Sin lugar a dudas la intimidad es el último patrimonio de todos y cada uno de nosotros. Si existe algo que en realidad sea propiedad particular, es el conjunto de hechos, pensamientos y factores que configuran en última instancia lo que entendemos por intimidad.
Algunos psicólogos definen la intimidad como “aquello que nos convierte en lo que somos. Los cimientos sobre los que, a la postre, irá construyendo el complejo edificio de la personalidad”.
La intimidad, por otro lado, es algo que por su propia naturaleza debe ser exclusivo de cada persona. Todos tenemos nuestra propia esfera de lo que llamamos intimidad y, por su propia naturaleza, se trata de algo propio. Un complejo entramado de vivencias y pensamientos que por su característica de personalísimo, debe de ser siempre respetado sin que nadie tenga derecho a conocerla sin el consentimiento expreso del particular.
Durante toda la historia de la humanidad, las distintas sociedades que se han preocupado por la codificación de los derechos de los hombres han venido regulando todo lo concerniente a la intimidad. En nuestra sociedad, la intimidad se recoge numerosas veces en los códigos de leyes que rigen nuestra conducta. Desde la Constitución se nos da una clara definición de cómo la intimidad ha de ser respetada absolutamente en todos los supuestos. Sin ir más lejos, el artículo 18 garantiza este derecho en su párrafo primero al mismo tiempo que destaca en el cuarto que la ley limitará el uso de medios susceptibles de vulnerar la intimidad de las personas. Además, cuando en el artículo 20 define las libertades de expresión, cátedra, publicación y demás libertades análogas, en ese mismo artículo en su párrafo cuarto, se establece así mismo que todos estos derechos a expresar la opinión públicamente se encuentra limitados cuando colisionen con derechos como el del honor, la propia imagen y la propia como intimidad. Aparte de encontrarse en este título I, correspondiente a los derechos y deberes de nuestra Carta Magna, otros códigos del ordenamiento jurídico español garantizan un derecho tan básico a través de leyes tanto del Código Penal como del Civil. Parece algo lógico que dichas garantías no sean exclusivas del derecho patrio. Acudiendo al derecho comparado, podemos encontrar disposiciones análogas en los códigos de todos los países democráticos, así como de una infinidad de Tratados Internacionales o, sin ir más lejos, de la misma Constitución Europea.
Los hombres viven en sociedad. Se organizan en sociedades más o menos complejas en las que conviven como semejantes respetando en todo caso sus correspondientes derechos de intimidad. La vida en relación no puede nunca dar pie a
que el resto de los hombres entren en lo que se considera la intimidad de las personas. Ya hemos visto como todos y cada uno de los individuos tienen derecho a que se les respete en su esfera más íntima; sin embargo existe parte de nuestra intimidad –la que configuran nuestros sentimientos, creencias y pensamiento intrínsecos-, que pueden encontrarse con una auténtica “trampa” para su propio secretismo: la comunicación no verbal.
“Los gestos nos delatan”. Así define el Dr. Vallejo-Nájera lo que ocurre cuando ponemos en relación la comunicación no verbal con la intimidad. Existen gestos que delatan nuestros pensamientos y sentimientos más íntimos (aun en contra de nuestra voluntad en cuanto los definimos como inconscientes). Está comprobado que sentimientos instintivos como el amor o la mera atracción sexual cambian los rasgos de los hombres y de las mujeres haciéndolos en ocasiones más atractivos: dilatación de las pupilas, brillo en los ojos provocado por una mayor secreción lacrimal, sonrisas incontrolables, aumento de la profundidad de la voz, tensión involuntaria de músculos, etcétera. Tomando como patrón las conductas relacionadas con el galanteo o la atracción sexual, podemos ser testigos de auténticos factores indicadores que traicionan nuestra intimidad. Son, pues, auténticos gestos delatadores de sentimientos.
Así, en ocasiones es casi imposible mentir por la infinidad de gestos que nos delatan. Si mentimos, no acompañamos lo que decimos con lo que definimos como comunicación no verbal. La intimidad no se corresponde con lo que sale de nuestra boca. Nos encontramos ante una auténtica colisión entre la comunicación verbal –la que engaña-, y la comunicación no verbal –la que emana de nuestra intimidad y que, por tanto, se corresponde con lo que realmente sentimos o pensamos.
Sin embargo, aunque anteriormente hayamos hecho referencia a la comunicación no verbal como una comunicación gestual relacionada exclusivamente con muecas faciales de difícil control, estos “gestos traicioneros” no son patrimonio exclusivo de la boca o los ojos. Hay un sinfín de gestos que se realizan con las manos, el caminar, el cuello o cualquier parte del cuerpo, que muestran nuestros pensamientos o sentimientos más íntimos incluso en contra de nuestra voluntad. La intimidad pertenece a cada uno de nosotros, pero la comunicación no verbal se convierte en nuestro peor enemigo cuando tratamos de ocultar lo que llevamos dentro. Los gestos pertenecen a la esfera de una comunicación verbal incontrolable que traiciona nuestra intimidad. Sin embargo, son tantos los indicadores existentes que ni siquiera los expertos son capaces de clasificarlos todos.
Otra clara muestra de la relación entre la comunicación no verbal y la intimidad podemos encontrarla en el arte. Escultores y pintores han sido capaces de transmitir
un interminable catálogo de sentimientos íntimos a través de los gestos y las muecas de los representados en sus obras. Es de sobra conocida la media sonrisa de la Gioconda que, tras analizarla detenidamente, constituye uno de los mejores ejemplos que pueden ofrecerse para entender cómo la comunicación no verbal –en este caso a través del rictus facial -, puede expresar multitud de pensamientos íntimos que, de otra manera, sólo podrían ser expresados con palabras. La expresión de confianza y soberbia de David en la escultura de Miguel Ángel no nos da lugar a dudas: su victoria frente a Goliat es un matiz que se nos presenta como indiscutible. Así mismo la cara de los madrileños levantados en armas a punto de ser ejecutados en “Los fusilamientos del dos de Mayo” es un magnífico ejemplo de la expresión más absoluta del terror que cada uno lleva dentro respecto a los horrores de la guerra. Mientras tanto Goya decidió no pintar las caras de los verdugos franceses para que parecieran máquinas de matar sin gestos y, por lo tanto, sin intimidad alguna . Podrían citarse así un sinfín de ejemplos de cómo la intimidad y la comunicación no verbal están íntimamente ligados. Pero el arte es sólo otro ejemplo clarificador de cómo los sentimientos más profundos de las personas se manifiestan incluso en contra de su voluntad.
La comunicación no verbal es, por tanto y en última instancia, el peor enemigo de la intimidad. Por medio de ella, desaparece el secretismo que podemos tener en torno a lo que consideramos como propio, es decir como nuestro y de nadie más. Podemos proteger nuestra intimidad con palabras a base de no decirlas, pero la comunicación no verbal, en cuanto que escapa a nuestro control, es lo que hará fluir en ocasiones todo aquello que no queremos que salga.