LA ESPADA QUE RASGÓ LA NOCHE OSCURA

 

Quien siente los colores del paisaje como un dolor que vive en las entrañas comprende el desaliento del espíritu que aqueja a los románticos sin límite. Lo cierto es que hay quien ama las parcelas que vieron su niñez, los años mozos que hallaron las colinas siempre suaves y costas agresivas y gallardas. El caso es que quien mira, con el día, las olas a lo lejos, desde el puerto, pudiera comprender las emociones que habitan en las gentes lugareñas. La aurora suele ser el detonante, llenando el cielo todo con sus cambios, violentos unas veces, otras tenues, cuando la brisa corre los rincones.

Y tornan a ser nuevos los colores que corren, con el mar, ante mi vista, jugando, caprichosos, a mostrarse como el espejo magno de los cielos. Y el cielo, que dibuja en esos lienzos azules encendidos, coralinos y brillos con pinceles alevosos se quiere retratar en ese espejo. El reino de los viejos pescadores es un imperio bello que me inspira, llenando cada sueño, si es que duermo; acaso el cristalino, si es que miro. Y entonces es preciso que la pluma describa, en el cuaderno envejecido, la imagen del paisaje en una rima que pueda decir algo de estos mares:

 

El alba que despierta la mañana

bosteza, perezosa, donde el puerto,

callado, sabe triste ese desierto

de espuma que se agita soberana.

 

El brillo ve la llama que, lozana,

se ufana con el raro desconcierto,

y grita con valor, al aire muerto,

la voz de la gaviota más temprana.

 

El reino de los viejos pescadores

sospecha, en lo profundo, cada brillo,

cada color cuajado de hermosura.

 

El fondo desconoce los colores

que quiso, derrotando su castillo,

la espada que rasgó la noche oscura.

 

A veces hay belleza en esos mares que rugen con violencia cuando llegan los fuertes temporales del otoño, después de esos veranos siempre dulces. La brisa corre alegre cuando quiere, pues deja que los viejos, con sus lanchas, capturen a su gusto calamares, si quedan calamares en la zona. Las horas de la tarde también miran, allá en lo más lejano, los colores de botes que mecidos por las olas, disfrutan la aventura de la pesca. Pero es hermoso ver en los cantiles la furia de ese mar, cuando se agita y azota cada piedra con dureza, mostrando una dureza insuperable.

 

 

 

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez

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