“Tengo horas,
en cubículos cercenados,
asesinándome desde un flanco,
en las que no sé más que odiarte.
Son horas turbadas
-azules cobalto-
visten nudos eléctricos
dentro de sarmientos enardecidos.
Horas que, luego, son años flagrantes,
luces cenitales, entretanto,
infinitos alunados, siempre,
durante las que no puedo no odiarte.
Poseo odios que son vidas.
Me duelen instantes;
me dueles, quizá.
Guían errados hacia mi catástrofe.
Soy bilis en esas vidas,
encía sangrante que no puede morder,
lo intenta, con desespero …
… a pesar del ausente colmillo.
En ellas, vomito recuas,
destilo gris, huérfana,
vacía de vientre que me geste,
perdida en la rabia que todo lo anega.
Hay horas que agotan tiempos,
sentencian cansadas,
te derriban
y ganan veleidades.
Tengo horas que son ciclones.
Disparan certeras.
Caigo muerta …
… y allí,
en ningún lado de aquí ya,
logro voltear buscándote”.