Tribulaciones de un espectador a la hora de la siesta

Aquel viernes 25 de julio, a las 5 de la tarde, el autor de estos párrafos decidió utilizando su libre albedrio renunciar a una magnifica siesta – de las de pijama y orinal y en este caso aire acondicionado silencioso- con el fin de acudir a la función teatral: “Te quiero eres perfecto, ya te cambiaré”, que mi nueva amiga “faecebookera”, la muy admirada actriz Carmen Conesa, anunciaba en su recién estrenada página “oficial”. La función estaba anunciada en la calle Ruiz de Alarcón no 11. La tentación de acudir al evento era grande, así que decidí una vez terminada mi consulta mañanera – tras tomar el menú del día con mi pareja en el Café de Oriente- proponer a Esperanza que acudiera conmigo al evento. Nos gusta comer pronto, por lo que terminamos nuestra comida a las dos y pico. Mi mujer, que arrastraba el cansancio de toda la semana, me dijo que renunciaba a tan tentadora oferta cultural y que prefería encaminarse hacia los brazos de Morfeo acunada por un buen programa de la 2 y la brisa suave del Panasonic inverter. El tipo hambriento de culturilla y humanismo, que habita en mi interior, hizo que a pesar de la canícula estival -que marcaba temperaturas de febrícula e invitaba al descanso postprandial- decidiera acudir a la cita.

Pero claro, aún quedaba mucho tiempo hasta la hora de comienzo del espectáculo, por lo que decidí acercarme desde la Plaza de Oriente hasta la mencionada calle. Protegido por un sombrero blanco de papel y gafas de sol, fui buscando las sendas sombrías que proporcionaban las fachadas de los edificios. Dirigí mis pasos por la calle Arenal hacia la Puerta del Sol. El calor seguía apretando de lo lindo, había que encontrar un refugio -al menos temporal- que me permitiera sobrevivir al calor imperante hasta alcanzar un horario lo más próximo al comienzo del musical. La imagen de la terraza del Círculo de bellas artes de la calle Alcalá vino en ese momento a mi mente. Debo confesar que nada más llegar y comprobar que había mesas disponibles, y encima en primera línea de playa (perdón, de acera), la satisfacción de encontrar este refugio fue inmensa. Conseguí una mesa que se encontraba equidistante entre dos grandes ventiladores que además continuamente rociaban el ambiente con pulverizaciones de agua; Además, la silla de mimbre junto con su almohadón era bastante cómoda (Fig.1).

El tiempo pasaba lento y agradable, contemplando el paso de la gente, parte de la cual se acercaba a los vaporizadores aunque solo fuera un momento para conseguir un grado de alivio al intenso calor reinante. El micro café con hielo no duró más de quince minutos, así que pedí un gin-tónic ligero con mucho hielo, que contribuyó a mitigar de forma placentera el tiempo de espera previsto.

Por la mañana había llamado al teléfono que figuraba en el anuncio y una amable señorita me dijo que no era necesario reservar y que me aconsejaba que procurara llegar como media hora antes, para no tener problemas a la hora de conseguir sitio.

La hora se aproximaba, por lo que opte por abandonar mi refugio con suficiente antelación para de forma suave y lenta -no estaba el ambiente para calentamientos- encaminarme a la calle Ruiz de Alarcón. Nada más bordear por la parte derecha de detrás del edificio Cibeles di enseguida con la ansiada calle, logrando llegar al portal número 11 con treinta minutos de antelación. En ese momento, la acera del edificio estaba bajo la influencia directa de los rayos solares y el enorme portalón de madera permanecía cerrado. Llamé al timbre, pero nadie respondió. La sensación de que el inmueble estaba fuera de juego en ese momento empezó a invadirme (Fig.2). Así, crucé a la acera de enfrente refugiándome, bajo la sombra que de forma desinteresada me prestaba la fachada del edifico Pio Baroja.

