La senda perdida

(Diario de un delirante)

Junio/julio.

1.

Exceso de cafeína y poesía, el espíritu desolado y los nervios alterados eran los efectos de tal exceso; las bocinas de los carros ya llegaban a mis oídos destemplados, y el sol se levantaba con tal ímpetu que les daba seguridad a los pocos transeúntes que ya andaban por la calle con sus maletines o costales donde empacan la vida.

Siempre tenía la costumbre de asomarme por la pequeña ventana y contemplar el mundo estático que se dibujaba frente a mí; pero frente a esa inmovible belleza que parece un cuadro de un viejo paisajista, resistía el vuelo de los pájaros, el viento que golpeaba las hojas de los árboles, la pretensiosa humanidad… Por un momento tuve la sensación de que alguien me estaba colocando frente a la ventana y me observaba irónicamente. Estuve intacto unos minutos como si me fundara en el mundo inmovible. Luego comprendí que tal inmovilidad era simple apariencia, después de observar a un hombre que llevaba a un bebé en sus brazos y más adelante a un viejo apoyándose en su bastón, la vida misma es el claro ejemplo de que todo fluye, hasta la misma concepción del ser inmóvil, perfecto, inmutable. El pensamiento estaba ahora invertido o siempre lo estuvo. Esas divagaciones filosóficas siempre han hecho que el hombre se pierda de lo más esencial de la vida, convirtiéndose en profanos que no saben lo que hacen ni dicen.

La historia ha estado atravesada por un sin número de guerras con causas sin sentido y en nombre de Seres que se arrepienten de lo que fue su creación más perfecta: el hombre. Lo más bello que ha creado la humanidad es un jardín del edén que se plasma en el papel, poesía disonante para el mundo discordante; eso y entre otras pocas cosas me gusta de la humanidad, de resto pura banalidad de lo que se supone su inteligencia, ¡qué va! Todos los animales estamos dotados de un instinto natural para sobrevivir a este mundo feroz que nos entrega tranquilidad apenas despunta los rayos del sol, y se vuelve pavoroso apenas este se va en el horizonte sin decir adiós. La guerra misma entre la vida y la muerte.

Estos y otros pensamientos más cotidianos me asaltaron en aquel día que le siguió a ese exceso de palabras y café oscuro. Después de pasar al comedor, encendí la radio que estaba sobre una mesa de al lado. Las noticias repetían la historia, la tragedia del hombre que está atravesada por la muerte y la desconsolación. Sólo muertes, heridos, bombas, desaparecidos, agresiones, insultos, llantos, odios, silencios, huelgas… Todo eso me llenaba de una profunda tristeza, me dejaba un nudo atado en la garganta y un dolor en el pecho que ninguna pasta podría calmar. ¡Ah, qué desconsuelo! El hombre más inteligente del mundo encontró la fórmula con la que pudieron hacer la bomba más atroz que el siglo XX pudo conocer, y no fue capaz de crear capsulas contra el dolor, contra la compasión; sería un mundo más deshumanizado, pero por lo menos no sentiría tanto dolor y remordimiento por sentirme impotente, por no poder parar las bombas que hoy estallan en medio oriente y mañana quién sabe en dónde, quizá a la vuelta de la casa o encima de la misma.

Pero es que además con el descubrimiento del átomo y manipularlo, no sólo se pudo crear una bomba capaz de arrasar con ciudades enteras, desfigurar cuerpos humanos, con alterar la genética, sino que le hizo un daño atroz a nuestras formas de vida; ahora cada uno de nosotros pertenece a un gran aparato que si dejamos de funcionar es mejor ser eliminados o encerrarnos en un manicomio, yo preferiría el primero de los casos, ya después de estar inservible para qué me van a torturar llenándome de pastillas antidepresivas y dañándome el cerebro con basura televisiva, publicitaria, o aún peor ir a perder la vida por pelear por la patria. Hoy en día el sueño del individuo se ha visto reducido por una necesidad innata para sobrevivir al mundo que cada vez se muestra más terrible, claro por causa de nosotros que nos empeñamos con acabar la vida que nos rodea. ¡En dónde han quedado las enseñanzas de Dios! A verdad, se me olvidaba otra vez: ¡Dios ha muerto! Dicen los poetas conocedores de las cosas de los dioses.

