La primera guitarra

La primera guitarra parecía marrón de color madera, de madera mediocre y con una caja poco significativa, o menos que su posterior destino. Era de segunda mano, pero tenía ilusión. Venía sin funda, sin púa (¿para qué?), sin rasguños y sin afinar.
El diapasón de la primera guitarra presentaba un mástil sin complejos, unos trastes que brillaban y algunas cuerdas viejas. El rosetón no era el original, como era de esperar.
La primera guitarra, con sus primeros punteos, le hacía compañía a esa joven voz de coro. La misma voz, años más tarde, o sea una totalmente distinta, sería un arma contra el aburrimiento, contra la timidez, contra el tedio. Era la seña de identidad, la primera, no tanto de lo que quería ser, sino de lo que le ofrecía la vida. Al fin y al cabo es lo que hacemos todos, los que tenemos suerte y los que no: elegir la opción que consideramos más conveniente. Schopenhauer dijo algo parecido de otra forma: “El destino baraja y nosotros jugamos”.
Desde tiempos muy tempranos, la primera guitarra estuvo rodeada de cultura, periodismo de radio y periodismo escrito. Así es que solo podía crecer hacia arriba y sin redundancia.
La primera guitarra, entre atea y agnóstica, se encontraba incómoda en la iglesia, pero respetó, se hizo respetar, nunca se dejó distraer y se centró en la música, que era a lo que había venido.
Su primera guitarra fue un primer amor. Y como a todo primer amor, se propuso recordarla. Entre otras cosas porque la usó como brújula para orientarse en un principio y como vía de escape literal más tarde. Quién sabe si fue compañera de viaje de exilio, un cielo azul que viaja.
Con la primera de sus guitarras hizo algunas conquistas correspondidas, con melodías variadas y letras ligeras, pero sin llegar a la simple profundidad de su no amado Drexler: “hay tantas cosas, yo solo preciso dos: mi guitarra y vos”.
La primera guitarra vivió largas tardes de estudio, paréntesis laborales y cambios de tercios y cuartas. Cuando había que darlo todo en el escenario no se echaba para atrás, aunque bien es cierto que se mostraba temerosa. Si esperaba en casa la llegada desde la fábrica, planeaba cómo hacerle olvidar las órdenes italianas.
Los primeros acordes de la primera guitarra, acordes manchados de yerba Canarias, fueron banales y gratuitos, pero a nadie le importó porque ella empezó a sacar pecho. No sabemos qué influencia tuvo la mateína en esto.
Este primer instrumento resultó cómodo y familiarizante desde los primeros momentos. No había pasado por ningún luthier de renombre, pero había que darle una oportunidad, como a toda primera experiencia. Y así se la dio, practicando con esmero, dialogando entre silencios, trabajando sí, trabajando duramente.
Desde muy temprano contacto, la primera guitarra no escondió la sintonía. Como no podía negarlo, le decía de forma trovadora: eternamente tu mano. Eso sí, las erres sonaban como eles de Bayamo.
El clavijero, con cierto orgullo, contenía unas cejillas amargas y unas clavijas simples y sin pretensiones. No era, para entendernos, como Stravinsky dijo de la guitarra de Andrés Segovia: “no suena fuerte, sino lejos”. No, no lo pretendía y precisamente cuando no tenemos pretensiones es cuando logramos mayor naturalidad y frescura. De hecho, sonaba a ahora. Si se tocaba bien o mal ella acompañaba sincera, sin cera y sin máscaras.
La primera guitarra no era muy grande ni aparatosa, pero como las chiquitas hormigas de Daniel, “los sueños que iba cargando tenían la altura que tiene el bien”. Eso siempre y cuando la afinaran antes de cada ensayo.
Su primera amiga fiel lo acompañó en las duras y en las maduras, desafiando el oleaje sin timón ni timonel. Una vez salidos de Paysandú, miró a los ojos a Montevideo y se recreó en las guitarras compañeras comparando aros, puentes y tapas traseras mientras viajaba por Buenos Aires.
Creía nuestro primer sujeto, quizás de forma un tanto idílica y romántica, que cuando estaba entre sus brazos no podía haber nadie en este mundo tan feliz. Pero parece ser que lo decía homenajeando a antepasados asturianos que aún no había oído.
La primera guitarra se parece bastante a la última, más en virtudes que en defectos, a pesar de que el tiempo suele mejorar el material y la acústica. Pero en cine se dice que los afectos especiales tienen mayor duración que los efectos especiales. Es decir, mientras los sentimientos rara vez pasan de moda, la tecnología se hace vieja en pocos meses; por no hablar de la obsolescencia programada (planificación del fin de vida útil de un producto) que ha traído el consumismo. Y sigue haciéndolo.
La primera guitarra, casuales casualidades, ya reconoció sus ganas de vivir no a cualquier modo ni precio. Se adaptó a una personalidad que nunca quiso abandonar. Por comodidad más que nada. Porque con el paso del tiempo se dio cuenta de que se le parecía, como a menudo los hijos.
Así me imagino yo su primera guitarra y la oigo pronunciar cuatro palabras, cuatro: gracias a la vida. Pero esas cuatro bastan. El resto es otra historia que, de momento, no interesa.

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