Memorias de un boxeador

Memorias de un boxeador “Mo Cuishle”

Todo había cambiado. Las pesas ya no estaban en el mismo lugar, el cuadrilátero era nuevo, con flamantes cuerdas rojas y una lona limpia y libre de manchurrones de sangre que nadie había podido terminar de limpiar. Incluso la gente era diferente.

Cuando Jason entró en su antiguo gimnasio, apenas pudo reconocer a dos o tres personas, que se giraron a mirarlo con la boca abierta, como si acabaran de ver a un fantasma. Dentro del ring un hombre negro, musculoso y de más de metro noventa de altura, estaba machacando a su sparring sin compasión, mucho más pequeño y ataviado con las protecciones pertinentes. Jason negó con la cabeza, ligeramente asqueado por la diferencia de peso, de habilidad, y por la terrible injusticia que estaba sufriendo el blanquito frente a la masa negra que se cernía sobre él. De vez en cuando se jactaba frente a sus amigos, los cuales rodeaban el cuadrilátero y animaban a su compañero entre palmas y silbidos.

-Mira quién ha vuelto… – una voz grave, rasgada y adusta hizo que Jason se girase sobre sí mismo.

Por supuesto, ya sabía de quién era aquella voz. Tyler McIntosh, su viejo entrenador de boxeo y dueño del gimnasio, era un hombre de baja estatura pero que infundía un profundo respeto. A sus casi sesenta años, podía noquear a cualquier hombre de un solo puñetazo si se lo proponía, Jason jamás había visto a nadie que tuviera tanta fuerza y una técnica tan pulida. Los golpes eran como misiles. Obuses americanos.

-¿Cómo estás entrenador?

Jason le tendió la mano, firme y con alguna que otra cicatriz en los nudillos, signo indeleble de pelea callejera. Pero Tyler le apartó de un manotazo y se fundieron en un abrazo como sólo pueden hacer aquellas personas que han pasado horas y horas juntos, sufriendo y mejorando, de formas que nadie jamás podrá comprender. Cuando se separaron, Jason le siguió hasta su despacho, no sin antes dirigir una mirada llena de desprecio al negro enorme subido al cuadrilátero, que lo miraba en aquel momento fijamente.

Después de varios minutos de charla, poniéndose al día, el joven decidió empezar a entrenar con los demás chicos. Comenzó con unas pesas, luego algo de comba para terminar de activar el cuerpo y para finalizar, unos ejercicios de sombra frente al espejo, practicando los golpes una y otra vez. Una y otra vez.

-Eh, tú… ¿eres nuevo por aquí?

Jason miró de reojo quién le había hablado, y fue una deliciosa sorpresa saber que el negro de metro noventa se había bajado del ring y se acercaba hacia él. Sus andares pretenciosos y chulescos, parecidos a los de Jason, ocultaban un profundo conocimiento del boxeo. Parecido al de Jason.

-Digamos que no – contestó el joven, secándose el sudor de la frente y encarándose con la mole negra. – Soy Jason, Jason Brody.

-Yo Omar Epps, el campeón de este gimnasio.

Se dieron la mano secamente, dejando claro que ambos eran machos alfa y querían marcar el terreno. No mearon en el gimnasio de milagro.

-He visto que no tienes mala técnica – Omar se acercó a Jason, evaluando silenciosamente a su oponente, notablemente más bajo y delgado. – ¿Quieres subir un rato conmigo? Sólo marcar, ya sabes, con el mierdecillas ese apenas he podido calentar.

Nuevo chiste coreado por sus amigos. Jason sonrió irónicamente. Una parte de él se moría por subir ahí y cerrarle el pico a ese bocazas de una sola hostia, pero la otra le gritaba que esa no era la solución. Que nada sería distinto tras la pelea. Que la gente no cambia.

-Lo siento, hace demasiado que no practico con alguien, dudo que esté… – se relamió un poco, sin poder evitar que una sonrisa sarcástica apareciera en sus labios – …a tu altura. Omar se molestó por el comentario, pero consiguió controlar el absceso de ira que le subió por la nuca y susurró, provocador:

-Entiendo. Tal vez sí que es cierto, y eres el mismo chiquillo que se fue llorando a su casa cuando le dejó su novia – una sonrisa blanca se dibujó en el oscuro rostro del boxeador. – ¿Cómo se llamaba?

Si se hubiera fijado en ese momento, habría visto la sombra de dolor que cruzó fugazmente los oscuros ojos de Jason y probablemente hubiera cerrado la boca. Pero no fue así. Y cometió el error fatal. El tema tabú que todos los que conocían a Jason sabían al dedillo. Jamás mencionar a aquella chica.

-¡Ah, sí! Lu…

-Vale – le interrumpió Jason, enfrentándose a él. – Nada de marcar, quiero un combate. Aquí y ahora.

Omar estaba más que satisfecho. Casi eufórico. Dio una palmada y dijo en voz alta:

-¡Así me gusta! Chicos, liberad el ring.

