Un día cualquiera

Lo más parecido al hoy es el día precedente, son los días que vendrán…

Cuarenta y dos grados centígrados y treinta metros bajo tierra, impone el compresor una atmósfera caldosa y flotante, el cobalto es un olor y azulada su marca al recorrer mi carne. Una gota cae, luego el silencio escuálido mientras otra gota se forma, ocasionalmente interrumpido por el sonido destructor de martillos epilépticos. La noche es siempre inmutable, sólo vencida por la débil llama de una farola: así son todos los túneles y corredores, de cada planta, en cada nivel.

De repente, seres tiznados responden a una sirena nerviosa; en riguroso y cabizbajo mutis avanzan entonces hacia la luz.

Polígono industrial de las Tres Cruces, kilómetro 29 de la carretera a Ninguna Parte… ha terminado la jornada y cargo mis herramientas. Salgo después de la mina.

Extraño en todas partes, lleno de secretos que quisieran ser revelaciones.

Cada tarde acudo a un parque de la ciudad, luego me siento en un banco, después voy a una tienda de discos y finalmente me tomo algo en un bar. En todos esos lugares, invariablemente, observo sus caras gesticulantes, espío con placer sus cruzadas conversaciones. Uno exclama, otros escuchan sus palabras, aquel responde, entonces alguien que llega asiente, sonríe y toca. Cada tarde paso silencioso entre vosotros, curvado mi espinazo por la carga excesiva de mis adentros. ¡Desearía poder deciros!… si pudiera, gritaría con la misma fuerza con la que normalmente callo.

Ya de noche, desanimado por mi cobardía, furioso con mi naturaleza, subo las escaleras y tuerzo hacia la izquierda hasta precipitarme en casa…

…Primero B, Número 14 de la calle Melancolía.

Cuando los objetos sustituyen a los recuerdos, que suplantan a las personas.

Vivo en una casa pequeña, aunque a mí me parezca gigante. Una casa de materiales maleables, como las emociones, construida sobre las vicisitudes de sus ocupantes. Podría decir que me sobran la mitad de los espacios: en unos cuartos mi progresivo envejecer, en los otros las ausencias. En cada habitación, nacidas desde proyecciones de amadas fotografías han ido creciendo las sombras, que habitan los rincones y se acuestan cada noche bajo mi cama. Es, por tanto, una casa llena de mí, de mis tristezas, llena, además, de soledad, llena -aunque parezca contradictorio- de vacío… la nada, que todo lo llena.

Desde un balcón de la calle Melancolía se oye un grito en la noche; una voz, que es la mía, buscando la tuya… quien quiera que tú seas.

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