¡Bah! Que ideas tan tontas me rondan por la cabeza, Dios es simplemente una creación de la imaginación, algo bellísimo por supuesto y tenemos todo el derecho de reclamar poder jugar con esa facultad que hace al alma humana interesante; el problema no es esté, lo que realmente afecta estas imaginaciones no es imaginarlas, divagar por ellas, pintar el mundo a nuestra manera, sino que las tomemos como verdaderas, es como si el pintor sacara su obra del lienzo o como si el novelista intentara hacer creer al lector que los personajes existen. Y en nombre de este producto de la imaginación han muerto millones de personas inocentes, más devotas incluso que los que las ejecutaron.

No se debe olvidar el sentido de aquella hermosa frase en donde los poetas constataron la muerte de Dios, es una nausea que queda después de la embriaguez divina con el mundo, después de haberse lanzado al abismo de la nada –que se hace eterno, y por su eternidad tenemos espacios para sentir el vértigo, la náusea- y comprender que a lo que se lanzó no era sino a un profundo abismo que quién sabe en dónde parará… Y eso es nada más, la muerte de Dios representa una desilusión de lo que creíamos era su creación máxima, desilusión en donde cada hombre y mujer del mundo entero se incluye sin excepción alguna. Hasta el humano más “puro” ha pecado en algo, en la mentira, ha hecho creer a los demás en un ser que les dará la salvación, y si no es acá en la tierra, seguro que sí se la dará en la vida que nos espera después de la muerte… ¡Claro dentro de los gusanos, qué maravilla! Todos estamos condenados a ser alimento para bichos de cementerio, y eso que si tenemos el privilegio de ser enterrados porque algunos serán alimento para aves carroñeras, y otros más desgraciados todavía, serán tirados al río en pedacitos.

Suelo alterarme después del desayuno, cuando escucho las noticias, y después en la calle los vecinos sonríen y saludan con una alegría que me deja atónito; pero inmediatamente me doy cuenta que lo que sucede en el mundo es otro episodio más, una forma por la cual la muerte se manifiesta, claro que es terrible, como todas las manifestaciones de ella, sino que para algunos es horrorosa la idea de que ya el hombre es el que decide quien muere y cuándo, la potestad que tenía Dios sobre los hombres ahora la tiene el hombre sobre sí mismo.

 

Camino hacia el trabajo, me detuve frente a la capilla que había en la esquina de la casa en donde me alojaba. Hacía bastante tiempo vivía allí, con dos viejos que me alquilaban un pequeño apartamento que estaba al interior de la casa que era enorme, del tiempo de la colonización según me decían los viejos. Hacía bastante tiempo que vivía allí porque no soporté la idea de vivir con mi tía beata y mi abuela que ponía boleros, tangos y música popular todo el día en su radio, y quedaba poco espacio de silencio para ver como caía la tarde entre las montañas que es lo que suelo hacer en vez de rezar el rosario que ellas me obligaban hacer durante el ocaso; “si no rezas con nosotras es mejor que te vayas, no queremos que el diablo entre en esta casa”, me decían iracundas.

De aquella capilla salían voces que más que coros celestiales parecían gritos de auxilio que venían del infierno, y estaba afuera de ella un mendigo que ya era parte del decorado, representaba la viva imagen de la piedad que cada vez se tornaba más banal porque era el vivo ejemplo de la hipocresía que escondía esta palabra, se apiadaban de él sólo por ganarse el cielo, ¡como si Dios no conociera la conciencia de cada uno!

Al lado mío se paseaba una pareja que parecía recién casada, venían cogidos de la mano, con sus cabezas en alto, ambos con una mano contraria al otro libre, se hicieron la bendición, se inclinaron en la entrada y entraron en la capilla. Un hombre joven, quizá poco más que yo empezó a doblar las campanas, sonó tan fuerte que entró por mis oídos destemplados e hicieron que mis nervios débiles se estremecieran, inmediatamente incline mi cabeza, y sentí como mi rostro se contraía al escuchar con desagrado el doblar de las campanas. Me fui de prisa hacia el trabajo.

