La transición a la Transición (2a parte)

1-3 ¿Autoritarismo o Totalitarismo?
La Falange, que en un principio se consideró como base esencial y columna

vertebral del Movimiento Nacional, con las vicisitudes políticas internacionales llegó a convertirse en una rémora que impedía el acomodamiento a las nuevas tendencias. Aunque pueda parecer paradójico, para muchos autores y con el desapasionamiento consecuente al transcurrir del tiempo, el fascismo de Franco pudo perdurar tantos años por que no fue particularmente fascista, y por esta misma razón, el hecho de que el Movimiento no tuviese una ideología monolítica y permitiese una cierta flexibilidad interna, hizo posible la evolución.

En este sentido puede resultar muy ilustrativo recordar la distinción que hace Linz, entre lo él que llamo Nacionalismo autoritario y Totalitarismo.

El Nacionalismo Autoritario se sustenta en las clases privilegiadas que tienen como referente antiguos planteamientos feudales, su objetivo es restaurar la vieja sociedad tradicional, manteniendo a las masas en estado “catatónico” y no caer en aventuras expansionistas o imperialistas. Es en definitiva eminentemente conservador y permite una cierta flexibilidad interna dentro del concepto de partido único. El Totalitarismo en cambio, descansa en la pequeña burguesía interclasista que no respeta privilegios históricamente adquiridos ni a los viejos estamentos, su objetivo es formar una sociedad nueva movilizando a las masas a su favor. Es expansionista y en definitiva puede etiquetarse de revolucionario pero dentro de la más estricta rigidez interna.

Si exceptuamos los comienzos del régimen franquista con sus coqueteos imperiales y su “revolución pendiente”, la dictadura se encuadra más en el primer caso que en el segundo, lo que permitió a Franco desprenderse poco a poco, de una imagen que recordaba demasiado las ideas y la estética que habían sido derrotadas en la Segunda Guerra Mundial.

1-4 La oposición también se mueve.
No sin plena razón se ha señalado que unos de los artífices de la Transición

Española, fue el comportamiento de la oposición al régimen que de forma consciente o inconsciente, evitó sin duda el cumplimiento de aquellos fatídicos vaticinios que presagiaban un apocalipsis tras la muerte del dictador. Y el secreto podría estar en la falta de homogeneidad que también sufría la oposición al franquismo.

El período posterior a la Segunda Guerra Mundial, fue sin duda aquel en el que se dio la más evidente sensación de fragilidad por parte del gobierno de Franco, respecto a las posibilidades de supervivencia. En parte se debió al aislamiento exterior, pero también a la apariencia de que la oposición iba a constituir una alternativa respecto al régimen. La experiencia demostraría cuan lejano de cumplirse resultaba esta posibilidad. Las causas deben buscarse en la división que sufría dicha oposición y que podía resultar un reflejo de ese mismo comportamiento durante los tres años de la guerra. Esto fue particularmente cierto en la conducta de la emigración republicana de izquierdas, donde las disensiones entre partidarios de Negrín y Prieto, reproducían la tradición más reciente; una división que posteriormente en la Transición Española repetiría esquemas similares. Negrín considerado legitimista de las instituciones republicanas estaba muy cercano al Partido Comunista, mientras que Prieto tenia una postura coincidente con las socialdemocracias europeas y se mostraba posibilista respecto del sistema de gobierno. Sin embargo su realismo chocaba muy a menudo con la posición de muchos republicanos españoles, y aunque la postura de Prieto resultó triunfante en 1946, no se consiguió llegar a un acuerdo con los monárquicos salvo un efímero compromiso que en 1950 se consideró totalmente fracasado. De esta forma se produce un divorcio entre republicanos y socialistas y la imposibilidad de crear una posible alternativa para España. Llegados los años

sesenta, el socialismo español empezó a manifestar enfrentamientos entre la dirección exterior de Llopis y los militantes del interior, que desembocaría en 1972 en la destitución de los dirigentes históricos y en el relevo a favor de una nueva generación de políticos, mucho más radicales en sus comienzos, que serian el origen del socialismo actual. Del cisma saldría el denominado PSOE renovado frente al grupo defenestrado que quedaría con el acróstico de PSOE histórico, y que tanto juego político daría en las épocas mas álgidas de la Transición. No obstante la unidad del socialismo no estaba definitivamente conseguida, pues un partido de mayor calado intelectual se alzaba frente al socialista mayoritario; se trataba del Partido Socialista del Interior, dirigido por una figura emblemática del mundo universitario, el profesor Enrique Tierno Galván y que acudiría o a las primeras elecciones bajo el anagrama de Partido Socialista Popular (PSP). No resultaría arriesgado afirmar que las actuaciones de este “viejo profesor” así como su trayectoria intelectual, otorgaron al socialismo español, una credibilidad moduladora de posibles conductas extemporáneas de los sectores jóvenes del PSOE. El contrapeso de una cierta vehemencia de Felipe González habría sido el profesor Tierno, y el binomio compuesto por la imagen de los más jóvenes y la ponderación, seria enormemente rentable en los resultados electorales de 1982.

