LA TRANSICIÓN A LA TRANSICIÓN (3a PARTE)

LA TRANSICIÓN A LA TRANSICIÓN (3a PARTE)

2- LAS AZAROSAS CIRCUNSTANCIAS

Diversas situaciones externas a la política nacional del franquismo condicionan la actuación del régimen durante estos años. De alguna forma, España cobra un protagonismo hasta ahora casi desconocido, como consecuencia de la situación creada después de la Segunda Guerra Mundial. Así, una serie de avatares históricos condicionan cambios a veces inconscientes, que resultarán trascendentales para la evolución política española.

Para las potencias occidentales, España no puede permanecer al margen de la trayectoria occidental, y a todos interesa que la estabilidad de nuestro país permanezca evitando crear un nuevo punto de conflicto. Por este motivo se puede considerar que la política exterior española, desde etapas muy tempranas todavía inmersas en el conflicto mundial, da los primeros pasos aunque muy lentamente para alcanzar un cierto protagonismo en la esfera internacional. Difícil sería entrar en la mente del dictador buscando juicios morales o intelectuales, pero parece cierto que nuestra historia corre paralela a la del resto del mundo occidental, y que esta circunstancia provoca en la sociedad española cambios substanciales y paulatinos.

2-1. Los años difíciles

La década de los años 40 es especialmente compleja para España. Un país destruido por la guerra que se debate entre un eufórico triunfalismo derivado de la victoria, y una ruina económica que retroalimenta la autarquía con la esperanza en los primeros años de que el eje salga vencedor y refuerce al franquismo. La tentación de Franco es entonces entrar en la guerra a favor de Alemania, y lo extraño es que no se diese ese paso máxime cuando en 1940, la Operación Fénix maquinada por Hitler, está a punto de invadir España. Son los momentos más totalitarios del régimen de tal forma que cuando la hegemonía es alemana el franquismo es más totalitario. Pero en 1942 se intuye la imposibilidad de que Alemania gane la guerra y una cierta atmósfera de oportunismo se manifiesta en el régimen. Un gesto que se plasma con la destitución de Serrano Suñer a favor del Conde de Jordana, militar de las campañas de Cuba y Marruecos pero claramente anglófilo; en definitiva un guiño de cara a la galería internacional “escondiendo” un personaje tan filonazi como Serrano Suñer que mediante la frase “Rusia es culpable” movilizó a la División Azul, en aras de un representante más acorde con las necesidades del momento. Pero los acontecimientos se precipitan. Con la batalla de Midway los Estados Unidos inician el camino de la victoria, y la derrota de los nazis en Stalingrado en febrero de 1943 deja claro que Alemania va a ser vencida. Es entonces cuando el régimen de Franco opta por una fórmula corporativista y nacional católica, muy similar a la de Salazar en Portugal y es ahora cuando se va a producir una clara evolución hacia posturas de corte tradicional, en detrimento de la ideología y la estética fascista.

En 1943 se da un paso importante hacia una cierta institucionalización de la dictadura con la reunión de las Cortes por primera vez después de la Guerra Civil y en 1945 se inicia una maniobra cosmética coincidiendo con la victoria de la democracia occidental, y Martín Artajo, personaje profundamente católico y monárquico, será el nuevo ministro de Asuntos Exteriores hasta 1957 con el apoyo del embajador Castiella, siguiendo en parte esa misma línea de “esconder” al sector falangista. Es un intento de asimilación al resto de las democracias europeas, un afán de ganar credibilidad bajo el aspecto de una dictadura conservadora que va muy bien de cara a la Guerra Fría. Se acentúan entonces los valores más conservadores, reaccionarios, católicos y anticomunistas que se prolongarán hasta más allá de 1950. Año clave también éste de 1945 en el que se proclama el Fuero de los Españoles, a imitación de un país liberal y democrático que establece, aunque teóricamente, derechos de igualdad, expresión, libertad y reunión.

En 1947 se promulga la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado que mediante referéndum, fue votada el 6 de julio de este año y en la que el régimen ejerció una gran presión sobre los electores. El viernes anterior por los micrófonos de RNE, Franco se dirigió a todos los españoles presentando los logros del nuevo Estado y exhortando a aceptar los postulados de la nueva ley “con la que entramos en pleno periodo de normalidad constitucional”.

Si fue una maniobra política personal y premeditada, o una sincera actitud de Estado influenciada por las familias más aperturistas del franquismo, pertenece al terreno de la elucubración, pero lo cierto es que dicha ley se comportó como un magnífico escaparate de normalidad que en apariencia podría desembocar en una próxima democracia; en realidad no pasaba de ser una declaración genérica y un elemental mecanismo de recambio en caso de fallecimiento del Jefe del Estado. No obstante, España se convertía por esta Ley y según los planteamientos del régimen, en una Monarquía católica, social y representativa, conceptos estos muy fácilmente inteligibles para las potencias dominantes de occidente. En esta línea, la entrevista de Franco con D. Juan de Borbón en el yate Azor en 1948, en la que se acuerda que la educación del príncipe se haga en España, y la llegada de éste en ese mismo año, son dos “fotografías” que rubrican toda una política de imagen.

