Epifanías contemporáneas

Me está costando escribir hoy. Tengo la mente un poco espesa esta mañana. Me he despertado con Facebook en la mano, que insano vicio con esta red social. Una noticia de hace un año me ha recordado el día tan especial que es este anodino 22 de octubre en mi calendario, el día que decidí que solo yo podía ayudarme a mí misma. Hace 366 días exactamente me desperté desnuda en la cama, envuelta en el edredón como un caracol, con la cabeza donde supuestamente van los pies y viceversa. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto, pero más relajados que nunca gracias al mismo. El día anterior una parte de mi se fue muy despacio, y dejó espacio para “mi” realmente. Puede sonar redundante, pero es difícil de explicar en un texto cuando no sabes etiquetar semejantes conceptos con palabras sin sonar como una enciclopedia psicológica. Solo visualizando se puede llegar a entender y comprender. Aquí va la historia.
Eran las cuatro de la mañana, no hacía frío en Madrid, pero yo me estaba helando por dentro, nunca había tenido tantas ganas de llorar. Me encendí un cigarro fuera de la discoteca donde estábamos y un grupo de gente se puso a hablar conmigo, preguntándome por que estaba sola, o algo así. Recuerdo igual de mal sus caras que sus palabras, no me importaban ninguna de las dos. Fui absolutamente cortante y me sentó bien serlo. Pero no estaba sola, las chicas que había conocido ese año estaban conmigo y no podía abrir el pequeño tapón que mantenía las lagrimas que quería soltar, o explotaría delante de ellas. Me despedí deprisa y con disimulo para caminar hacia casa y poder desahogarme, pero ni a eso llegué. Me detuve en un portan de una calle solitaria, que en ese momento me pareció el lugar más acogedor del mundo,  y me puse a llorar. Más fuerte que nunca, más dentro que nunca. Que llanto, parecía que me habían atravesado con una vara el corazón, y metafóracimente puede funcionar, pues sentía que lo tenía completamente despedazado. Pero no era un mal de amores, no. Simplemente, me di cuenta de que  estaba viviendo desde una perspectiva muy pequeña de la vida, como quien pretende averiguar cómo es una habitación observando tras una mirilla. Me di cuenta de cuanto amor propio me faltaba, toneladas. Y me di cuenta de que pretendía mantener una imagen de mi idealizada, que creía infalible hasta esa noche, pero que era igual de débil que la luz de una vela. Me costaba tanto escucharme que tuve que estar etílica para poder dejar fluir lo que realmente se estaba cociendo dentro de mí. Y cuando el alcohol aflojó la estricta cinta opresora que había decidido usar como protección, se desataron las emociones. No tenía prisa, nadie me esperaba, tampoco nadie me escuchaba, y pude desahogarme al ritmo que me apetecía. Y ahí me hallaba yo, sentada en el peldaño de la puerta de una casa cualquiera cuando me vi ayudarme a levantarme a mi misma. Y juntas nos fuimos caminando a casa secándonos las lágrimas. Fin de la epifanía. Creía haber descubierto algo tan simple y tan importante que lo conté en clase para hacer un corto al que titulamos precisamente “Epifanía onírica”.
Este 22 de octubre había tenido una sensación similar a la de antes de aquella noche, y necesitaba recordarme todo lo que aprendí ese día. Antes de ir a la fiesta en el cottage había estado escuchando un video en el que la antropóloga y bióloga Helen Fisher hablaba sobre el amor romántico explicado desde una perspectiva científica. Y dijo algo que me pareció absolutamente fundamental, y es el deseo biológico que tenemos los seres humanos de encontrar una pareja a la que amar. Todo ese año, me había estado juzgando por “buscar el amor”, esa patraña de Disney que nos inyectan en vena desde pequeños. Y una vez más, me di cuenta de que lo estaba viendo todo a través de esa pequeña mirilla. Así que me alejé de ella y decidí abrir la puerta para poder, de una vez por todas, experimentar por mí misma lo que el amor significaba.
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