Pequeñas pero matonas (las bacterias)

¿»¿El fin de los antibióticos?» o, más bien, «El fin de los antibióticos.»? Durante mucho tiempo se han publicado en artículos y portadas de revistas la posibilidad de que estemos entrando en una etapa post-antibiótica, en la que las bacterias hayan conseguido hacerse resistentes a la mayoría de los antibióticos de los que disponemos. Estos organismos son células procariotas microscópicas de tamaño variable causantes de múltiples enfermedades; no poseen núcleo, tienen un solo cromosoma libre en el citoplasma y utilizan la fisión binaria para dividirse, que es un mecanismo más rápido que el que utilizan la mayoría de las células de nuestro cuerpo. Pueden presentarse desnudas o con una cápsula gelatinosa, aisladas o en grupos y pueden tener cilios o flagelos. Para poder verlas al microscopio se suele utilizar la tinción de Gram que clasifica a las bacterias en dos grupos: bacterias grampositivas y bacterias gramnegativas.

El descubrimiento de los antibióticos supuso un gran avance en el tratamiento de enfermedades infecciosas bacterianas. Uno de los principales progresos del siglo pasado fue el descubrimiento de la penicilina, en 1928, que en la década de los cuarenta, con su producción a gran escala, supuso un freno importante a las enfermedades infecciosas y cambió el curso de la historia de la medicina. Antes del descubrimiento de este antibiótico, miles de personas morían por enfermedades bacterianas como la neumonía o las infecciones quirúrgicas. Casi un siglo después, las bacterias han plantado cara a los antibióticos y se han hecho resistentes a ellos, lo que significa que estos fármacos resultan ineficaces para combatir algunas infecciones. Algunas son ya resistentes a varios antibióticos al mismo tiempo. Son las bacterias gramnegativas las que más han avanzado en el camino de la resistencia a los antibióticos, ya que algunas de ellas han sido capaces de sobrevivir a las carbapenemas, antibióticos de muy amplio espectro utilizados como último recurso. Un ejemplo de bacteria multirresistente es la Klebsiella pneumoniae que es un bacilo gramnegativo que presenta resistencia primaria a la penicilina G y a la amplicina; esto se debe a que es capaz de producir carbapenemasa, una enzima de la familia de las beta-lactamasas que actúa rompiendo el anillo beta-lactámico de los antibióticos, desactivándolos antes de que puedan ejercer su acción. Esta multirresistencia se consolida en el ADN y difunde rápidamente entre las bacterias mediante la fisión binaria o el traspaso de pequeños fragmentos de ADN o plásmidos.

¿Podríamos retroceder a una situación semejante a la anterior al descubrimiento de la penicilina?
Llegados al punto en el que ni los antibióticos más potentes son capaces de erradicar este tipo de bacterias, se han tenido que buscar soluciones y ha sido necesario echar un vistazo al pasado para rescatar otros antibióticos más antiguos que estaban descatalogados debido a su gran toxicidad pero que, de momento, son capaces de luchar contra estas bacterias multirresistentes; nos referimos a la colistina. La colistina es un antibiótico del grupo de las polimixinas que actúa sobre la membrana citoplasmática de las bacterias eliminándolas, pero también genera grandes daños en los riñones de los pacientes y así como lesiones neurológicas entre otros graves efectos adversos; sin

embargo su utilización está siendo cada vez más necesaria debido a la falta de recursos ante estas bacterias multirresistentes.
Los microorganismos contraatacan, pero: ¿Quién es el culpable? Nosotros y nuestro mal uso de los antibióticos. Los medicamentos dejan de ser eficaces porque las bacterias que causan las infecciones sufren cambios y se vuelven inmunes al tratamiento. Y gran parte de culpa de esta transformación está en el uso abusivo de los antibióticos.

Para empezar tenemos que dejar a un lado la idea de que un antibiótico es la solución a todos nuestros males porque muchas veces los tomamos cuando realmente no los necesitamos. Por otro lado, hay que vigilar la dosis y la duración de los tratamientos con antibióticos ya que cada persona necesita una dosis en relación con su peso y su estado de salud y además, sentirse bien no implica finalizar el tratamiento puesto que, probablemente, no se haya erradicado por completo la bacteria. También hay que tener en cuenta que cada tipo de antibiótico tiene su tipo de bacteria asociada y si utilizamos un antibiótico distinto probablemente no tenga ningún efecto destructivo sobre la bacteria.

Pero este ya no es un problema exclusivo de una sobremesa de médicos, si no que el problema ha llegado a la comunidad, de manera que hay que distinguir entre resistencia a antibióticos fuera y dentro de los hospitales. Haber llegado a la situación actual no ha sido responsabilidad únicamente del personal sanitario, es también la población la que tiende a autodiagnosticarse y automedicarse o bien diagnosticar y «aconsejar antibióticos» a sus conocidos por su propia experiencia. Y esto es un problema que nos afecta a todos, y no solo a las personas sin recursos; más bien todo lo contrario. El uso inadecuado de antibióticos durante años, ha llevado a que las bacterias conozcan a fondo todas las armas que tenemos para luchar contra ellas y han desarrollado mecanismos de defensa que se han transmitido de unas a otras para estar preparadas cuando intentemos atacarlas.

Resulta significativo lo graves que pueden volverse algunas enfermedades que antes se podían controlar con facilidad. El hecho, por ejemplo, perder una pierna debido a una infección que no responde a antibióticos, es una complicación que demuestran problemas generados debido a la resistencia antibiótica. El uso inadecuado de antibióticos por parte de los pacientes y profesionales sanitarios supone un problema muy importante que tenemos que tener muy en cuenta. Es imprescindible por tanto, crear campañas que alerten tanto a médico como a paciente y concienciar a toda la población de las graves consecuencias de los antibióticos cuando se emplean inadecuadamente.

Eduardo Jimenez
Elena Moreno
Irene Hernández de Córdoba

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