Aquella mañana

Aquella mañana apareció un cadáver en el lago de la universidad. No era difícil caer en una profunda histeria seguida de ese instinto tan humano como el de cotillear. Se formó alrededor del lago batallones de alumnos que absortos por el espectáculo no paraban de señalar el cadáver en cuestión como niños sin pudor.

-Ni morir en paz…-pensé, pero más tarde me di cuenta de que había hablado y ahora había tres italianas mirándome con cara de “ Eh tú, estás loca ¿vale?”.

Escape por el primer atajo que encontré antes que fuese demasiado tarde y me dispuse a cruzar el puente cuando estalló un grito de lo más profundo de aquella chica. Era su novio. Le había dejado una carta de despedida antes de que se bebiera dos botellas de Ballantines junto a una cajita de Valium y se tirara al frío lago que endulza nuestro día a día en la universidad.

A medida que el día pasaba iban saliendo diferentes informaciones de las fuentes menos fiables del mundo, que si lo había hecho por una profesora que le hacia la vida imposible, que si su novia le ponía los cuernos, que si pago al de seguridad para acceder al campus, vamos, como diría mi madre “Cree la mitad de lo que veas y nada de lo que oigas”. Cuando estaba a punto de terminar mi tercera hora, nos convocaron en el salón de actos para que el decano nos tranquilizara y aclarara el asunto que envolvía de misterio los pasillos de la facultad. Empezó mal.

-Ayer decidió quitarse la vida nuestro alumno- comenzó el decano a pronunciar su discurso.

-¿Perdona?-pensé en cólera por dentro- ¿A caso se cree que lo decidió ayer? Acabar con tu existencia, con tu vida, lo más preciado que existe en este dichoso mundo. Ese pobre muchacho llevaría con la cabeza atormentada muchísimo tiempo. Fue valiente. Valiente por afrontarse ante la muerte, cambiar su destino y ganar su batalla ante el sufrimiento que padecía delante de toda la universidad. Pero sobretodo, fue un cobarde. Por mucho dolor que haya en el alma, por muchos baches que te afrontes, por muy abajo que te encuentres, por muy oscura que este la salida, aferrarte a la muerte como tu única solución, como respuesta a todos los problemas, sin haber luchado suficiente, habiendo rechazado a lo más respetado que un hombre debe tener, la esperanza, es algo cobarde y rastrero al arrebatar tu vida de la vida de los demás.

No quise prestar atención. Solo resonaban condolencias y frases hechas por las paredes de aquel salón que de pronto se había convertido en un velatorio. No quise empaparme en la historia e indagar como un sabueso, a pesar de que estudio periodismo y es mi deber como tal, pero simplemente, no quise. Estaba en una especie de anestesia permanente que me impedía sentir nada. Nada. Nada. Seré estúpida. Claro que siento, pero dentro de mí se está produciendo otro velatorio. Pero no hay lágrimas, ni palabras tristes, ni cadáveres, solo hay un amor roto, vencido y al final, muerto. Y esta mañana, al tener que ver la horrible imagen de aquel hombre en mitad del lago, he visto nuestro amor atemorizado por las miradas, inerte en el agua sin poder hundirse si quiera, sin poder desaparecer para dejar de hacer daño. Maldita sea.

-[…] Y ahora podéis volver a vuestras clases y espero que en esta semana todo vuelva a la normalidad.- se despide así de inocente el decano.

Los pasillos vuelven a llenarse y las palabras inundan otra vez las bocas de todos. Nadie para de moverse de un lado para otro, pero en ese ensordecedor bullicio yo no escuchaba absolutamente nada. Vagaba lentamente buscando un anhelo a la pena que me quitaba el aire y las ganas de ese mismo aire. Nada. Solo personas vacías pasaban, me rozaban, pero seguía sin sentirlas. Era como si no estuviera viva. Como si el mundo me hubiera puesto en un tercer plano y viera todo desde a fuera, como un espectador. Entre en clase y mire el reloj. Y así me pase el resto de la clase. Sin parar de pensar en el pasar del tiempo. Me intentaba consolar en que a medida de que pasara, el dolor se tendría que reducir y al final, me olvidaría de este sentimiento para seguir mi vida. Creí en esta idea casi toda la clase hasta que caí en la conclusión de que no quería dejar de querer, no quería renunciar a él, me negaba en rotundo a decir adiós y jamás podría avanzar si seguía convencida de que no saldría de mi vida.

