La gaviota de papel

Como bien sabe Ramón Gómez de la Serna, “las gaviotas nacieron de los pañuelos que dicen `adiós` en los puertos”. Y precisamente una mañana en la que había leído la greguería en el periódico, y me encontraba cerca del puerto, me dio por fijarme en un pañuelo usado que alguien había dejado tirado en el suelo. Era de papel y estaba rodeado de tres colillas, un plástico de chocolatina, una hoja arrugada de periódico de ayer y, a dos metros, un montón de huellas de pisadas de nostalgia. Quizás fuera la nostalgia del mañana (“hoy es ayer mañana”, dijo Machado) lo que motivó todo lo que vino a continuación.
Mientras las colillas murmuraban y el trozo de chocolatina se derretía al sol, el pañuelo se incorporó, movió dos pequeñas partes en los extremos con formas de alitas y, en el idioma que sólo conoce el papel e intuye el plástico, dijo: “ahora vengo”, mientras echaba a volar.
Viajó con cierta seguridad, sin ayudas externas y saboreando el indescriptible placer de volar y recordando a Benedetti (“Libertad es una palabra enorme”). Se dirigía hacia Plaza De Ferrari con una ilusión mental que no iba a juego con cierto achaque físico, quizás debido a las arrugas en la cola. A la altura de San Lorenzo se dio cuenta de que tenía un chicle pegado a lo que parecía la pata izquierda, del que se deshizo aprovechando un pequeño charco.
Una inoportuna ráfaga de viento la llevó (era ya una gaviota) hasta los jardines internos del Palazzo Ducale. Allí dio a parar con una gaviota de verdad, de las de plumaje gris y pico robusto, que almorzaba restos de “focaccia” frente al cartel que anunciaba la exposición sobre Edvard Munch.
– ¿Te sobra alguna miga?- dijo el papel disfrazado.
– ¡Un papel que habla!- se sorprendió la verdadera gaviota. ¿Pero tú quién eres?
– Me llamo Suni y tengo hambre- contestó llanamente el disfraz.
– No es verdad- replicó el ave frunciendo lo que parecía ser el ceño, mientras pensaba de qué nombre vendría ese diminutivo.
– Hace tiempo que no me alimento.
Ambas se examinaron, poco antes de presentarse, de saludarse, de contarse sus breves vidas y de descubrir que compartían no solo intereses cinéfilos (neorrealismo italiano) y musicales (pop inglés de los 80), sino procedencia: Plaza Caricamento. Encontraron hasta un punto de discusión: la literatura. Suni prefería los clásicos franceses y el realismo mágico latinoamericano, Cecilia (así se llamaba la más gaviota de las dos) confesó su admiración por la narrativa británica del XIX y los semidesconocidos novísimos españoles, no sin antes darle el pésame por la despedida del gran Gabo.
– Unas compañeras inmigrantes chilenas me decían hace un mes que el continente sudamericano está en deuda con García Márquez y no solo por su literatura.
Llegó la tarde y Suni le confesó a su nueva amiga que no tenía dónde dormir. Cecilia le quitó la preocupación haciéndole un huequecito en su balcón de la calle Avezzana, desde donde se veía la simbólica Lanterna. Antes de cerrar los ojos, ya acomodada en su nuevo cobijo, Suni miró al cielo y más que nunca comprendió a Sabina cuando dijo “lo que sé del ovido lo aprendí de la luna”.
A la mañana siguiente ambas salieron bien temprano hacia la Nunziata, parando antes en los cables sobre la estación Principe para hacer sus necesidades. Tras un fugaz paso por la puerta de la iglesia más bonita de Génova, se dedicaron a hablar del paro del norte de Italia, de la reciente llegada del otoño y sobre todo del aumento de turistas en la ciudad, toda una sorpresa. Entre tema y tema se acercaban a los bancos frente al acuario, en donde varias jubiladas repartían casi diariamente migas de pan. En una de esas comilonas en masa Cecilia introdujo a su nueva amiga al grupo:
– Queridas, ¿os puedo presentar a Suni (¿vendría de Asunción? se preguntó por un instante)?
Suni hizo grupo con algunas de las gaviotas, pero en ninguna logró lo que había encontrado en Cecilia: sinceridad, cultura y un elegante pico dorado.
Tras el otoño, el invierno duró lo que cada año, pero con menos frío, más lluvia (“no puedo con el agua, me mata”, repetía Suni cada vez que veía paraguas abiertos) y las mismas huelgas y manifestaciones de siempre.
Una mañana de abril, ya bien entraba la primavera, conversaba la inseparable pareja de amigas sobre los cables de la estación Brignole, cuando Cecilia miró la fecha y los grados en el rascacielos del teatro de la Corte y dijo:
– Caray, Suni (¿quizás venga de Sonia?), ya estamos a finales de abril. El tiempo vuela.
– ¿Ya? ¿Me acompañas al contenedor de papel? Necesito un folio y un sobre.
– ¿Para qué?
– Es que es el cumpleaños de mi madre. ¿No te he contado mis dotes de escritora?
– Varias veces. Noto que tienes mala memoria.
– Como mi madre- respondió con una media sonrisa-. Y menos mal que no llevo gafas, si no las perdería, como ella.
Cuando le conté esta historia a mi primo me preguntó, como si fuera importante, que cómo había presenciado todo. De mala manera y aun nervioso por la chatura de su pregunta recordé al novelista francés Jean Echenoz: “Pasa un pájaro. Lo sigo. Eso me permite ir a donde quiera en la narración”. Sin embargo, mi sangre fría y mi gran defecto de pensar muchas veces las cosas me llevaron a sentenciar con la última frase de los Cuadernos de un escritor, de William Somerset Maugham: “Como el pájaro, vuelo libremente”.

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