma con dedicatoria, improvisara dos poemas relacionados con el tema y en uno de ellos para conseguir la rima con la palabra “CONIO”, hizo una alusión al tercer Antonio de este artículo, aunque este no era humorista y además llevaba delante tres letras más. El genial Forges nombró así a Argantonio (primer rey tartesio) como representante del pasado frente al futuro en el poema (fig.3 y 4).

En el merecido homenaje que el periódico ABC del pasado 4 de abril rindió a Antonio Mingote aparece una foto especialmente conmovedora, en ella Antonio Fraguas, de pie muy serio, acaricia el féretro de su amigo frente a una foto sonriente del mismo, como queriendo recordar el cartel dibujado por Mingote para la película de Rafael Azcona “Los muertos no se tocan, nene”. Esta foto y la lectura detallada de los artículos obituarios publicados han hecho que al reflexionar, me surgieran dos preguntas: ¿Por qué a las personas geniales, como las que nos ocupan, los reconocimientos reales en forma de título, tardan tanto en concederse? ¿Quizás sea necesario enfermar gravemente para que la Casa Real actúe? Que yo sepa, el nombramiento de Mingote como Marqués de Daroca fue publicado en el BoletÍn Oficial del Estado con fecha dos de diciembre del pasado año, es decir, cuando el humorista ya había cumplido los 93 años. Tal vez lo más práctico sea nombrarse a sí mismo, como hizo el malogrado Serafín, que en ocasiones firmaba como Marqués de Serafín y se quedaba tan a gusto. Otro sí, digo, como los abogados, se refiere a la adoración que Mingote sentía por el Retiro madrileño, aunque no por todo el recinto completo. En la última entrevista realizada al genial humorista, Mingote contaba a otro Antonio (Astorga) que la parte que más le gustaba del parque madrileño era la zona donde la naturaleza estaba menos domesticada y a la que atribuía un mayor romanticismo. “Y luego – decía Mingote- están los jardines de Don Cecilio, que eso es ya pura geometría, que a mí no me gusta nada, pero es muy bonito y está muy bien hecho, aunque yo nunca voy ahí porque tanta geometría no me gusta”. Pues bien, la capilla ardiente con el féretro del maestro Mingote, quizás como una ironía no buscada, estuvo instalada precisamente en los Jardines de Cecilio Rodríguez. De cualquier modo, el humor debe prevalecer hasta en los momentos más difíciles como estos dos grandes “Antonios” nos han mostrado diariamente desde hace muchos años.

JOSÉ SANTOS CARRILLO BARACALDO

– Este artículo fue escrito un mes después de la muerte de D. Antonio Mingote(3-04-2012), como un homenaje del autor hacia tan genial humorista.

Fig 1 Entre-Antonios

Fig.1- Dibujo conmemorativo del atentado de Mateo Morral durante el desfile de la boda del rey Alfonso XIII.

 

Fig 2 Entre-Antonios

Fig.2 .El autor con Forges en el Café de Oriente, escribiendo los dos poemas improvisados.

 

Fig 3 Entre-Antonios

Fig.3- Dedicatoria de Forges realizada en el Café de Oriente. Sobre un chiste del plan Bolonía.

 

Fig 4 Entre-Antonios

Fig.4.Dedicatoria de Forges realizada para el autor en el Café de Oriente. “Mucha ilustración genera subversión”.

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