Soledades egocéntricas

La historia que, a continuación, escribo no es mía. Lo que voy a contar no me ha sucedido a mí sino a personas de verdad. En realidad no es una historia simple la que voy a transcribir, contiene varias y, quizá, no sean cierta ninguna de ellas; puede que sean producto de mi imaginación, sobrealimentada por mi tiempo en exceso vacío.

Es innecesario presentarme. Ya digo que yo no soy lo importante. Baste apuntar que dejo girar las manillas del reloj, recostado en un diván sordo, entre cuatro paredes protectoras que me aíslan de la vida. No obstante, creo que el hecho comprobado de que por mis venas y por mi cabeza fluyan sangre e ideas – respectivamente y no- me otorga el derecho a denominar vida lo que yo gasto. Aunque, a veces, lo dude. De lo que estoy seguro es de mi necesidad de profanar las existencias ajenas para desarrollar la mía propia, como si fuese un parásito. Después de todo, me parece que es una relación simbiótica ésta que yo establezco con el resto de la humanidad. Ellos me procuran oxígeno con las vivencias suyas que les robo y yo les evito conocerme. Acaso ni siquiera sea así y el beneficio que se pudiera obtener de mí, al esconderme, sólo consista en una anhelada pretensión mía de funcionalidad. Acaso no sea más que ese parásito del que les hablaba, incapaz de pagar su cuota en aquella relación extrañamente recíproca.

Vivo en un pequeño inmueble alquilado, a las afueras de una ciudad gigante, de esas que te zampan con su imparable mecanismo de sociables locos. Debido a mis atentas observaciones a través de la única ventana que tengo y gracias al eficaz oído que poseo, conozco que este barrio es desmesuradamente humilde: violencia desesperada a cada instante, niños sucios también violentos y con cara de viejos astutos, conversaciones repletas de faltas de ortografía, vestimentas austeras salidas de época, ancianos sin dientes. La única belleza encontrada aquí pertenece a los coches lujosos de proxenetas y traficantes, de rato en rato aparecida con aires de dictadura.

Elegí esta morada mía para castigarme. Mi casa es fea y fría, vieja y húmeda. Asentada en un lugar, ya digo, de miseria. No me gustó nunca un lugar así. Por ello fue mi elección. Detesto las calamidades que esta gente padece y les detesto a ellos, como si de ellos dependiese sufrir penurias o no. Hubo un día en que supe que necesitaba aislarme de todo y, pensé, que en un sitio como éste, las tentaciones de un simple paseo por la calle estaban prácticamente erradicadas, con lo que mi retiro sería total y mi objetivo sobradamente cumplido.

En la actualidad, con los años en este sitio, algo he cambiado. Aunque sigo atrincherado en este lúgubre sótano, el odio que sentía por mis vecinos se ha transfigurado en respeto compasivo, pasivo…; además hoy descarto la más nimia necesidad de salir de mi destierro; sea cual sea el territorio donde me encuentre, mis cadenas son más íntimas y nada tienen que ver con una fuerza exterior que me obligue a permanecer a la sombra. No existe paraíso con atracciones lo suficientemente motivadoras para que me desate. Estoy castigado a no moverme según mi decisión -no por terceros- y eso, es lo que hace más eficaz y más resignada mi huida del mundo.

En el segundo izquierda habita la señora Justa, de unos sesenta y tantos. Se quedó viuda el invierno pasado. Sale muy poco a la calle desde que perdió a su marido. Sé de ella por sus continuos soliloquios, cuya casi plena integridad es transmitida a través de las endebles paredes indiscretas que separan su casa de la mía. Añora, de modo enfermizo, a su difunto esposo. Se pasa las horas -los días- frente a un retrato de él, estableciendo un tarado monólogo. Le reprocha el haberse marchado para abandonarla a otra suerte indefinida y le repite hasta el empacho lo mucho que le quiere, tanto o más que en vida.

