Big Crunch

En máxima separación unas de otras sus partículas, cubre el Universo una distancia insondable. Negra y silente la nueva noche, se diría que triste, ¿vacía?… Ha muerto el último hombre.

Contagiadas, dos voces antagónicas discuten por el dolor del mundo.

-Mefisto (afectado): Te advertí que era un juego equivocado. Nunca debiste haber hecho caducos a los hombres. ¡Han sufrido tanto!

-Brahma (con cierta distancia): ¿Tanto?, no lo creo, era mucho lo prometido a cambio.

-Mefisto: ¡Pero era un falso espejismo! Siendo mortales les diste esperanzas de eternidad, algo que sabes perfectamente escapa a nuestro poder.

-Brahma: ¿Dirás que era mejor contarles la verdad?… ¿Han sido más dichosos esos a los que hiciste descreídos, nihilistas, ateos, suicidas… todos aquellos a los que te llevaste antes de tiempo?

-Mefisto: He soportado la carga de sus desasosiegos, créeme si te digo que preferían la muerte antes que el tiempo.

-Brahma: Diría que exageras. Y no me parece que sea insensible a tus comentarios.

-Mefisto: El odio que sientes hacia tu eternidad no justifica la saña con la que los hiciste a ellos mortales. Nunca debiste inventar la medida.

-Brahma: Yo desearía morir, únicamente les he obsequiado con lo que más ambiciono…

-Mefisto (interrumpiéndole): …Y como lo deseas pero te resulta inaccesible, tu envidia hace que sus vidas sean dolorosamente deletéreas… por favor, no sigas justificándote.

-Brahma: Sabes que no conseguirás hacerme sentir culpable… además, ya todo se haya consumado.

-Mefisto: Lo sé. Hoy tuve que acompañar al último hombre. Nadie más había para velarle. Incluso te llevaste a su mujer unos años atrás.

-Brahma: Veo que vuelves al viejo reproche. No considero tan grave hacer que los enamorados desaparezcan en distinto momento.

-Mefisto: Tal vez lo veas así porque el corazón que decidiste detener hoy no estaba en tu pecho.

-Brahma: ¡Vamos, no empieces otra vez con sensiblerías! Has pasado demasiado tiempo entre los hombres…

-Mefisto: …Sí, demasiado, todo… noventa y cuatro siglos, tres décadas y dos años. Gasté íntegro mi tiempo con éste, el último hombre. He podido comprobar cómo se deterioraba su carne, cómo sus huesos se doblaban

dolorosamente. He estado allí, desde sus primeros balbuceos hasta el cáncer y los gritos. También presente en sus remordimientos de viejo, en las nostalgias, rondando su soledad… sí, he pasado demasiado tiempo entre los hombres.

-Brahma (irónico): Desde luego pareces afectado, nunca te había visto así. Conseguirás que me conmueva.

-Mefisto: Ojalá así fuera… ésa es una de mis pretensiones. De hecho, estoy aquí para solicitar algo. No quisiera que hoy, y así, fuera el final de los días.

-Brahma: Puede que atienda tus peticiones, al fin y al cabo la eternidad es terriblemente aburrida, especialmente ahora que todo está tan tranquilo… Habla.

-Mefisto: Te pido este mundo que termina, dame su tiempo acabado y tu venia.

Tras una pausa y cierta duda. -Brahma: Que así sea.

-Mefisto: Observa…

Implosión.

El Universo se comprime. Agitada, la gravitación se reordena. Inexplicable la dulce muerte del tiempo: el futuro se convierte en ayer.

El último hombre, también los anteriores, nace muerto, anciano y ajado. La cronología se hace negativa, marcha el reloj al revés.

Un simple lapso y ya una arruga menos. Avanza entonces la estación y la carne se desllaga. Envejece así hacia la juventud, la memoria se reinvierte hasta darse de bruces con segundas oportunidades, retroceden los años y el olvido avanza.

Ahora es sólo un bebé, ajeno e inocente. Su larga vida se escapa, ha muerto una biografía.

Ya puede nacer en paz.

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