Había conseguido por suerte un puesto en la biblioteca pública como asistente del bibliotecario, un hombre flaco, encorvado, con una nariz que sobresalía de su rostro, sus ojos sobresaltados, parecía que siempre estaba en estado de éxtasis, y transmitía temor e intimidaba cuando miraba fijamente a los ojos; al principio fue difícil establecer una conversación normal con él, además de su aspecto y carácter, siempre he tenido un problema de timidez que a veces se vuelve desagradable para mí; pero cuando logré hablarle con más desmesura me di cuenta que era un hombre con un gran sentido de humanidad, siempre me escuchó atentamente y me corregía constantemente pero sin regañarme ni tampoco con abusar de su superioridad sobre mí por su conocimiento.

Allí siempre reinaba un silencio placentero, y lo que más me agradaba era que en el momento en que caía la tarde, el viejo bibliotecario me daba una buena taza de café y me dejaba subir a la terraza, él comprendía mi forma de rezar, la forma de conectarme con el creador era contemplar la misma creación; hasta que un día entendí que la creación es el mismo creador que se había puesto allí para ser contemplado, como cuando una mujer se entrega a su amante para que se tome el dulce néctar de sus encantos. Es como si la creación misma se entregase al hombre para que él la moldeara, jugara con ella en sus infinitas formas.

Con el viejo conocí la poesía, la literatura y un poco de filosofía; pero también aprendí que estas tres no estaban muy lejos de sí: la poesía es una transformación del mundo sonoro en palabras sonoras que abren la puerta al conocimiento de una época, y mucho más profundo a unos sentimientos en medio de la época que está toda ella permeada de guerra, desolación, silencio, dolor… pero en medio de la época está el poeta que ama, que desea, que extraña; la literatura además de tener un asombroso fondo poético ofrece una descripción más detallada de la época, y como ésta no se compone simplemente de sucesos casuales, también da un esbozo sobre las concepciones filosóficas. Ésta valiosa enseñanza se convirtió en el abismo profundo por mi manía de escribir.

Un día frío como los que suelen hacer en esta ciudad perdida en las montañas, se me acercó el bibliotecario, yo me encontraba en una mesa leyendo atentamente el diario escrito por un amante de lo extraño, es decir de lo horrible; el diario era de un personaje de ficción donde el autor, un italiano cuyo nombre ya he olvidado –me suele suceder eso, sólo me queda el recuerdo de lo que dicen-, también se incluye en la ficción dándole un toque de realidad al personaje inventado por él, cuando de repente una voz grave me sacó del terrible diario, más oscuro que la noche nublada y sin faroles. Alcé mi cabeza rápidamente esperando la orden del bibliotecario, tal vez debía acompañar algún nuevo visitante de los libros, o tal vez recoger los libros que habían dejado en la mesa, o hacer inventario, entre otras cosas que son parte de mi oficio; el viejo sonrió y se sentó en una silla que estaba al lado del escritorio donde me encontraba absorto.

Colocó sus largar manos sobre la mesa, montó su pie derecho sobre el izquierdo, se tiró hacia atrás un poco y sin ningún preámbulo empezó a recitar poesía. Nunca había visto a un hombre y menos a él que estaba como en un trance, como un músico que toca su guitarra olvidándose del mundo que lo observa. Recitando poesía, yo me perdía en la sonoridad de las palabras, la cadencia, cómo alzaba su voz en los versos más dolorosos, como si sintiese realmente tales sensaciones. Después de tal acto, el viejo me miró fijamente y soltó una carcajada que parecía más a la de un demente.

Cuando su risa se opacó me dijo que si quería acompañarle a su casa, tomar algo y sostener una conversación, me hizo una invitación como si fuéramos dos viejos amigos que estuvieron separados por largo tiempo y que ahora que se encuentran quieren pasar un rato grato con conversaciones que los hacen estallar de risa. Acepte la invitación del viejo; así pues que después de que cerramos la biblioteca nos dirigimos a su casa que no quedaba muy lejos de allí.

 

 

3.

Un mar de estrellas me acompañaban en la noche embriagante de sonidos, de palabras, de vino, de cigarrillo… Vi unos cuantos hombres de la noche que iban con sus costales al hombro, esculcando entre la basura que dejaban los burgueses en sus puertas; recordé que cuando era niño sentía un temor que parecía irremediable hacia la noche toda llena de misterios, pero ahora me agradaba, el frío me llenaba de un ímpetu aún más fuerte que el sol que nos baña en la mañana. Aquel misterio se había tarjado como las paredes de los edificios viejos.

