La muela espía

Andrew Vólkov era un afamado dentista que trataba a lo más selecto de la sociedad financiera y política de Washington. Socarrón y dicharachero, su elegante apariencia de hombre de mundo, rostro agraciado de redondeadas facciones, pelo ensortijado y esbelta figura, daba seguridad a sus pacientes, incluso a los que llegaban temblorosos y acobardados. Era hijo de Dmitriy Vólkov, neurocirujano de Moscú que en los años sesenta emigró a Norteamérica y se casó cinco años después con una neoyorquina de buena familia. Tuvieron tres hijos, de los cuales Andrew era el pequeño. Uno de sus pacientes más prestigioso y temeroso era el embajador ruso Leonid Sokolov, apodado el oso de Moscú por su portentosa corpulencia y poblada barba que, sin embargo, escondía un carácter afable e incomprensiblemente asustadizo ante cualquier actuación médica. Conocía los orígenes soviéticos de la familia del dentista, además de su bien ganada reputación, por lo que le eligió cuando llegó a la capital dos años atrás. Durante este tiempo habían tenido ocasión de incrementar su amistad gracias a las invitaciones que Leonid les había cursado, tanto a él como a su encantadora esposa Caroline, para acudir a todas las recepciones y fiestas que daba en la embajada. Cuando venía a la consulta lo hacía con algún regalo de procedencia rusa, unas botellas del mejor vodka, Belvedere o Krupnik, unas latas de caviar Beluga o un perfume Krasnaya Moskva para su mujer. Una tarde, al finalizar su jornada laboral, se presentaron en la consulta dos hombres de aspecto siniestro, uniformados con traje negro e idéntica corbata a rayas rojas y azules. La recepcionista les hizo pasar al despacho del doctor. Coño, pensó Andrew al contemplarles, estos deben ser de Hacienda que vienen a chuparme la sangre, dos vampiros carroñeros. Erró de pleno. Se presentaron como agentes de la CIA para exponerle, acto seguido, un elaborado plan con el que tendría ocasión de proporcionar un gran servicio a su patria, pero que debería mantener en absoluto secreto ya que, de lo contrario, pondría en peligro su vida y la de su familia. El buen Dr. se quedó de piedra ante semejante propuesta y trató de rechazarla argumentando que no creía estar capacitado para el espionaje ni tenía madera de héroe. Ignoraron su rechazo y le expusieron el plan. Se trataba sencillamente de sustituir la corona sobre implante que le había puesto recientemente al embajador ruso en una de sus muelas inferiores, por otra exactamente igual pero que portaba en su interior un chip con capacidad para almacenar doscientas horas de grabación y que se activaba por la voz. Un aparato indetectable que no ocasionaría sospecha alguna ni podía ser descubierto por ningún otro artilugio electrónico. Se trataba pues de un trabajo sencillo y sin riesgo alguno, por el que además percibiría la suculenta suma de cien mil dólares cada vez que tocara cambiarlo en las revisiones trimestrales. Consciente del riesgo que supondría rechazar la propuesta, y estimulado también por la pasta, decidió finalmente aceptarla. Los buitres se llevaron los modelos que tres meses antes le había tomado a su paciente para elaborar la corona. Cinco días después le llegó a la consulta a través de un mensajero, junto con un cheque por la cantidad acordada. El día de la revisión funcionó todo como un reloj suizo. Querido doktor, no me hará daño hoy, ¿pravda? Una palmada del oso casi acaba con el pobre Andrew en el suelo. Ya sabe que en esta consulta está prohibido hacer daño, “posol”. Spasiba, dijo el embajador mientras abría la boca, sudando más que un maratoniano al llegar a meta. Colocó la nueva corona con el chip incorporado, procurando que no se enterara su auxiliar del cambio, y guardó la que llevaba puesta. Encajaba como un guante, tan solo tuvo que pulir ligeramente una de las cúspides. Fijaron una nueva cita en tres meses, para finales de abril, aunque finalmente la retraso para el dieciocho de mayo, debido a que surgieron algunos viajes y compromisos ineludibles. En esa sesión se cambió de nuevo la corona y le entregó a la CIA la que había llevado durante estos meses y que contenía una valiosa información sobre los planes estratégicos de Rusia con respecto