Juglar

Temen las gentes honradas
a quien, cruzando la vega,
desde las regiones llega
de naciones apartadas.
Y las ventanas cerradas
suelen abrir los curiosos,
que, no en vano, temerosos,
amigos de murmurar,
por el camino, al juglar
miran llegar, recelosos.

Y, no en vano, muy prudentes
los pueblerinos lo miran,
y parece que suspiran,
con aires condescendientes.
Y, porque son buenas gentes,
será bien un donativo,
porque suele pensativo
adivinar su mirar,
por el camino, el juglar
que avanza con gesto altivo.

Y, viéndolo ya en la villa,
donde llega sin tardanza,
lo miran con desconfianza,
aunque son gente sencilla.
Y bajo el sol, cuando brilla,
comienza su recitado
ante el pueblo emocionado
al que le gusta escuchar
los cantares del juglar,
si es que es su verso hechizado.

Que, si es hombre de cordura,
no halagará su honradez
pobre saberse, a la vez
que el orgullo se apresura.
Pues, siendo extraña figura
la del triste caminante,
verso al aire siempre errante,
nunca lo quieren nombrar,
cuando se parte el juglar
a la región más distante.

Y, pues al fin veis que llega
a este rincón como amigo,
os tomará por testigo,
gentes de toda la vega.
Que quien bebe en la bodega
y quien calmado camina,
este relato adivina
que ya viene a relatar,
con sumo gusto, el juglar
que ya su garganta afina.

Y me llena de contento
verme en buena compañía,
que en la tarde muere el día
y es de cantar el momento.
¿Porque acaso no es el viento
el que canta en la vereda,
más allá de la alameda,
si se le puede escuchar?
Pues también canta un juglar,
si su canto no se enreda.

Sabed que mis narraciones
parte son del buen oficio,
que no ha de cantar por vicio
quien recorre mil naciones.
Alegrar los corazones
quiere, siendo menos grave,
quien estas estrofas sabe,
pues os quiere deleitar
con su trabajo el juglar
que luce su voz más suave.

Y, pues cantar es quehacer
que ve el corazón henchido,
va mi cantar encendido,
pues os ha de entretener.
Porque será menester
contar de tiempos pasados
los amores novelados,
cuando, faltos de pesar,
os los explicará un juglar,
si es que estáis interesados.

Que, llegado ese momento
de conjugar fantasía
al placer y a la alegría,
se adereza ya el evento.
Y vuela ya el pensamiento,
por cantar una balada,
al lugar de la alborada
o al cielo crepuscular
que cantando ve al juglar
a la gente más honrada.

Por eso atención os pido,
que, demostrando paciencia,
quiere la sabia prudencia
el silencio concedido.
Yo os diré lo acontecido
en lugares alejados,
que de amores hechizados
y de embrujos ha de hablar,
si queréis, este juglar,
en versos tan bien hilados.

Que hablar de un tiempo lejano,
en un hermoso castillo,
donde el cielo es puro brillo
podré desde bien temprano.
Y hablar de un gran soberano
que, en su alcoba, al ver el día,
quiso saber si dormía
la infantina más dichosa,
puede acaso, perezosa,
describir la boca mía.

Y el romance del soldado
que vigila algún baluarte
para decir en qué parte
vio al enemigo malvado.
Comentar el altercado
del duque, el comendador,
el joven batallador
que tuvo tantos reveses
con sus primos los marqueses
y su padre, su señor.

Y hablar del rey que, dolido,
falto de su gallardía,
se mostró a la luz del día
mancillado, incomprendido.
Y, sabiéndolo abatido,
alabar al caballero,
que al rey escuchó primero,
pues siempre es de cortesía,
para rendir pleitesía
y ofrecer su duro acero.

O hablar del aventurero
cuando en su bella alazana,
como suele, de mañana,
recorre el largo sendero.
Contar cosas del arquero
que vigila cada almena,
cuando, tras la luna llena,
llega el alba cristalina
y la montaña ilumina
y en la calma se serena.

Que en caso más peligroso
mostrará siempre valor,
y no faltará al favor
que le pide un rey juicioso.
Porque la fuerza del oso
no apagará las pasiones
de quien lucha con dragones,
al crepúsculo mezquino,
si es que estorban el camino,
o tal vez con mil legiones.

Que siente el alma temores,
si no son hondos placeres,
porque los dulces quereres
son los más altos favores.
Pero ya los ruiseñores,
avisando su castigo
decir saben enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.

Y el espíritu que adora
de una dama la mirada,
si la sueña alborotada,
la confunde con la aurora.
Y, al dañarse sin demora
quienes recogen su trigo,
decir quieren enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.

Y, al nacer con la mañana
de la brisa el tierno aliento,
gime el murmullo del viento
que mira la luz temprana.
Pues, viendo en la vega llana
al que de amor es testigo,
saben decir enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.

Todas estas y otras cosas
os he de contar, amigos,
si es que queréis ser testigos
de mil historias curiosas.
Y veréis que son gozosas,
como os las he de contar
pues que sabe relatar
mil extrañas emociones
en sus raras narraciones
a su público el juglar.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

Compartir esto
Cargar más publicaciones relacionadas
Cargar más publicaciones de José Ramón Muñiz Álvarez
Cargar más en Poesía

Dejar una respuesta

Tu correo electrónico no será publicado. Los campos obligatorios están marcados *

Puede interesarte...

LA ESPADA QUE RASGÓ LA NOCHE OSCURA

  Quien siente los colores del paisaje como ...

Buscador

Ediciones de Revistas