Había caminado unas cuantas calles para ir hacia mi casa, el panorama ya cambiaba drásticamente y la neblina llenaba de un misterio aún más pavorosa que las noches en el campo, no sabía cuándo iría a salir el ladrón, el asesino, el loco. Empecé a caminar más de prisa y la embriaguez se tornaba en un vértigo del cual quería salir, pero no era por el vino, o las palabras, o la noche encantada; sabía que el sino era miedo por la realidad que me espantaba, ahora ya caminaba con las manos dentro de los bolsillos y con la cabeza gacha, sólo veía el pavimento que quedaba atrás con rapidez y unas cuantas ratas que se escondían en las alcantarillas al ver que yo venía.

A lo lejos podía ver la luces de los carros de la policía, eso me tranquilizaba un poco –pensaba que me ayudarían en caso de que alguien intentara atacarme-, pero así como veía esas luces que palpitaban a lo lejos, así mismo mi tranquilidad se esfumó, – ya estaba arrepentido de haber aceptado la invitación del viejo-; en el momento en que mi tranquilidad se esfumó, vi venir tres mujeres en unos altos tacones, reían estrepitosamente y me hacían recordar un cuento de terror que había leído, el cuento trataba de la venganza de un bufón hacia el rey que lo maltrataba… sus risas se parecían a esa risa del bufón que se vengaba del rey, ellas se vengaban de los borrachos, sudorosos, sucios, que el sólo hecho de verlos daban arcadas. Eran prostitutas, lo comprendí en el momento en que las vi a poca distancia de mí.

Mi curiosa inocencia me hizo que mirara a las tres mujeres que pasaban sin darse ni siquiera cuenta de que yo pasaba por ahí; excepto una que me clavo sus pecaminosos ojos en mí, y yo que creo que Jesucristo nos salvó del pretérito y futuro pecado me dejé llevar por él. Quedé paralizado al ver los encantos que Circe me ofrecía, quería convertirme en un cerdo como los amigos de Odiseo. Pero fui tan astuto como él, sabía que si quería por lo menos ver su cuerpo desnudo frente a mí, necesitaba unos cuantos billetes y eso no tenía, además cuando reflexiono sobre aquel cruce de miradas me doy cuenta que sólo fue un instante, y lo más seguro es que en el mismo instante en que una de las mujeres le agarro por el cuello y le obligaba tomar un licor que sacaba de su bolso, ella ya había olvidado aquella sombra que pasó por su lado; pero en cuanto a mí su rostro quedó impreso en mi memoria, tanto que cuando doy un paseo solitario, y voy a tomar algo a la cafetería que queda cerca de la casa, la busco como un niño que busca su madre que se pierde en el mercado.

Al día siguiente, desperté con las campanadas del medio día, era sábado y tenía el día libre. Suelo ir a jugar al ajedrez con un joven amigo que conocí hace bastante tiempo, un estudiante de filosofía, entusiasta, soñador, que siempre me habla del vitalismo y se la pasa encerrado cargando con el peso de sus libros muertos, tal vez su forma de defenderse del mundo es apilando ese montón de papel para hacer una muralla; sin embargo me agrada escucharlo y jugar con él.

La resaca se hacía insoportable, un intenso dolor de cabeza y mis labios estaban resecos, fui a la cocina a tomar un poco de agua, y tuve el recuerdo de la mujer que había visto en la noche.

La tarde la pasé solitario, no fui a ver a mi amigo, estuve contemplando algunas pinturas de un libro que había prestado en la biblioteca, no comprendía mucho del arte; sin embargo los miraba detenidamente porque sentía un placer casi como el de llevar el peso de la nostalgia al chupar un cigarrillo. Nunca son iguales, siempre escoges el día y la hora perfecta; nunca fui un fumador empedernido, nunca me habían gustado los extremos, pero desde aquel día después de la embriagante noche empecé a fumar como nunca. Las pinturas siempre me dicen algo distinto, aunque las repita una y otra vez, siempre se revela algo, como si el pintor eternizara sus sentimientos en el lienzo; los colores se van volviendo más oscuros cuando el sentimiento es más intenso, y cuando se opacan es cuando el sentimiento está muriendo, las imágenes ¡ni qué decir! Se salen del lienzo, gritan, lloran, odian, aman… La sorpresa es grande cada vez más.

