El erotismo de una postguerra fluída

Aquella iba a ser la noche. La marea, segura en su mecedora y, sin embargo, como dudando, así lo anunciaba. El aire y sus millares de fragancias, combinación improbable de temperaturas, también lo sabían.

Faltaban escasas horas para presenciar el fenómeno del siglo. Por eso, algunos habitantes de la pequeña aldea pesquera que me revolotea en la imaginación esperaban expectantes en las barandas del puerto. Nadie conocía con exactitud lo que allí estaba a punto de acontecer. Tan sólo los más afortunados habían tenido ocasión de escuchar, sobre el tema, los relatos apasionados de viejos marineros ahora ya muertos. Y es que el suceso ansiado se producía una vez –no más- cada siglo.

En casi la totalidad de las revistas científicas, se admiraba en los últimos días y primeras páginas, una portada azul marino. Explicaban, entres sus complejas líneas, el fenómeno físico que estudiosos preveían, según complicadas fórmulas matemáticas, cada cien años. Su fundamento racional se basaba en la confluencia de aguas oceánicas de distinto origen y entropía. El resultado era un aumento exponencial de la velocidad de las moléculas de agua, en su movimiento circular, con lo que el mar hacía gala de una violencia giratoria excepcional.

En la memoria de un puñado de marineros ya naufragados de cualquier generación viva, espectadores directos del último enfado del océano (hacía un centenar de aniversarios), persistía otro porqué. Creían que aquel suceso natural periódico no era sino una batalla cruel entre dos seres de agua que, al parecer, se odiaban a muerte desde el boceto de cualquier era.

El sol caía. En realidad, se escondía. De súbito, un rugido ensordecedor (salvaje en su contenido, indomable en su forma) provocó la constricción de los escasos presentes.

En la lejanía del estruendo derecho empezó a divisarse una niebla espesísima. Pareciese que brotara de las profundidades del océano. Éste, sin embargo, se exhibía sólido, indolente, en una especie de calma bélica inquietante, imprevisible. “Yo no he sido”-podría estar diciendo el océano-, mientras tal vez estuviese deshaciéndose del arma generadora de tales agresivos decibelios. Dejó de verse nada, en ese ala del paisaje. Dejó de poderse respirar con fluidez debido a la niebla densa anegadora. Mil ráfagas de hielo surgidas de súbito transformaron la temperatura en segundos.

Haciendo girar 180° la mirada, el panorama era bien distinto. El agua hervía a borbotones incontables. Un humo negro, producto de la combustión del pobre cielo – quién no tuvo tiempo de huir o no pudo- despintaba el decorado naval. Las olas fundían la costa en su choque repetido. Vestidas de contracción expelente de inagotable lava, abrasaban la tierra inmediata.

De un lado helado al otro ardiéndose, se detuvo el ritmo. El espacio también. Se agotó el resto. Sólo existían aquellos dos extremos desafiantes e imposibles de tan puros. Ambas fuerzas polares, descompensadas al ser solas, sin su recíproco, volaban ya una al encuentro de la otra. Y, en un segundo más, el cataclismo del contraste de lo distinto, la cólera del que quiere que el otro sea uno, un desastre de incomprensión….

… Hasta las estrellas se tambalearon durante aquella noche prematura. Todos los ojos corrieron para ponerse a salvo, temiendo siguientes ataques. Sólo una niña permaneció quieta, asomada entre dos de los barrotes más oxidados en la barandilla del acantilado lúgubre…

… “No se odian; se aman” –susurró.

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