Ambos contrincantes se subieron a la lona, guantes en ristre y los protectores bucales a punto. Tyler salió lentamente de su despacho y se dejó caer contra la pared, cruzando una pierna por encima de la otra y sonriendo ante el inminente espectáculo.

Uno de los chicos hizo de árbitro, posicionándose entre ambos luchadores y explicando brevemente las reglas que ya tenían archiconocidas y podrían haber recitado de memoria incluso dormidos.

-Suerte a los dos. Quiero una pelea justa – concluyó el árbitro. – ¡Empezad!

Omar se lanzó hacia Jason, deseoso de demostrar su valía contra aquella vieja leyenda del gimnasio. Pero nada ocurrió como el presuntuoso boxeador había previsto.

El joven boxeador se escurrió entre los brazos de Omar, girándose rápidamente y disparando dos directos tan potentes que el último de ellos le sacó el protector bucal e hizo trastabillar al enorme negro y tirarlo a la lona. Sus amigos se callaron de golpe. Ya no estaban eufóricos. Ya no silbaban. Ahora simplemente no podían dejar de contemplar a su enorme amigo mientras babeaba en el suelo intentando ponerse en pie.

Jason conocía la sensación que Omar tenía en aquel momento. La cabeza te da vueltas, no sabes con seguridad donde está la lona y dónde el techo del gimnasio, por mucho que lo sientas con los guantes y la espalda.

El joven boxeador escupió también su protector bucal, observando cómo su contrincante se ponía en pie y alzaba los brazos, aún débiles y ligeramente descoordinados. Jason no cejó en su empeño, no sentía lástima por aquel tío. Hacía mucho que ya no era capaz de sentir nada.

Dos nuevos cruzados rebasaron la defensa de Omar, que intentó atacar a su vez, golpeando torpemente dejándose dominar por el pánico. Jason se apartó con maestría, bailando alrededor de su oponente con ágiles movimientos para, tras un par de golpes suaves que buscaban humillar al enorme negro, rematar el brevísimo combate con un brutal cañonazo de izquierda. El guante abrió la ceja de Omar como si de un cuchillo se tratase, salpicando de sangre la lona y tumbándolo de forma definitiva.

-La primera regla del boxeo es “Protégete en todo momento”. A la gente como esta le encanta la violencia, son los que dicen ser “amantes del boxeo” – Jason caminaba sobre la lona, mirando a todos y cada uno de los presentes. – No tienen ni puta idea de lo que es. El boxeo es cuestión de respeto, de ganarte el tuyo y de quitárselo al contrario.

Todo el gimnasio estaba en silencio, atentos a las palabras que salían de la boca del extraño joven con los ojos oscuros.

-Se trata de presentar batalla más allá de la resistencia, cuando los músculos te arden y el corazón bombea ácido de batería – continuó. – Cuando el cuerpo te chilla que ya no puede más, y tú lo ignoras. Y sigues. Y lo fuerzas una y otra y otra vez.

Omar se levantó tambaleante, agarrándose a las cuerdas e intentando tapar la herida de la ceja. El odio vibraba en su mirada, se escurría por su rostro en forma de sangre y goteaba hasta el suelo.

-Sigo aquí, puto flipado – espetó. – Aún no estoy K.O

Con una sonrisa, Jason le miró sonriente antes de proseguir con su charla, aleccionando a los jóvenes luchadores que lo contemplaban ensismismados.

-El cuerpo sabe lo que los boxeadores no: cómo protegerse. Por ejemplo, un cuello sólo puede girar hasta un punto, gíralo solo un poco más y el cuerpo dice: “Oye, a partir de aquí ya me encargo yo, porque no sabes lo que haces” – lo último lo dijo mirando fijamente a Omar, el cual estaba cada vez más furioso. – “Ahora túmbate, descansa, y ya hablaremos cuando recobres el conocimiento.”

Y fue incapaz de contenerse, lanzándose hacia Jason con el puño en alto y dejando la defensa totalmente desatendida. Nadie en su sano juicio haría eso en un combate contra Jason Brody. Con un movimiento rápido como el de una serpiente, el joven boxeador se apartó lo justo para contraatacar con un letal gancho de derecha. La cara de Omar trazó un horrible arco antes de besar la lona y empaparla de sangre, totalmente insconsciente.

-Se llama el mecanismo del knock out – sentenció.

El gimnasio había pasado de ser un hervidero de gente sudando en la misma estancia a convertirse en un santuario, silencioso, solemne y lleno de sabiduría. Jason se sacó los guantes y los arrojó a la lona, filtrándose entre las cuerdas y saltando al suelo mientras los amigos de Omar entraban al ring para socorrer a su compañero.

Lentamente, Jason Brody se puso la sudadera gris y salió despidiéndose de Tyler con un gesto seco de cabeza. Entre ambos no era necesario nada más.

-¿Has visto cómo lo ha hecho? – preguntó aún atónito otro entrenador que se encargaba de los jóvenes novatos.

-Cassius Clay lo hacía igual – respondió Tyler con una sonrisa en el rostro.

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