Además puede que la pintura sea de épocas remotas, aparte de eternizar un momento de la historia, también retumba fuertemente como un avión de guerra, que deja aturdido aquel que la observa así haya pasado siglos; el tema de la guerra por ejemplo es algo que ha transcendido la historia. Con el simple hecho de nacer ya hay una guerra entre la vida y la muerte, el más fuerte siempre gana –la muerte-, pero la ingenuidad de la vida es la que nosotros admiramos, es como cuando en un país nace una guerrilla queriendo cambiar el sistema económico, político, social e incluso moral, todos están entusiasmados, pero cuando se logran los objetivos o se pierde el rumbo nos desencanta.

Esto ha pasado con los años recientes, los mosaicos de la época bizantina donde vanagloriaban al guerrero y era muy admirado por todos ha cambiado, ahora tenemos miedo de ellos, ahora ellos atentan contra los suyos. Desde la Gran Guerra que se dividió en dos periodos, antes de Hitler, del fascismo italiano, del comunismo, antes de la bomba atómica, de los dos bloques que dividieron a un país durante la guerra fría, antes de las dictaduras en América Latina, antes del Frente Nacional en éste país –una forma de dictadura bipartita-, etc. la humanidad veía a la guerra como una forma de defender su honor, su patria, su dignidad; pero todos estos valores y palabras que antes se enaltecían, después de la Gran Guerra los valores se desvalorizaron y las palabras hicieron eco de la muerte. Parece que la historia del hombre se encargó de destruir esos mosaicos, darle un tono más opaco, mutilarlos, la historia del hombre ha acabado con esas concepciones. Pero no sólo pasa en la pintura y para no extenderme demasiado en la historia, basta con mirar las dos grandes obras de Homero la visión del héroe cambia, en la primera de ellas se exalta al héroe, en la segunda el mismo héroe prefiere una vida sin gloria a toda una eternidad de ella.

Pasé la tarde observando las pinturas, había dejado de pensar en todo e incluso en la mujer que me obsesionaba, pero repentinamente el sonido del teléfono me sacó del olvido, no quise contestar, dejó de sonar y la guerra entre mis sentimientos y la razón volvió a usar mi cabeza como un campo de batalla. Me levanté, me serví una taza de café, encendí un cigarrillo y la radio. Sonaba un vallenato. Después de unos minutos –el cigarrillo ya iba en la mitad-, la voz del interlocutor interrumpió el repertorio para dar una noticia de última hora.

“Un joven cerca de los veinte años fue encontrado muerto en su habitación, después de que la dueña de la casa llamó a su puerta varias veces y preocupada porque no había visto al joven en todo el día, usó la llave que tenía en su poder para entrar a la pieza y lo encontró colgado del techo”. Decía el interlocutor con voz ronca y despacio, cambié la emisora y estaba sonando un bolero –dejé ese porque me recordaba a mi abuela- terminé el cigarrillo y lo aplasté en una cajita de madera pequeña que tenía, y la usaba a veces como cenicero y otras veces como un pequeño basurero donde echaba la punta del lápiz o el empaque de los confites.

Fue la primera vez en que vi el atardecer con el ruido del radio y me agradó, “tal vez sea parte también por mi nueva forma de ser después de esa noche de embriaguez”, pensé después de que el sol ya no se veía más y algunos faroles ya estaban encendidos.

5.

Cuando desperté, un sonido de instrumentos que parecían estar destemplados me asaltaron, quedé aturdido tras escuchar ese estruendo que provenía del parque de al lado, creo que aún no estaba preparado para despertar pero el destemplado sonido fue el que me sacó del sueño. Me senté al borde de la cama y me restregué los ojos con las palmas de mis manos, luego fui a la ducha, y pasé al comedor. Aquel día no encendí la radio, los domingos no daban noticias serias, aunque si era de una importancia suprema sí.

