“El Sexto”

El 12 de junio amaneció un día especialmente caluroso en la prisión Combinado del Este. Danilo Maldonado se dirigió hacia el baño arrastrando los pies. Las ojeras marcadas, reflejaban su alma desolada. “A uno los años en la cárcel se le multiplican como a un perro, envejece siete de una”, dijo mirándose al espejo. En el comedor se sentó con Darsi a beber el líquido aguado que llamaban café, y el revuelto con olor a podredumbre. Esa mañana, Danilo necesitó recordarse una vez más por qué había comenzado. Mientras observaba al resto de presos, se vio en la Habana vendiendo dulces de leche. Tenía doce años, sus piernas delgadas y larguiruchas le permitían correr de casa en casa más rápido que nadie, pero nunca conseguía el dinero suficiente para acostarse con el estómago lleno. Un recuerdo de su madre cocinando un bizcocho con cáscaras de plátano le templó el alma antes de que le volviera a sorprender la presión en el pecho que le seguía desde pequeño, la de vivir en la prisión más grande del mundo, Cuba. Por suerte, a los 16, agarró un bote de pintura en vez de una botella de ron, y aprendió a expresarse. El arte liberó su espíritu, y al querer liberar a otros, lo metieron preso. “El hecho de caminar no te hace estar vivo. Pensar, soñar y vivir contándolo, sí. Un país en el que el miedo atenaza el pensamiento mata a la persona”, murmuró mientras se devolvía las fuerzas.

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