La postura en cambio de anarquistas y comunistas en los momentos más cercanos a la posguerra fue eminentemente violenta. Aislados del resto de las fuerzas políticas, propugnaban la lucha armada contra las fuerzas de seguridad del Estado mediante la guerrilla (maquis), pero tuvo sólo un carácter testimonial ya que a partir de 1947, esta situación quedó definitivamente superada por la Guardia Civil. El PCE a mediados de los años cincuenta defendió planteamientos muy alejados de posturas típicamente revolucionarias, apostando por la Huelga Nacional Pacífica (HNP) para derribar al régimen, y por unos procedimientos crecientemente democráticos – política de “Reconciliación nacional”- para instalarse en el poder. En 1964 Semprún y Claudín son expulsados del Partido Comunista lo que significaba la aparición de una tendencia semejante a la línea del Partido Comunista Italiano. Mientras tanto, un sector estalinista seguía en la escena política representado por Lister – a pesar de la condena internacional derivada de la invasión de Checoslovaquia en 1968- pero con muy escasa repercusión nacional. La evolución más trascendente de cara a nuestra Transición la protagonizaría Santiago Carrillo, autentico adalid de lo que se llamó eurocomunismo, una sorprendente postura histórica que debe ser considerada como uno de las bases fundamentales que posibilitó el cambio hacia una democracia en España. De hecho la renuncia a planteamientos de fidelidad hacia la URSS fue seguramente lo que permitió la posterior legalización del PCE en 1977, que tras rocambolescas maniobras políticas y legales y la inhibición al respecto del Tribunal Supremo, tuvo que ser la Junta de Fiscales la que diese cuerpo legal a esta imprescindible decisión.

Pero en realidad, la mayor esperanza de una alternativa al régimen de Franco en estos años, estuvo constituida por la oposición monárquica representada por Don Juan de Borbón, una figura clave que facilito la Transición Española mediante la abdicación en su hijo Don Juan Carlos. Pero en aquellos momentos la figura del legitimo sucesor, provocó en Franco mucha más preocupación que los propios comunistas. En realidad los monárquicos habían formado parte de la coalición que hizo posible la victoria de Franco, y sólo a partir de 1942 se produjo un progresivo distanciamiento del dictador, que llego a ser definitivo al final de la Segunda Guerra Mundial. Además con el paso del tiempo, se había producido un importante cambio ideológico en el seno del monarquismo, que le había llevado desde una posición antidemocrática a otra liberal. Esto explica que para las potencias democráticas que siempre habían deseado la sustitución de Franco y que al mismo tiempo nunca pensaron en intervenir militarmente en España, la solución representada por Don Juan fuera la óptima por su carácter eminentemente pacífico. Como veremos posteriormente las entrevistas y contactos entre la Casa Real y el Jefe del Estado,

supusieron una credibilidad inevitablemente rentabilizadora de la política exterior de la dictadura.

La Democracia Cristiana hubiera desempeñado un papel político fundamental de haberse producido la Transición en los años sesenta, pero a mediados de la década, sus posibilidades eran mucho menores dada las distintas interpretaciones acerca de lo que esta ideología debía significar. Los sectores más conservadores unidos en torno a Gil Robles, discrepaban de la Democracia Cristiana de izquierdas, representada primero por Manuel Gimenez Fernández y posteriormente por el exministro franquista Joaquín Ruiz Jimenez; de esta Democracia Cristiana de izquierda saldrían numerosos políticos de la Transición. En este aspecto, la aparición de la revista Cuadernos para el Dialogo en 1963, contribuyó de manera decisiva a la difusión de las ideas democráticas.