Comí escuchando aquel extraño concierto, me senté en la ventana, encendí un cigarrillo y esperé a que acabara, después de los conciertos que se ofrecían cada ocho días en el parque, solía salir un rato, sentarme en una banca o debajo de un árbol y ver cómo jugaban los niños, a los futuros amores, a los viejos que esperan la muerte amargamente, y cuando de vez en cuando se hacían círculos de comerciantes en una esquina del parque iba porque sabía que estaban jugando al ajedrez, o al parqués. Me entretenía un buen rato, luego regresaba a la casa y me sentaba a leer, fumar, tomar una buena taza de chocolate y esperar a que la tarde cayera frente a mis ojos, y yo solitario sin ningún pensamiento que me perturbara esperaba pacientemente el sueño que es como una réplica de la muerte.

Era una vida ascética la que llevaba, pero aquel ascetismo me encantaba porque así podía exprimir los encantos del mundo, disfrutar del paso lento de la vida. Mi amigo el filósofo siempre criticaba mi forma de vida, pero yo me preguntaba ¿acaso este idiota no se da cuenta que su vida transcurre entre la vida ajena de poetas y filósofos en una resaca permanente? Al parecer no, yo por lo menos disfrutaba de lo que es la vida cotidiana, la simplicidad de la vida. Entre lunes y viernes despertaba a las cinco y media de la mañana, me asomaba por la ventanita de la cocina que daba al patio de la casa de los viejos, él siempre vestido con un saco y un pantalón bien lizo, su bigote bien peinado, ella llevaba un delantal todo el día; a esa hora de la mañana ella estaba asando las arepas en la parrilla y él amasando la masa con las mangas del saco recogidos hasta los codos.

En el patio veía siempre a dos gatos echados sobre la maleza y a un gallo sobre el tejado de la casa de enseguida, en el fondo como un telón de una obra de teatro la iglesia que entonaba sus campanas a las siete de la mañana, el parque que estaba desolado a esa hora de la mañana, y unos cuantos transeúntes que iban con sus cabeza bien altas cargando sus maletas de trabajo o su vida, y a otros esculcando en la basura con un enorme costal en la espalda; estos últimos ya pertenecen a la población, ya no perturban la cotidianidad, ya se pueden ver a los ojos sin ningún estupor. Luego en el desayuno me altero al oír las noticias, y más tarde me lanzó al abismo.  Para ser sincero la vida aburrida que mi amigo siempre criticaba estaba llena de más emoción que la suya entre montañas de papel, y él era tan frágil como ellas.

Después de que acabó el concierto fui al parque; ese día estaba tan desolado como mi espíritu y sentí un vértigo que me dio ganas de regresar a casa, naufragar en ese mar de pinturas que había en el libro y así poder llenar este espíritu solitario, ahogarme en un mar de colores, o fundirme con el mundo en una embriaguez renovadora.

6.

El día estaba muriendo y con él mi espíritu se fundía con el canto de los grillos y de los renacuajos, en la oscuridad de la noche que a veces parece ser eterna por la esperanza que aguarda el despuntar del sol, pareciera como si quisiéramos alcanzar algo y nuestros brazos son muy cortos para llegar a aquello que anhelamos. La noche, toda ella con sus misterios y temores, se compone de una música –negadora de la hermosa y terrible palabra-, que en un principio está llena de placer pero cuando la luna está bien alta y se escucha el sonido de los tacones de alguna mujer, o chillidos de algún perro que ha sido golpeado por un borracho, o el grito de un auxilio, o el sonido de la sirena a lo lejos, el clímax de aquella sinfonía se convierte en algo pavoroso, pero todo se calma cuando el nuevo canto o la alegría se despierta en el corazón del mundo, en ese preciso momento en que ya no queda esperanza alguna y doy un bostezo, la sinfonía suena más blandamente y triunfa de nuevo la palabra.

El espíritu humano es parte de aquella misteriosa naturaleza, siempre va errante por el mundo, aunque algunos no se dan cuenta de ello,  aun viviendo en una cotidianidad que le arrebata violentamente la esencia a la vida, va fluyendo velozmente en la aparente inmovilidad del mundo. Al despertar podemos estar llenos de una fuerza capaz de destruir todo, pero a medida que el tiempo pasa y el sol se esconde y la noche llega como un amante para cubrir el cuerpo del mundo, para susurrar los secretos indescifrables para nosotros los humanos que contemplamos el espectáculo; se nos acaba la fuerza y queremos perecer.