Con estos hechos la dictadura obtiene un indudable triunfo nacional e internacional. En el ámbito doméstico, uno de los sectores de la oposición más importantes, los monárquicos o al menos un amplio sector de estos, continúan esperando y conceden un mayor margen de confianza a un régimen que ha declarado que España se constituye en reino, y en el campo internacional el aislamiento al que Franco ha estado sometido termina prácticamente en 1950 como se verá posteriormente.

2-2 La atenta mirada de occidente

Si los años 40 son de gran retroceso, la década de los 50 protagoniza los hechos más trascendentales que conducen a los cambios más profundos. El franquismo tiene prácticamente las manos libres para acomodar su política a los nuevos tiempos, o para mantenerse en sus principios de forma inamovible. Parte de la oposición moderada se mantiene expectante y con la mirada fija en el Conde Barcelona, la guerrilla comunista ha sido controlada al final de los años 40, y la oposición en el exilio se encuentra desunida. Pero azarosas circunstancias condicionan el devenir político español, y no sería aventurado decir que las potencias occidentales tienen puesta su mirada en la España del momento, quizás desde el mismo instante en que el estalinismo muestra sus pretensiones más directas. Se espera o incluso se ansía, una transición que desgraciadamente tardará todavía 25 años en presentarse. España interesa políticamente en el concierto internacional; no por razones meramente ideológicas ni altruistas, no por una preocupación moral ni por los problemas que puedan sufrir los españoles; la historia no camina por estos derroteros caritativos. España interesa porque puede actuar como un catalizador y un estabilizador internacional. Franco en síntesis ha vencido al comunismo, enemigo actual de las democracias, y una vez derrotado el fascismo, el adversario se encuentra en el oriente europeo. Además existen en la psicología política española tres vectores tradicionales desde un punto de vista histórico-político que se proyectan e intensifican durante la Dictadura. Por una parte España disfruta de una situación muy amistosa con Portugal que es recíproca, y que tiene uno de sus orígenes en los errores cometidos por la Segunda República Española, durante el bienio social-azañista consecuente al desafortunado intento de desestabilizar al régimen portugués de Salazar, según aquel trasnochado iberismo democrático que alarmó a la dictadura del país vecino, y que paso a contemplar a la República Española como un grave foco de perturbación revolucionaria y una amenaza a la propia independencia nacional. Todo esto provocó, que aparte de afinidades ideológicas, Salazar viese en Franco un aliado tranquilizador para su estatus nacional. No en vano se ha llegado a decir que el

dirigente portugués, se comportó como el mejor ministro de Asuntos Exteriores de Franco, dada la aceptación que el mandatario luso disfrutaba en el mundo europeo por su histórica alineación con Inglaterra y su vocación claramente europeísta; sorprendentemente Portugal con un régimen indiscutiblemente autoritario fue miembro fundador de la OTAN en 1949.

Otra proyección tradicional española a pesar de los momentos más aparentemente xenófobos del Movimiento, fue la vocación europeísta que desde Larra a algunos periodos del pensamiento de Unamuno, pasando por Costa, Ganivet y Ortega, sería compartida por sectores de izquierda y de derecha, y que determinó una conducta al menos subconsciente de mitomanía y emulación. De hecho José Antonio Primo de Rivera sentía una profunda admiración por Inglaterra a pesar de los coqueteos germanófilos.

Pero la actuación más importante de cara al exterior, pudo haber sido la relación española de amistad y cooperación con el mundo árabe e hispanoamericano. Una afinidad muchas veces ajena a la propia ideología política, que se demuestra en actuaciones tan dispares como el hecho de asilar a dictadores de la categoría de Trujillo y Perón, a la vez que se mantenían relaciones comerciales con Fidel Castro en contra de las férreas medidas dictadas por los Estados Unidos. Con cierto riesgo de caer en una osadía interpretativa, podríamos decir que existió en el franquismo una cierta trayectoria política que podría recordar a la de los países no alineados. Como detalle baste recordar que a pesar de la política de amistad hispano-portuguesa, Fernando María Castiella, que en 1961 tiene un discurso eminentemente nacionalista a favor de las reivindicaciones portuguesas, es reconducido por Franco, que sin abandonar lealtades hacia Portugal, se desvincula de sus posturas colonialistas respecto a Mozambique y Angola.

