
“La gitana dormida” (Henri Rousseau, 1897)
En los tonos rojizos del cielo pretendía encontrar a sus antepasados. Exploraba con detalle cada crepúsculo en busca de cualquier señal que le guiara. Lo hacía todos los días al terminar su tarea. Parecía más bien una cata, lo que todos los atardeceres ocupaba su tiempo. Una cata de sabores raros, del todo desconocidos– aunque cada ocaso fuese el mismo, también los mismos los antepasados que buscaba-.
No llegó a conocer a sus padres. Llegó tarde…
Hundía sus piernas oscuras en la arena y el desierto parecía tragarla. O el cielo. Pues se confundían ambos a esas horas. Parecía su cuerpo una sombra más en mitad de los ocres del desierto que se inundaban por incontables sombras producidas por las nubes acabadas, anochecidas y alargadas hasta no ser más que filamentos de carmín que desapareciesen junto a la luna.
Aún brillaba algo el sol en lo más bajo, compitiendo únicamente con otro destello: el de las cuerdas de su mandolina. El fulgor solar emanaba en zigzag cimbreándose. El horizonte se contoneaba en un caminar ebrio. Se acercaba a ella el cansado sol de manera insegura. Rozaba incluso su nariz. Ella cerraba los ojos y se dejaba acariciar por ese espejismo. El sol retrocedía entonces. Fraguaba así una marea con cada vez menos vida -menos luz-, hasta enterrarse en las dunas lejanas.
Mecida por el vaivén torpe del sol, cayó dormida. Se abrazó a un bastón para sentirse protegida.
… llegó tarde y tal vez por eso siempre se había sentido desvalida…
Aún sin luz, los colores seguían persistiendo. Un milagro ciertamente. Decían las leyendas que era en ese instante cuando los muertos escuchaban. También era el momento en que las fieras optaban por recorrer las inmensidades del desierto –insoportable trayecto durante el día-.
El caminar firme y sigiloso de un león no la despertó. Se aproximaba a ella en mitad de sus ensoñaciones. El arcoiris prendido en su vestido tal vez reclamó la atención del animal. También quizá el agua contenida en su jarro de cerámica; en pleno desierto el agua es el bien más preciado. O la belleza inocente de la gitana: esbelta y tranquila, de rostro alargado, dientes blancos, ojos grandes y almendrados, tan sola.
Merodeaba el león alrededor de su cuerpo. Sin rozarla. No derramó siquiera el agua desde el barro. Parecía estar buscando una explicación a un enigma imposible (podría estar viendo los sueños que ocupaban la sien morena de la mujer) caminando uno y otro de los meridianos de ella, en un automatismo que de no ser tan pausado podría haber correspondido a un león loco, desesperado por un encierro involuntario e infinito. Sin embargo, el desierto se extendía delante suyo, sin jaula.
Simplemente estaba a su lado. Estuvo a su lado toda la noche.
Empezaba a amanecer ya. Soplaba el viento cada vez con más intensidad y el canto suave de la arena deslizándose por las laderas se tornó en un coro más sonoro que la despertó. Sus ojos se encontraron de súbito con los del león. Tensó sus músculos de manera automática, aunque permaneció tendida y quieta esperando la reacción del félido. Éste no se movió; se diría que podría haberla incluso sonreído.
Sin prisa, el animal dio media vuelta y se alejó despacio, desapareciendo muy poco a poco en el fondo del paisaje como los ángeles de la guarda cuando termina la oscuridad.