Por fin, las clases terminaban y saldría de esa escena del crimen que no paraba de recibir medios de comunicación, policía, investigadores y vecinos curiosos que se dejaban caer por ahí. Me encantaba esta parte del día. Era el momento de ponerme los auriculares y añadir una banda sonora a mi vida. Día triste, música a juego. Que no se diga que no combino.

“Pequeña luna, rebelde e inquieta, nunca dejes de brillar”. Pum. Como un dardo directo a matar. Él y la luna. La luna y él. Cualquier forma que adaptasen, era lo que más amo en este injusto mundo que no para de arrebatarte lo que un día diste valor sin preguntarte siquiera “¿Puedo?”. Por lo menos ella sigue ahí. Esperando todas las noches a que la rescaten. Vistiendo de esa luz mística las calles que acogen a los amantes y los bandidos. De pequeña siempre creía en que la Luna amaba al Sol, pero que su amor era imposible y eterno y entonces, un día en clase de ciencias naturales descubrí el porqué de ese loco amor: el eclipse. Solo una vez al año podrían encontrarse bajo la atenta mirada de las estrellas, dejándonos ciegos a todos por la grandeza de aquel encuentro. Era precioso. Nunca dejare de creer en ello, porque creo sinceramente, que solo historias como esa alimentan mi esperanza en este lugar en el que me desvanezco y me impide volar.

Cuando aparecí en la residencia nadie hablaba de otra cosa de lo sucedido, nadie menos él. Que no paraba de buscar con la mirada hasta que…me mira. Y pum, ¡el mundo estalla! Cientos de aves salen de sus escondites y bailan al compás bajo el cielo teñido de rojo, las bandas suben los telones y despiertan las ciudades del mundo entero mientras no paran de resonar los cañones de un viejo carguero. Vuelvo a la realidad, y aparto la vista porque si por mi fuera me quedaría ahí hasta desgastarnos las pupilas. Mis amigas no paran de repetirme las mismas cosas que nadie ha parado de repetir hoy. Yo quería oír algo nuevo, solo una frase por favor.

-Después de la tragedia de hoy, he aprendido que toda despedida merece una carta.- me dicen esos labios que tantas veces he callado con la misma boca que ahora queda atónita mientras deja un sobre encima de la mesa y se va.

Hago el mayor esfuerzo de mi vida por no derrumbarme y dar el placer a la muchedumbre de otro espectáculo más para anotar en sus agendas el día diez que han vivido. Cojo el sobre y me encierro en el baño con la ilusión de no salir nunca. Desmenuzo ese maldito papel que encarcela sus palabras y empieza a brotar de mí ser una mezcla de confusión, miedo, rabia e impotencia que acaban por hacerme tambalear. Me siento en las frías baldosas, respiro hondo y empiezo a leer:

Pequeña luna,

Te escribo estas palabras debido a lo sucedido hoy en la universidad. Cuando esta mañana he visto aquel cadáver sin sentido en el medio del lago, no tenía fuerzas para alimentar mi curiosidad y he decidido pasar de largo como si nada pasara. Porque así soy yo, cuando hay un problema echo la cabeza a un lado y sigo avanzando. Lo aprendí de ti, como muchas otras cosas…Creí que el día no se haría tan pesado hasta que me contaron la carta que escribió para despedir su vida, para poner un punto final a todo por escrito. Y en ese preciso instante caí en la cuenta de que es lo que yo también debo hacer. Voy a poner un final a mi vida, espera, no corras a por mí, sigue leyendo. He decidido dejar de seguir viviendo en una vida en la que no estás tú. Quiero dejar de vivir por los demás, y empezar a vivir por mí, por lo que realmente quiero y echar a un lado todo lo que está bien visto porque realmente, ¡no me importa lo que piensen! Se acabó vivir planificando, se acabó seguir las reglas establecidas por la sociedad, no quiero entablar un trabajo aburrido en una oficina, casarme en una iglesia y tener hijos, quiero elegir mi vida, y elijo vivir. Contigo. Siempre contigo. No podía seguir viviendo pensando que no volvería a escuchar tus sueños o peor aún, que los soñarías con alguien que no fuese yo. Imagine mi vida, el mundo que cada uno de nosotros nos construimos cada día y cada noche, lo imagine una y otra vez sin ti. Y solo veía una noche sin luna, una noche perdida sin ninguno faro en el que mi alma se encuentre. Y lo vi claro. Me vi en el centro del lago, muerto de amor. Y elegí no vivir. No, si tú no estás. Aunque sea solamente una vez al año, búscame en la oscuridad.

Entonces, como cada año, los astros se volvieron a encontrar.

 

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