a Siria y Oriente medio, así como de los tratados comerciales con USA. Durante un año fueron sucediéndose las visitas con el correspondiente cambio de coronas, pero también crecieron las sospechas y la incertidumbre, así como el temor del dentista a ser descubierto por los servicios de inteligencia rusos que, según comentaba la prensa, estaban mosqueados tras haber salido a la luz pública algunos de sus planes secretos. Todo ello le hizo reflexionar durante varios días sin dejarle conciliar el sueño, hasta que maquinó una brillante idea para liberarse definitivamente de ambos bandos. Avisó a los guripas de la CIA de que la cita prevista para junio había sido pospuesta para el diez de julio, aunque aquello no era verdad. El diplomático asistió a su cita sin que se enteraran los buitres de negro y procedió a la limpieza de boca junto al cambio de corona. Se quedo con la que contenía el chip y le colocó la suya original, sin dispositivo alguno. Unos días después comunicó al inspector de los servicios de inteligencia su intención de viajar a Europa para asistir a un congreso de Periodoncia durante los últimos cinco días de junio, sin que le pusieran ninguna objeción. Viajó junto a su mujer llevando bien oculta la corona con el chip, que sería su seguro de vida. Llegaron a Bruselas desde donde se trasladaron a Paris dos días después. Contrataron en la capital francesa a un buen profesional de electrónica que descifró el contenido del chip y, acto seguido, Andrew busco un discreto locutorio público desde el que telefoneó al inspector de la CIA. Tengo en mi poder la corona del embajador ruso y la información que contiene el chip, muy interesante por cierto para nuestro país. Está custodiada por un testaferro con la orden de depositarla en la embajada rusa si no recibe mi llamada diaria de teléfono. Un rugido indescifrable penetró en su oído, pero Andrew prosiguió con calma su exposición. Quiero que depositen cinco millones de dólares en este número de cuenta de Suiza. Tras repetir el numero dos veces seguidas, junto con el nombre del titular, le advirtió seriamente, tienen cuarenta y ocho horas para hacer el depósito y no traten de localizarme o la muela caerá en manos rusas, además de un dosier preparado expresamente para la prensa con toda la información del plan. Dejaron Paris tras dos días intensos de lujosos restaurantes, compras en la Plaza Vendôme y la Rue de la Paix y visitas al Louvre y Notre Dame, para hacer una breve escala en Suiza, donde comprobarían que su cuenta corriente tenía los ceros acordados y terminar el periplo en Niza, donde pasaron un feliz verano a orillas del Mediterráneo. Hicieron amistad con un matrimonio italiano de mediana edad, podridos de pasta gracias a los negocios del marido, importador de aceite español que comercializaba como italiano en los mercados americanos y asiáticos. Intimaron más de lo que aconsejaba la prudencia, revelándoles en una noche de borrachera el origen de su fortuna, así como la imposibilidad de regresar a su país. Una calurosa mañana de agosto el servicio del hotel se encontró fiambres al doctor y a su señora en su cama, advirtiendo un sospechoso olor a gas en la habitación. Los esbirros habían descubierto el hotel gracias a la ayuda del italiano. Entraron sigilosamente en la habitación provistos de máscaras antigás y, una vez perpetrado el crimen, averiguaron en la lista de contactos, que el doctor guardaba en su cartera el teléfono y la dirección del testaferro, que recibió otra amistosa visita antes de que transcurriera un día completo desde la última llamada que le hizo el dentista. La CIA ofreció a la KGB la muela del diplomático, en un gesto de buena voluntad y el oso de Moscú fue invitado a dimitir y trasladado a Siberia para disfrutar de unas frescas vacaciones durante unos cuantos años. Con esto dieron por zanjado el incidente diplomático, aunque durante algún tiempo los dentistas de ambos países fueron estrechamente vigilados por los servicios secretos, además de por los inspectores de Hacienda. Se puede engañar a la CIA alguna vez y posiblemente también al KGB, pero es imposible engañar a ambos sabuesos a la vez.

 

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