LA BRUJA DEL BOSQUE

La última semana estuvo llena de malas noticias. Con este iban cuatro campesinos desaparecidos en las inmediaciones del bosque. Los rumores corrieron como la espuma entre los aldeanos, y una ola de miedo cegó su razón.

-¡Hay que matar a la bruja!

Algunos decían que la habían visto llevándoselos en un gran saco. Otros murmuraban que los campesinos osaron allanar su bosque. Ninguno tuvo valor para entrar y comprobarlo.

El clamor popular llegó a oídos del rey, el cual, convocó a la corte real y a varios de sus mejores hombres.

-¿Quién de vosotros será el valiente que me traiga la cabeza de esa bruja? –preguntó el rey.

Los soldados, en fila, mantuvieron la mirada clavada en el suelo, guardando silencio. -¡Cobardes! –gritó acaloradamente el príncipe heredero.

-Hijo mío –dijo el rey sujetando el enclenque brazo de su primogénito-. ¿Acaso quieres tener el honor de ir en su lugar?

El príncipe, tan pequeño y escuálido como su padre, tragó saliva y dio un paso atrás. El rey reflexionó. La reina consorte, sentada a su lado, aprovechó la ocasión para susurrarle algo a su oído.

-Mi amor –seductora-. ¿Por qué no le envías a él? – señaló a un vigoroso joven situado entre los miembros de clase baja de la corte. Todos los presentes también le miraron.

-¡Sí que vaya él! –gritó alguien del fondo.
El rey miró a su esposa claramente indignado.

-¿Por qué haces esto? –preguntó el rey sabiendo las verdaderas intenciones de su mujer.

-¡Que vaya él! –se unió otra voz al fondo.

Todos murmuraron mientras asentían conformes. La reina sonreía satisfecha con el resultado. El rey, abrumado por la situación, se puso en pié.

-¡Silencio! –sentenció el rey. Todos callaron-. Mi preocupación y amor por mi pueblo es tan grande que enviaré a uno de mis propios hijos. Acércate –le señaló.

El chico, que sobrepasaba ampliamente la altura de todos los presentes, dejó su sitio entre la corte y se arrodilló ante su padre. Portaba una elegante armadura de acero pulido como un espejo. Donde tendría que estar el pelo, lucía una cabellera de luminoso fuego.

-Hijo mío, te ordeno que vayas al bosque y me traigas la cabeza de la bruja –en ese mismo momento se arrepintió de sus palabras, pero ya no podía dar marcha atrás-. Se valiente.

El joven partió al amanecer montado en su caballo blanco. Cuando su padre le encargó la misión, él supo que era la persona idónea para esta tarea, pues en la inmensa oscuridad del bosque, la luz de la poderosa antorcha de su cabeza iluminaría su camino.

Llegó a sus inmediaciones sin demorarse, dispuesto a todo. Era el momento de demostrar a todos los que se burlaban de él, que era mucho más que un bicho raro. Los sabios del castillo le habían aconsejado que siguiera en línea recta, pues si existiera la tal bruja, lo cual ellos no estaban muy seguros, debería de vivir en mitad del bosque. Siguiendo su consejo, se adentró y trató de continuar lo más recto que pudo. Allí no había ningún camino ni ninguna referencia a la vista, por lo que se sirvió de la luz de su caballera y de su corta experiencia como rastreador, para seguir adelante lo suficiente como para que, tras un rato trotando por su interior, perderse sin posibilidad de salir.

«Te has perdido» –creyó oír una dulce voz-. «Ven, por aquí»

No estaba seguro. Tampoco sabía hacia dónde ir. Por lo que concluyó que sería un truco de la bruja, pero no le importaba.

«Ven, por aquí» –insistía aquella voz.

Siguió aquella extraña voz durante un buen rato. El caballo sorteaba, sin demasiadas dificultades, todas las ramas que encontraban. No tuvo demasiados problemas hasta que, finalmente llegaron hasta un claro en mitad del bosque. En ese momento su caballo se detuvo. No quería seguir avanzando.

«Ven, por aquí» –no paraba de repetir.

El chico no esperaba encontrarse aquella cosa tan gigantesca. Dedujo que era una especie de barco oscuro hecho de metal.

-Dios misericordioso ¿Qué es eso? –musitó.

Desmontó de su caballo y avanzó fijándose en pequeños detalles de aquel extraño armatoste. Nunca había visto tanto acero junto. Pensó que era demasiado redondo para ser un barco, claro que eso era lo de menos, pues estaba en mitad de un bosque.

«Te pareces mucho a tu padre. Lo elegí porque supe que te cuidaría bien» -explicó la voz, esta vez mucho más cerca.

El chico se detuvo, sacó su espada y la situó en ristre. Sus palabras lo estaban confundiendo.

-¿Dónde están los campesinos?
«Ellos me ayudaron, pero no tenían suficiente. Tu eres diferente»

Notó como algo se movía a su espalda. Dio un tajo para defenderse. Allí no había nada. Sentía que alguien le estaba mirando.

-No juegues conmigo, bruja. ¡Muéstrate!

De inmediato apareció una mancha negra que tomó forma de mujer, la más bella que nunca había visto.

«Te he estado esperando mucho tiempo» -la mujer levantó los brazos con intención de abrazarle-. «La última vez que te vi solo eras un bebé. Has crecido mucho» -dijo sin mover los labios.

Abalanzó su espada para partirla en dos, no lo logró. El haz solo consiguió que la mujer se disolviera y se volviera a formar de nuevo a su espalda.

«Veo que tienes mucha energía…» -la mujer sonrió-. «Tardé mucho tiempo en perfeccionarte, necesitaba investigar vuestros cuerpos» -sus ojos se pusieron en blanco-. «Parece que hice bien el trabajo»

-¿De qué estás hablando… –no tuvo tiempo de terminar la pregunta.

La mujer se abalanzó sobre él y lo arrastró al vuelo hasta aquel gigantesco artefacto.

-¡Suéltame!

A su espalda se abrió una puerta. La mujer le empujó dentro y le introdujo en un tubo de cristal, cerrándose herméticamente. El chico trató de romperlo, sin éxito.

«Ahora desaparecerás»

-¡Espera! –suplicó-. Necesito saber… -la voz de la mujer le interrumpió, respondiendo inmediatamente a la pregunta que iba a formular.

«El fuego que portas es energía pura. Un desperdicio que se quema de forma natural al no ser utilizada»

Tras pasar miles de años en mitad del bosque, el artefacto finalmente recuperó la energía que necesitaba, elevándose poco a poco y desapareciendo en lo alto del cielo.

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