Otro aspecto importante a tener en cuenta fue el oportunismo político, que la dictadura supo aprovechar en su propio beneficio respecto a la postura de autentica simbiosis espiritual del Estado con la Iglesia católica. El Vaticano, fiel aliado del franquismo desde la contienda civil, otorgó privilegios casi medievales al Caudillo inéditos en esta época. El 27 de Agosto de 1953, el embajador español Castiella y el ministro de asuntos exteriores Martín Artajo, firman ante monseñor Tardini el Concordato entre España y la Santa Sede, mediante el cual se asegura la oficialidad del catolicismo en España y se establece la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas; a cambio el Jefe del Estado gozaría de la prebenda de poder designar obispos. Indiscutiblemente y aparte de matices religiosos, este compromiso para la época en que se desarrolló, constituyó un hito político que validaba la figura del Caudillo tanto dentro como fuera de España. Sin embargo, nueve años después, con la celebración del Concilio Vaticano II, la Iglesia dará un giro copernicano en su doctrina, incidiendo en las conciencias de los católicos españoles y favoreciendo con su actitud crítica hacia la dictadura el camino de la Transición.

De lo que no cabe duda es que la política exterior del régimen en estos años sirvió para escalar peldaños hacia una interesada credibilidad internacional, abrió resquicios hacia una incipiente modernidad, e inició inevitablemente el principio del fin de la autarquía. Sin todos estos condicionamientos, la Transición Española según se produjo hubiera sido imposible.

2-3 La guerra de Corea. Tan lejana y tan rentable.

La década de los 50 se inicia con un conflicto inesperado que hace tambalearse a las potencias occidentales cuando éstas se creían sólidamente dominadoras. El traspaso del paralelo 38 por parte de las tropas de Corea del Norte, demostraba el afán expansionista de la Unión Soviética, y la Guerra Fría tomaba un cariz que ponía en alerta a todo el mundo occidental. Una auténtica brecha se abre entonces en el frágil equilibrio mundial, y Alemania que ya había sufrido los obstáculos de los soviéticos durante el suministro de Berlín, teme incluso ser ocupada por el ejército de Stalin. Asimismo, el triunfalismo con el que Estados Unidos acogieron sus

experiencias nucleares con el desarrollo de la bomba H, se ve truncado cuando en 1953 Malenkov, ocho meses después de las primeras demostraciones americanas, asegura que la URSS también dispone del mismo armamento, y las estaciones sismológicas europeas confirman este hecho. Una verdadera psicosis invade entonces al pueblo norteamericano, y un inmenso desencanto contagia al mundo científico occidental al comprobar que ha perdido la supremacía tecnológica. En estos momentos, la figura del senador Mc Carthy aparece en la esfera política norteamericana; se trata de un personaje providencial que parecía diseñado por el propio Franco, y cuyas actuaciones en la llamada “caza de brujas” supusieron un verdadero espaldarazo al anticomunismo franquista.

En esa búsqueda de aliados entra en juego la España franquista y en este mismo año se firman los pactos con los Estados Unidos, dándose la curiosa circunstancia, de que dichos acuerdos se efectúan sin la aprobación del Senado americano.

Para España, la instalación de bases americanas en nuestro suelo, supuso una relativa modernización de su armamento así como una discreta ayuda económica, pero sobre todo, un triunfo de cara al exterior, y, un país que había estado aislado internacionalmente hasta 1950, ingresa en la UNESCO en 1953 y en la ONU en 1955. El abrazo entre Franco y Eisenhower en diciembre de 1959, rubricaría el respaldo al dictador en el ámbito mundial.

Pero algunas asignaturas quedaban pendientes en las directrices de la política exterior. Gibraltar seguía siendo una reivindicación constante con una intencionalidad política concreta, que a modo de cortina de humo, aglutinaba voluntades en torno al régimen, de tal forma, que numerosas manifestaciones de estudiantes se iban a producir en Madrid reivindicando la devolución del Peñón. Se cuentan anécdotas referentes a las disculpas que el ministro de Asuntos Exteriores, tenía que manifestar al embajador británico, el cual, ante la promesa española de mandarle más fuerza pública para proteger la embajada, el funcionario le respondió “no me mande usted más policía, mándeme menos manifestantes”.

Lo cierto es que dentro de esta estrategia de imagen exterior, se inicia también una política de descolonización que comienza con el abandono de Sidi-Ifni en 1958, y que se continúa con la promesa respecto a Guinea en 1963 que llegará a su fin en 1968. Los problemas del Sahara quedarán pendientes hasta épocas posteriores. Durante la década de los 60 persiste esta misma dinámica, pero a pesar de toda la credibilidad adquirida, el obstáculo sigue siendo Franco y se continúa vetando nuestra incorporación a estamentos tan trascendentes como la CEE, la OTAN, etc. Se necesitarán todavía más de quince años para alcanzar las cotas de libertad y madurez política, que nos permitieran pertenecer a los foros internacionales con pleno derecho y en el mismo plano de igualdad como corresponde a un país europeo. (…)

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