Ciegos en el seno del índigo abrigo,
finísimo, hiperprotector y destructivo.
Esqueléticos futuros.
Se paralizan los mañanas.
Soslayan la incordiante evidencia de lo que son,
-no serán-.
Paredes de un útero, facsímil,
ignoran allí sus perfiles desgastándose.
La matriz los envuelve de un triste azul.
Azul delgado hasta la transparencia.
Tapona la desnudez de aquellos cuerpos
–los ciegos de verdades-.
Respiración sin branquias;
ni agallas para nacer de nuevo
ni para secarse al sol,
metamorfosis valiente, si fuera.
Inspiración artificial,
fundida en níquel y metacrilato en rebajas.
La espiración hace tiempo que no existe;
suspiros que se niegan.
Individuos de cristal, de tan frágiles.
Avanzan y retroceden.
Su infantil coreografía repetida,
ya automática, mortal a lo sumo.
La matriz añil les congela:
eternidad de borradores larvarios.
Laboratorio de huelguistas de hambre
sin ningún objeto; ¿por qué?
Una cárcel (los cuerpos mismos).
La sola felicidad, unos gramos menos.
Un día más de soledad
y un vómito más para expropiar siluetas propias.
Un hilo de luz filtrado descubre el mortuorio.
Grita aterrado…
… Vacío por respuesta.
El uno único gime,
rendidas sus rodillas en el formol bulímico.
Tragado su contraste, no es ya tampoco,
devorado por la imperturbable piscina de cadáveres.