Con miedo nos enfrentamos a la verdad revelada por la noche, por ese misterioso amante que revuelca las sensaciones que nunca se sintieron, inventamos miles de formas, miles de posibilidades para encarar el mundo y así no morir sin esforzarnos un poco y dotar a la vida de un sentido que permita permanecer. Por supuesto que esta tendencia es natural, supongo que como el animal que lucha tras estar atrapado en las garras de un depredador, el hombre inventa miles de formas para salvarse de este depredador; pero por supuesto y no niego –sería una falta de juicio- nos hemos convertido en los depredadores, hemos comprendido que en masa y no como individuos podemos luchar contra el mundo que nos devora. Somos como las hormigas, entre todos somos más fuertes que algo más grande y podemos cargar un peso mayor al de nuestro tamaño. –Basta pensar en las formas de mala consciencia. Eso sí que es un peso bastante mayor.

Las formas de vida han cambiado bastante desde que la humanidad llego a la era atómica, ahora como un impulso vital todos contribuimos a la supervivencia de la especie, ya no somos tratados como seres distintos unos de otros, sino que funcionamos como parte de una gran máquina para perseverar, para resistir como las hormigas al mundo hostil, el problema es que esta metáfora de las hormigas se ha convertido en una realidad, ¡se nos ha olvidado la mentira que se esconde detrás de esta forma de vida!, y actuamos como hormigas, sin hacer otra cosa distinta a lo que nos dice la reina; sin embargo no se puede negar esta tendencia, el extremo es el que siempre negaré, –aunque los designios del destino me han hecho comportarme de una forma distinta-; tampoco negar la condición ociosa que a veces raya con la fantasía que es natural en el ser humano –mecanismo de defensa-; es decir, en ese momento en que cada ser humano se encuentra a solas, en el sueño o en la creación de una obra de arte, se encuentra desnudo frente a sí y nadie lo reprocha.

En tal mecanismo de defensa se encuentra Dios como múltiples formas a las que acudimos para permanecer casi intactos, permanecer en la aparente pero bella inmovilidad que se dibuja frente a mi ventana. Pero al darme cuenta que es sólo una manera de poner en el fondo del abismo un telón que me hace soportable la vida, sale una mano que rompiendo aquel telón me invita a ir averiguar qué es lo que hay detrás de allí. Dios y la hermosa apariencia quedan en un estado moribundo: ¡Dios ha muerto! Dicen los poetas. Y con él toda la belleza.

Pero tras la muerte de Dios, y tras lanzarme al abismo desconocido, la embriagante realidad con la que me encuentro me hace crear una forma nueva y en medio de la náusea que deja tal embriaguez, la prostituta de la que había caído presa mi pasión se convertía en el sol naciente, en el anhelo que estaba buscando en medio de la sinfonía de medianoche que se hacía horrorosa.

El sol ya se levantaba con gran ímpetu, y los pasos de los hombres se escuchaban con gran fuerza, el canto de los pájaros anunciaban la alegría de las palabras. La luz del sol inundaba la pieza, y yo que no había podido dormir aquella noche, estaba apenas conciliando el sueño, convenciéndome de que lo que vivía en la noche oscura era mera fantasía y no valía la pena seguir pensando en ella, como no vale la pena convencer a un ateo de la existencia de Dios cuando sus argumentos se fundamentan en la experiencia, o más aún como cuando muere la esperanza de que la muerte de alguien que se ama es una pesadilla.

Me vi obligado a levantarme para ir al trabajo, tomé una buena taza de café, fui a la ducha, después pasé al comedor, encendí la radio, lo mismo… ¡La infinitud del abismo… desilusión!

Apenas me estaba formando una nueva idea de la humanidad y de la vida, y ya sentía que se me venía encima, no lograba parir las primeras líneas y ya desistía. No resistía al ver tal horror; me llenaba un temor que hacía que agachara la cabeza y empezara a matar las hormigas que caminaban sobre la mesa mientras metía el pan en el café. Ver el mundo inmovible, estático me llenaba de estupor, siendo hijo de este tiempo donde todo va tan rápido, donde la vida se exprime al máximo saboreando amargamente a la muerte. Ya sentía náuseas del nuevo velo que se tendía frente a mí y quería rasgarlo y embriagarme de nuevo. Vivir en una noche infinita.

