La transición a la Transición (1a parte)

“Los acontecimientos históricos son el producto confluyente de ciertos imperativos inevitables y ciertas azarosas circunstancias”

(Maquiavelo)

Cuando se aborda la tarea de analizar un período trascendente de la Historia, resulta dificultoso en ocasiones delimitar cronológicamente los eventos más importantes para conseguir una conclusión objetiva. Soslayar aspectos ideológicos, acertar con las fuentes más objetivas, y encontrar la documentación oportuna, puede suponer un arduo trabajo si además en este análisis se entremezclan otras disciplinas como la politología, la sociología o el periodismo. Esta complejidad se multiplica de forma exponencial dada la subjetividad que emana de la noticia, cuando dichas fuentes están próximas en el tiempo o cuando existen testigos vivos de estos avatares sujetos por lo tanto a múltiples interpretaciones.

A pesar de todo, analizar la llamada Transición Española, resulta una tarea interesante y constituye un reto historiográfico. No es un tópico afirmar por lo tanto que podría diseñarse un modelo de protagonismo a la medida y acorde a cada grupo ideológico, social o político, y que incluso la visión global del proceso podría estar mediatizada por el momento cronológico en que se efectúe el análisis. Así, para un socialista, el abandono del la línea marxista y su decantamiento hacia las posturas socialdemócratas tan en boga en la Europa de entonces, supondrían el bastión mas importante en el tránsito hacia una democracia. Para un comunista español o italiano, la aparición del eurocomunismo, con sus planteamientos “quasi ecuménicos”, su renuncia al estalinismo, y su talante conciliador aglutinante de las fuerzas democráticas, habría sido el pilar fundamental de dicho tránsito. Para un sector cristiano, los aspectos humanistas alejados de estigmas revolucionarios crisolizados en la Democracia Cristiana, y la tradición del humanismo cristiano, habrían sentados las bases sólidas de una transición estable e incruenta. Incluso para los estamentos franquistas su sentido de Estado y su autoliquidación consciente, fue autoconsiderada imprescindible en la evolución política y en la consecución de este objetivo.

En el presente trabajo se pretende analizar algunos acontecimientos previos a dicho período quizás no lo suficientemente valorados, pero que dada su lejanía en el tiempo, podrían imprimir una cierta aproximación consecuente a una perspectiva histórica suficientemente dilatada. Para ello y siguiendo la sentencia de Maquiavelo expresada al comienzo, y huyendo de cualquier condicional contrafáctico, expondremos aquellas situaciones y circunstancias que partiendo de las etapas más totalitarias del régimen franquista, evolucionaron a posturas muy posiblemente facilitadoras del comienzo de la

Transición Española cuyo punto de partida se establecería en la Ley de Prensa de Manuel Fraga de 1966.

1-LOS IMPERATIVOS INEVITABLES
1-1. La Europa Invertebrada.
La Europa de la década “entre guerras” se encuentra desbordada por múltiples

asignaturas pendientes, derivadas de la catástrofe que supuso la Primera Gran Guerra, y cuya consecuencia más inmediata fue la explosión de la Revolución rusa de 1917 y el resentimiento de aquel pueblo prusiano hundido en la humillación por el Tratado de Versalles que pudo resurgir de sus cenizas no apagadas, ante y por, la ingenua mirada de las potencias europeas más influyentes. En este terreno, dos posturas antagónicas y enfrentadas visceralmente, monopolizan las ideas en el viejo continente del momento, de tal forma, que no hay posibilidad de abstraerse de la “costumbre al uso” a la hora de organizar los Estados. El Comunismo a través de los postulados de la III Internacional, y con un claro referente en la Unión Soviética, ejerce una influencia casi filosófica en las grandes masas proletarias, que están sufriendo la crisis económica y las convulsiones sociales de un mundo en pleno cambio. Por otro lado el desencanto consecuente a la Primera Guerra Mundial, que se ha interpretado como el fracaso del Estado Liberal, y cuyo desenlace más inmediato fue la aparición de los fascismos que se presentan como auténticos redentores a modo de panacea sustitutoria y superadora del capitalismo y del marxismo, se extiende por numerosos países casi de forma simultánea. Son momentos en los que al menos catorce Estados Europeos sufrieron entre 1920 y 1939, el establecimiento de dictaduras fascistas o filofascistas, algunas de corte militar, y en la que Alemania, Italia y Portugal deberían considerarse como las más representativas e influyentes. España, que se encontraba inmersa en la encrucijada histórica del momento, protagonizó uno de estos regímenes durante siete años a través el General Primo de Rivera y que sin duda sería uno de los agentes históricos más importantes que contribuyó al advenimiento de la República, dado el desprestigio que sufrió la monarquía por la connivencia del rey con el dictador.