El tiempo pasaba, la puerta permanecía cerrada, nadie aparecía, hasta que observe cómo un grupo de turistas se acercaba a la enigmática puerta, pero al llegar junto a ella pasaron de largo. Luego una pareja también parecía dirigirse hacia el portal, pero justo al llegar al mismo cambiaron de acera. La hora oficial de comienzo iba llegando y el portal seguía inerte, por lo que tras comprobar en él smartphone que los datos de la cita eran correctos opté por volver a llamar al portalón esta vez de forma más insistente. Nadie respondía, y como además nadie aparecía por allí, la sensación de ser “el más tonto de la clase” se iba adueñando lentamente de mí. No entendía nada, llamaba al teléfono del anuncio para intentar averiguar que pasaba, pero la llamada se cortaba. Estaba a punto estaba de “ tirar la toalla” e irme, cuando de repente observé cómo el conserje del edifico Pio Baroja aparecía en su portal. Tras cruzar la calle y preguntarle si el edificio estaba abandonado, me contesto que lo que pasaba es que tenían horario de verano y que por eso probablemente la puerta estaba cerrada. Según estaba hablando con el amable portero, vimos llegar un taxi que paraba justo en la puerta de mis desazones. Del automóvil se bajaron dos individuos con aspecto veraniego provistos de sendas maletas. Por fin la puerta se abrió y una señorita salió a recibirlos. La escena era contemplada por mí y por el conserje, que inmediatamente identificó a las dos personas.

-¡Son los Jefes! pregúnteles a ver si saben algo –dijo.

Dicho y hecho, crucé la calle como Falcao en busca del gol, no fuera a ser que los dos personajes entraran en el interior del edificio y la puerta volviera a cerrarse, antes de haberles comunicado mi problema. Tras el correspondiente “Perdone que les moleste”, ya enterados de mi problema, preguntaron a la chica que les había abierto la hasta entonces la aparentemente infranqueable puerta:

-¿Qué sabes de lo que pregunta este compañero?

La chica, que parecía totalmente enterada, me indicó que, efectivamente, la representación era a la hora y el día previstos, pero que se realizaba en la calle Cavanilles 15.

Ante mi mirada de perplejidad, y dado que ya eran las 5 de la tarde. La muchacha me dijo que el lugar estaba relativamente cerca. Pregunté si tendría algún problema para entrar una vez comenzada la representación.

-No suele haber problemas, la gente habitualmente entra en la sala libremente – siempre que haya aforo- dijo mi interlocutora con una sonrisa que me animaba a continuar en mi empeño.

La decisión estaba tomada, intentaría llegar a mi próximo destino en la calle Cavanilles 15. En la cuesta que baja hacia la Castellana encontré enseguida un taxi. Al entrar en el taxi el plástico de la división interior anti-atracos, lo hacía especialmente incómodo –dado que casi no llegaba el aire acondicionado-; En otras circunstancias me habría bajado del mismo y parado otro que reuniera un mejor confort para el pasajero; Pero el tiempo disponible para el traslado era escaso. Decidí entonces quedarme en el coche y marcar al taxista el rumbo de mi añorado destino.

Aunque el trayecto era relativamente corto, fue bastante pesado: el calor del interior era realmente insoportable. El sol penetraba por el cristal de la ventanilla inundando todo el habitáculo. Además, una maraña de rotondas y semáforos descoordinados junto algún dominguero despistado hicieron que durante él trayecto (que apenas duró unos ocho minutos) la sensación de ”no llegar nunca” fuera realmente intensa.

Por fin, el taxi paraba frente a la Calle Cavanilles 15.Enseguida vi las puertas de cristal de la Fundación AISGE. Al dirigirme hacía ellas pude comprobar que se abrían con facilidad, y cómo una amable recepcionista me indicaba que aunque la representación estaba ya empezada, podía entrar sin ningún problema. En ese momento experimenté una cierta sensación de triunfillo: Ahora sólo faltaba que me gustara la obra.