Al comienzo de la década de los sesenta, la oposición moderada tuvo una iniciativa importante al propiciar la reunión de Munich en el mes de junio de 1962. Dicha reunión disfrutó de un importante carácter simbólico: por un lado, al referirse al europeismo, planteaba una exigencia obvia del inmediato futuro español cuya problemática no podía ocultarse en el contexto europeo. Por otra parte la reunión, que había excluido al comunismo, suponía un intento de reconciliar las dos Españas que se habían enfrentado durante la Guerra Civil. Las tendencias representadas mediante los 120 delegados asistentes correspondían al monarquismo liberal, la Democracia Cristiana y el socialismo, y presentaron al Consejo Europeo una resolución en la que se estimaba, que cualquier tipo de integración en Europa exigiría la existencia de un respeto de los derechos de la persona y unas instituciones democráticas de las que España carecía. La reacción del régimen fue inmediata; cuando los que vivían en España regresaron, fueron obligados a exiliarse o a fijar su residencia en puntos alejados de la capital. El gobierno de Franco supo rentabilizar este hecho pues bajo el acertado calificativo de “El Contubernio de Munich”, aglutinó lealtades entorno al Caudillo, interpretando dicha reunión como una nueva injerencia patrocinada por el extranjero que venían a perturbar las excelencias del Movimiento. Por otra parte el hecho de que destacados políticos pudieran acudir a un encuentro de estas características, y posteriormente volver a su país, otorgaba al régimen un cierto aire de normalidad muy alejado de unas posibles y duras represalias. Podríamos decir además que la reunión de Munich, constituyo un magnifico referente de lo que al final del franquismo fueron la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia.

1-5 Los cambios familiares
Las distintas familias del franquismo no gozaban de autonomía propia, y sus

influencias estaban controladas verticalmente en función de las circunstancias internas y externas bajo la atenta mirada del general que en ningún momento, permitiría discrepancia alguna que pudiera poner en peligro la estabilidad del régimen. Curiosamente, algunos sectores ideológicos que cohabitaban en la oposición, estaban también representados en las familias del régimen, y de esta forma, la convivencia entre falangistas– no hay que olvidar que el sector hedillista estaba abiertamente enfrentado a Franco– monárquicos y demócrata-cristianos fue posible aunque con diversos enfrentamientos, que, aunque solapados, dieron frutos políticos importantes e imprevistos.

Un factor político esencial entre los años 1951 y 1956 fue la política educativa llevada a cabo por el ministro Ruiz Jiménez. Dicha política ha sido calificada de liberal pero sólo de cuerdo con los parámetros de la época. Ruiz Jiménez procuró la vuelta a España de algunas figuras del exilio, se sirvió de algunas personalidades de reconocido talante aperturista como Lain Entralgo–a pesar de su pasado falangista– en el rectorado de la Universidad de Madrid, y mantuvo una política en lo cultural que pretendía incorporar al régimen, como valor intelectual positivo, a quienes hasta entonces habían sido considerados como heterodoxos (Ortega y Gasset y Unamuno). En realidad, más que como liberal, su política debe ser calificada como tolerante y

permisiva pero supuso en su momento una autentica ventana que se abría, aunque lejanamente, hacia lo que luego serian los nuevos aires favorecedores de una cierta apertura.

Pero lo que realmete supuso un importante revulsivo social y económico fue la entrada del Opus Dei en el Gobierno. Los llamados tecnócratas ocuparán entonces los puestos más relevantes en las áreas de economía y hacienda, Banco de España, INI, etc, llevando a cabo el Plan de Estabilización del año 1957 que desembocaría en los Planes de Desarrollo. A partir de aquí, la economía se liberaliza, se abren las puertas y las mentes al mundo occidental frente a la autarquía representada por la Falange, y el franquismo apuesta en definitiva por una política basada en el capital, aunque sin perder una fuerte intervención estatal. Medidas económicas inmediatas son la devaluación de la peseta frente al dólar, y la eliminación de obstáculos para la entrada de capital extranjero. Que todo esto supuso una modernización es indiscutible, pero lo realmente importante desde un punto de vista político y social, fue la pérdida de influencia de los sectores falangistas. Un auténtico enfrentamiento que se cristalizaría en el caso Rumasa, y donde sorprendentemente Franco se decantó a favor del Opus, inciándose así la diáspora y la decadencia del bando azul de forma prácticamente irrecuperable. Las consecuencias para los españoles fueron casi inmediatas: desarrollo, cotas de bienestar nunca vistas en España, cambio de mentalidad y de conductas del pueblo, estabilidad política, y una situación consolidada que a la larga perjudicaría al régimen pero que constituyó un indudable baluarte a favor de la futura Transición Española.
(…)

AUTOR: Enrique Vivas, Doctor en Medicina, Profesor del Departamento Especialidades Médicas

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