Pero años más tarde, el fascismo dominador del mundo es derrotado rotundamente a manos de la democracia liberal, y en el occidente europeo y en los Estados Unidos, nadie discutirá la relevancia del sistema democrático, aunque un nuevo binomio se disputará la hegemonía mundial bajo una aparente simbiosis que muy pronto se mostraría como una convivencia imposible. La imagen de Yalta, en la que Stalin, Churchill y Roosvelt confraternizan como recientes aliados, tardaría muy poco en romperse con el inicio de una las “guerras” más largas que ha sufrido la Europa contemporánea: la Guerra Fría. Aparecerán entonces nuevos epítetos y eufemismos y se acuñarán términos y conceptos hasta ahora desconocidos. Son los

momentos del Telón de Acero, de la reconstrucción europea que posibilitará el desarrollo de países destruidos durante la guerra, del Plan Marshall — que fue también ofertado a los países de la esfera soviética y obviamente rechazado — y de la puesta en escena de una nueva bipolaridad que intentará ejercer su hegemonía en sus respectivas zonas, y en la que la búsqueda de aliados por ambas partes para ampliar ámbitos de influencia, presidirá las conductas de todos los países implicados en este nuevo conflicto.

Y mientras tanto en España, una guerra fratricida ha protagonizado la vida de los españoles durante casi tres años con las consecuencias posteriores de todos conocidas. De esta forma, el primero de abril de 1939, termina la Guerra Civil Española iniciándose entonces un largo período de régimen personalista que perduraría durante casi 40 años. Para algunos autores, nuestra contienda sólo fue el ensayo general de una trágica representación que desembocaría más tarde en la Segunda Guerra Mundial, mientras que para otros sería el desenlace final de dos sensibilidades, de dos formas de entender la sociedad dentro de un concepto globalizador de la política. De cualquier forma, las circunstancias políticas españolas cobrarán paulatinamente una dimensión internacional, y se dará la paradoja de que un régimen que propugna la autarquía como forma de organización política, se verá obligado a múltiples actuaciones, que determinaran en el tiempo la posibilidad de una transición democrática homologable al resto del escenario occidental.

1-2 ¿Un Movimiento inmóvil?

Quizá el estudio del Movimiento Nacional, constituye el mejor procedimiento para llegar a conocer la evolución política interna del régimen, y cómo fue posible llegar a etapas históricas más recientes.

En la dialéctica europea del momento, el bando ganador en España ha sido indiscutiblemente el fascismo. Lejos está ahora poder vislumbrar la derrota que en unos años va a sufrir esta ideología; de hecho el régimen de Franco era similar al de algunos países de Europa central, con un claro componente fascista al menos hasta 1942, que se asemejaba al régimen húngaro de Horthy o al rumano de Antonescu. Se podría afirmar que el mundo y el futuro estaban germanizados o al menos ignorantes de la dimensión que el fascismo iba a suponer en fechas cercanas. Baste recordar como Francia e Inglaterra se mantienen inmóviles respecto a nuestra Guerra Civil, según lo que Avilés y Moradielos dieron en llamar “una rentabilidad benévola” de manera que los beneficios para el bando franquista fueron más importantes. Ambos países se mantienen al margen para que el resto de las potencias también se mantengan al margen. En el caso francés, su pasividad obviamente estuvo condicionada por la intensa división interna que sufría en su propio territorio. Son los momentos de León Blum y el Frente Popular, en los que una postura a favor de la Republica Española hubiera provocado graves consecuencias en su

propio país, aparte de que Francia no haría nada sin contar con Inglaterra en aquellos momentos dado que además la postura británica respecto a España era claramente de desprecio hacia los dos bandos, pues ninguno de los dos proyectos ideológicos que se enfrentaban en nuestro suelo eran válidos para los ingleses; por un lado, la República daba cobertura a un régimen revolucionario, y por otro los españoles eran considerados como un pueblo inferior para la mentalidad británica, con una visión colonial mezcla de paternalismo y desprecio. La forma adoptada para impedir el avance del fascismo se realizó mediante una ingenua política de apaciguamiento, y de hecho a Hitler sólo le plantan cara cuando ya está armado e invade Polonia. Respecto a España, confiando en que el litigio español se aísle por sí mismo, “inventan” el acuerdo de no intervención firmado en Londres con el curioso propósito de evitar una guerra mundial.