Tuve una semana en que no alcazaba a oírla. Me asaltó un temor indescriptible. Temí que la señora Justa hubiera muerto de soledad. Más que por su muerte en sí, por un egoísmo morboso en mí: palidecí al pensar que sus charlas sin sentido hubieran acabado y todo lo que me entretenían. Por fortuna volvió. Tras una semana de silencio enlutado, regresaron las quejas y declaraciones de amor intercaladas. Supe que con sus reproches, me olvidaba de los míos. La viuda había logrado transformar su morriña en un arte, en el sentido de su existencia, en la única razón para malgastar uno y otro día en este horrendo lugar.

La señora Justa debía amar mucho a su marido. También considero que una parte de su tristeza de ahora es la cruda consciencia de una soledad sin marcha atrás. Siente que su pecho se agujerea a velocidades de vértigo. Presiente un vacío inmensurable que la empuja al hastío final. Echa de menos las palizas de su “querido” esposo. También los hematomas que tatuaba en sus carnes flojas ya. Y hasta el dolor que él le grababa en el alma al insultarla.

No tuvo hijos. Cuando tenía 19 años sufrió una infección devastadora que la dejó estéril. Siempre ha soñado con la sensación de gestar y resguardar en su vientre a una criatura. Millares de noches ha adornado la oscuridad con suaves caricias maternas correspondidas con balbuceos postnatales, traducidos por un “mamá” tan anhelado. Incluso yo la he escuchado describir, entre sueños, este paisaje onírico.

Mató a su marido. La metieron en la cárcel tres meses en espera de un juicio que reconociera la legítima defensa. Él intentó asfixiarla. Ella se retorcía en un intento desesperado por retirar sus manos alrededor de su cuello. En algún momento, de un origen desconocido, surgió de ella una colosal fuerza cargada de sed de justicia, hambrienta de venganza y rabia. Consiguió deshacer las zarpas babosas de su enemigo y golpeó su mollera cuadrada con un jarrón de cristal que, hasta entonces, había sido muy frágil, como su cuerpo de mujer maltratada.

Hoy oí de nuevo invocar a su marido a la señora Justa, reclamarle su amor – aunque nunca existiese en realidad- con nostalgia. También la oí cantar. “Historia de un amor”. Supongo que a su manera y con sus fantasmas ha logrado ser feliz. Quizá yo también lo consiga. Aunque sea con una felicidad imperfecta, de esas que tanto abundan entre mis imprescindibles vecinos.

Compartir esto
  • Poesía Revista nº XXIV

    Alumbramiento

    Sobre un mar de soledad y desamparo, sin olas ni recuerdos, antes que las primeras deidades conocidas habitaran un cosmos aún ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    Adolescencia

    Anhelo de mil labios en mi estepa entornada, mi páramo estéril de sangre frustrada; y cuanta vida hubo, pétalo de feroz ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    Rosales

    Se agitan los prados en la deshojada corona de nuestro antiguo rosal.   Y tu frente adamascada aglutina el infinito punto ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    Mátame

    Por eso mátame ahora, mátame entera, sin piedad, sin pena, porque prefiero morir, desangrar lo que fui, sacrificar lo que soy, ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    ¡Ya estás grande Maura!

      ¡Ya estás grande Maura! Ya tus pechos no son nuevos, y tu mirada de inocencia, no tiene casi nada. Tus ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    Llorarle a las flores muertas

    Tengo la vida en pausa, ¿por qué no puedo gritar? Estoy tras una mampara de cristal agitando mis puños en gestos ...
Cargar más publicaciones relacionadas
Cargar más publicaciones de Lucía
Cargar más en Cuento / Microrrelato

Dejar una respuesta

Tu correo electrónico no será publicado. Los campos obligatorios están marcados *

Puede interesarte...

De cómo el ejercicio nos moldea, no sólo el cuerpo

Ya en las antiguas Grecia y Roma se ...

Buscador

Ediciones de Revistas