7.

La música infernal de la iglesia ya no me parecían gritos de auxilio; a pesar de que seguía siendo una música infernal, era como si la cantase una hermosa divinidad, como si por temor de Dios la hubiese condenado al desprecio por toda la eternidad, y yo que siempre he pensado que el desamparo es sólo para los hombres, como si purgásemos una condena, un castigo por algún crimen del cual nunca nos hemos sentido culpables. -¡Mundo de infelices! La cólera de los dioses se ensaña contra ellos mismo por temor a no ser adorados. ¿Qué podemos esperar para nosotros los humanos? -; crimen que aún se festeja, cuando se celebra alguna festividad la cual implica años de asesinato, desollamiento, torturas… como aquella letanía que entonan los católicos, con sus ojos extáticos, sus manos extendidas como si esperaran una limosna, y la voz del sacerdote que se extiende por el salón lleno de misterios.

La divinidad igual que la hermosa criatura que duerme en su cama, está abandonada, arrojada, esperando que los otros velen por ella, sufran por ella, y no la desamparen porque inspira las más puras sensaciones, como si se estuviese en medio de la noche en la ciudad dormida, respirando desolación y silencio; sólo a unos pocos que no se compadecen de su miseria, -igual a la de todos-, no le importa aquella imagen que obliga a compadecernos, y de su mente se borra inmediatamente aquella imagen.

La gente de la iglesia inspira compasión, y no por su alma –ellos piensan que ya está salvada-, sino por la miserable vida que llevan, cargando con un peso aun mayor de lo que pueden soportar, y se quedan inmóviles porque sus piernas tambalean, como si el cuerpo estuviera enfermo. No se dan cuenta de ello, sino cuando sus ojos ya tienen un brillo que los delata, cuando el tiempo les arrebata toda su belleza, cuando se vuelven tristes, y se dan cuenta que lo más eterno ha sido saqueado por los filósofos, y la historia, o más bien la trágica historia de la humanidad le demuestra que vamos al olvido, que sólo somos rocas que bajan por el río, algunas más grandes que otras, pero al final sólo sirven para saltar a la otra orilla…

El mundo sigue a pesar de que los dioses estén dormidos, a pesar de que la miseria del mendigo, del anciano, del abandonado pase por el lado.

Estaba desamparado, tanto por el sueño que no había tocado mis parpados aquella noche, como por la sensación de sosiego, mi espíritu no anhelaba nada; estaba destruido, andando con mis cenizas en las manos… buscándome, buscándote… y no me encontraba en esta ciudad de los espejos, cada rostro angustiado no hacía sino revelar la desazón de éste ruido caótico. Ruido que me sacó de mi ensoñación, cuando un hombre ciego, con voz suplicante, pedía ayuda, y las personas que pasaban –más ciegos aún- tropezaban con él, y apenas y volteaban la cabeza para mirar qué los había sacado de su cotidianidad. Me detuve para ayudarlo, lo que hizo retardarme para ir al trabajo. Aquello poco o nada me importó, al fin y al cabo había decidido en un instante abandonar esta ciudad, y llegar tarde al trabajo sería una buena excusa para renunciar sin decir una palabra.

Pero ese día las palabras sobraron; el viejo había muerto a la madrugada de un infarto, y yo ese mismo día salté por la ventana del edificio donde estaba la biblioteca… (Sueños)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Compartir esto
Cargar más publicaciones relacionadas
  • Cuento / Microrrelato Revista número XVII

    La senda perdida

    (Diario de un delirante) Junio/julio. 1. Exceso de cafeína y poesía, el espíritu desolado y los nervios alterados eran los efectos ...
  • Poesía Revista número XVII

    Piezas condenadas

    1. Profanar lo más sagrado de la vida, escuchar el trino de los pájaros al amanecer, observar el sol dar un ...
Cargar más publicaciones de Mateo
Cargar más en Cuento / Microrrelato

Dejar una respuesta

Tu correo electrónico no será publicado. Los campos obligatorios están marcados *

Puede interesarte...

Piezas condenadas

1. Profanar lo más sagrado de la vida, ...

Buscador

Ediciones de Revistas