Pero este Movimiento Nacional debería ser considerado de forma singular e incluso como algo genuinamente español, que ha surgido por la confluencia de un grupo heterogéneo de ideologías en las que se entremezclan las fascistas propiamente dichas, las monárquicas y las derivadas de un profundo sentimiento católico y tradicional. Estos tres pilares serán fundamentales en todo el recorrido histórico franquista, que dará lugar a las diferentes familias que se perpetuarán, con pequeños matices, hasta bien entrada la Transición Española, y que de alguna forma permitirían una flexibilidad ideológica que se conoce como “las diferentes familias del franquismo”. El predominio de una sobre otra facilitará lentamente la evolución del régimen que fue capaz de discurrir por tres etapas bien diferenciadas: un fascismo cargado de totalitarismo al principio, un tradicionalismo fuertemente católico, y una denominada por el propio sistema Democracia Orgánica y cuyos orígenes intelectuales habría que buscarlos en Salvador de Madariaga.

En la primera etapa hasta 1941, la Falange adoptó una apariencia netamente fascista, aunque su papel político fuera minoritario en comparación con otras fuerzas. Se trataba del único grupo que en realidad disponía de ideología y gozaba de una gran proyección hacia los aspectos sociales. Puede decirse que el Movimiento nacido de la Guerra Civil, sólo disponía de una cierta disciplina política a través de la Falange y que este resorte fue aprovechado por Franco en su diseño gubernamental. La Falange , fuertemente ideologizada, disponía incluso de unas milicias y de instituciones de encuadramiento como el Sindicato Español Universitario (SEU), el Frente de Juventudes, y una prensa fiel a su ideología (Arriba) que conviviría con diarios monárquicos (ABC) , católicos (Ya) y sindicales (Pueblo).

Un rasgo peculiar del régimen de Franco fue sin duda su condición de dictadura militar, que le otorgaba una fuerte cohesión autoritaria pero que no estuvo exenta de enfrentamientos en ocasiones muy graves con las fuerzas falangistas. Sólo hay que recordar los intentos de asesinar a Serrano Suñer e incluso al propio Franco por parte de la Falange Española Autentica, y los sucesos de Begoña en los que el general Varela

sufrió un atentado a manos de estos falangistas. Franco resuelve el problema sin contemplaciones con el fusilamiento de Juan Domínguez, pintorescamente acusado de agente británico por Valdés Larrañaga de tal forma, que cualquier intento de disidencia o desunión que atente contra el Movimiento Nacional, se vería abortado con soluciones propias de un estado de guerra.

En España, la dictadura de Franco tuvo una connotación militar, no sólo por el hecho de que la desempeñara un general, sino también porque utilizando la terminología de Calvo Sotelo y Gil Robles durante la Segunda República, se podía decir que el ejército no era tan sólo el brazo armado de la nación, sino la columna vertebral de la patria en frase pronunciada por el primero. En efecto, aunque Franco ejerció solitariamente el poder, al ejército le correspondió el papel de garante del orden constitucional y otro fundamental como disuasor de las oposiciones respectivas. Es muy probable que en el inconsciente colectivo y en la memoria histórica, fuese muy difícil abstraerse del papel jugado durante el siglo XIX por los “espadones” protagonistas de la vida política de entonces, que aunque con una intencionalidad totalmente distinta –en el fondo se trataba de salvar el Estado Liberal– crearon una inercia de intervención frecuente que se verá superada, salvo hechos aislados, a partir del pronunciamiento de Primo de Rivera, aunque se retome en fechas más recientes con el intento de golpe de Estado de 1981.

En el caso del franquismo, resulta definitorio el hecho de que el Ministerio de la Gobernación fuese ocupado siempre por un militar, con la excepción de Serrano Suñer en la etapa inicial más fascista del régimen, y que durante mucho tiempo la legislación de orden público estuviese en manos de los militares.

Sin embargo a este papel del ejército no se le compensó con ningún tipo de privilegio económico, ni los gastos de Defensa tuvieron gran peso en los presupuestos del Estado. Desde un punto de vista político, los gobiernos de Franco nunca tuvieron una mayoría de militares, aunque hubiera tres carteras dedicadas a las materias de defensa. Quizá por esto, o a pesar de esto, con el transcurso del tiempo, el relevante papel político jugado por la oficialidad, acabó llevando a ésta a una profesionalización, que en el fondo repudiaba cualquier intervención en la vida pública. De ahí que no existiese un sector del ejército contrario al régimen como pudiera suceder en Portugal. Para la Transición Española, que vendría años más tarde, este hecho fue de vital importancia, pues a pesar de algunos momentos muy críticos, la actitud pasiva de los militares permitió el citado cambio político.
(…)

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