La sala donde se representaba era rectangular de unos ochenta metros cuadrados aproximadamente. En el centro de la misma, se había colocado una tarima sobre la que se encontraban los actores. Alrededor de la misma se disponían unas cuantas sillas de plástico abatibles destinadas al público. Tanto los actores como las actrices vestían de negro, y solo se caracterizaban mediante la utilización de aditamentos como gafas, pelucas etc. -que sobreponían sobre sus vestuario base de acuerdo con las necesidades que la interpretación pudiera demandar. Dos pequeños biombos y algunas puertas servían de ayuda en los cambios de actores y vestuario de cada escena. Alguna tabla y mesas abatibles completaban de forma eficaz el minimalista conjunto. La parte musical estaba controlada por una pianista encargada de acompañar los números musicales. La sonoridad de la sala era bastante buena y la climatización suficiente. También junto a la puerta de entrada de la sala, un camarógrafo se encargaba de grabar la representación.

Nada más entrar en el recinto encontré una silla libre, de las que no hace falta molestar a los demás, para poder sentarse. En un lateral de la sala se encontraba Carmen Conesa, con pantalón vaquero corto y camiseta roja y su rubio pelo con un enmarañamiento, que la sentaba bastante bien. Se había puesto las gafas de trabajo y seguía, quizás mejor podría decirse “vivía” la actuación de sus alumnos –actores, de un modo intenso. Se notaba claramente que estaba disfrutando de su trabajo. Era al mismo tiempo directora, apuntadora y sobre todo animadora de sus discípulos. Marcaba los diálogos con sus labios y gestos en una acción facilitadora ciertamente sublime.

Pero creo que ha llegado el momento de hablar de la obra escogida: “Te quiero eres perfecto, ya te cambiaré”. Se trata de un musical con textos de Joe Di Pietro y música de Jimmy Roberts. La obra trata de la relaciones de pareja, desde los nervios de las primeras citas, la lucha de sexos, una cierta coraza machista, en alguno de los personajes, mucha ternura. Algo de mala leche e inseguridad en la relaciones de pareja, suele ser la norma de los diversos sketches. Se muestran, entre otros los típicos padres primerizos “un tanto palizas” que reducen su universo vital a todo lo relacionado con el niño -todo es un “papi mami”, aparente que sin embargo, esconde una renuncia a la pareja. Aparecen reflejados magníficamente los problemas y los resquemores internos de una divorciada en búsqueda de pareja. En este caso el monologo del personaje Rita Roma llega a trasmitir de forma intensa los problemas de soledad e incomprensión, -sobre ¿él por qué me ha pasado esto a mí?, que la agencia tecnológica de búsqueda de parejas, no puede comprender. Otra escena destacable es la del final que muestra dos personajes mayores, cuya soledad les hace acudir a algunos velatorios en busca de compañía; pero que revelan, en la interpretación final a ritmo de tango, que los deseos humanos permanecen a pesar de la edad, como proclama Franco Batiato en su canción “La estación de los amores”. En definitiva, el musical se desarrolló siempre bajo un paraguas cómico y divertido, sobre el que subyacen las dificultades de las relaciones de pareja más habituales.

En lo que respecta a la música, la obra tiene temas en los que parece inevitable recordar al musical “Grease”. En la adaptación de este musical de pequeño formato, se nota algo un toque españolizado sobre el original americano, en el que incluso una de las actrices realiza un baile un tanto “aflamencado”. Al final el conjunto de actores interpretan un baile final con una coreografía muy bien trabajada que termina dejando un regusto de alegría a los espectadores.

Creo que los esfuerzos realizados para superar todas las barreras relatadas, que trataban de impedir mi asistencia como espectador, merecieron la pena. Desde estas líneas quiero felicitar a Carmen Conesa y su grupo de actores por el buen trabajo realizado.

JOSE SANTOS CARRILLO BARACALDO
Catedrático de la Facultad de Ciencias Biomédicas UEM.

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