Las alas del unicornio

I

El legendario reino de Danann guarda un lugar privilegiado en la memoria del País de las Hadas. Desapareció misteriosamente tras la llegada de los milesios a Irlanda, pero aún hoy se relatan los acontecimientos que tuvieron lugar en sus montañas.

En aquella época se reunían anualmente las tribus vecinas en Mag Mor, la Gran Llanura, donde se celebraban con gran festejo las bodas de las Hadas Heroicas. Aquel año iba a ser especial. Se casaba Mara, la princesa de la tribu de Danann, con Ashtor, heredero de la corte Seelie de Escocia.

A falta de dos semanas para el feliz acontecimiento, en ambos reinos las cortes preparaban la ceremonia con agitación. Lo que más ocupado mantenía al pueblo de Danann era la cabalgata de caballos, que como siempre, era el fenómeno más vistoso y esperado de las Bodas Reales. Los caballos de Danann no tienen igual en el mundo. Son ligeros como el viento, fuertes y veloces, de cuello arqueado y pecho ancho, fieles, bellos, de ollares vibrantes y grandes ojos. Especialmente, las cabalgaduras de las prometidas eran la mayor atracción cada año, puesto que un buen caballo en el día de la boda era considerado como señal de futura felicidad en el matrimonio.

Sin embargo, y aunque se guardaba en secreto, en Danann la preocupación Real era grande. La yegua de la princesa Mara languidecía por momentos. Su blanca piel había oscurecido, sus crines se tornaban ásperas, y sus ojos, aquellos ojos que habían brillado tanto cuando siendo niña Mara aprendía a montarla, reflejaban una secreta tristeza que su dueña no acertaba a comprender. Había engordado mucho.

Mara no podía dejar de pensar en ello. Había esperado desde siempre que cuando llegase el momento, su yegua fuese la que le llevase a los altares vestida de blanco y llena de flores. Ninguna otra montura parecía lo suficientemente buena. Mara recordaba con nostalgia los últimos meses, cuando todavía no había síntomas de enfermedad alguna en su caballo.

Una noche que no podía dormir, creyó haberla visto corriendo por el bosque a altas horas de la madrugada. La luz de la Luna delataba su blanca silueta entre los árboles. A su regreso a palacio, su cuerpo venía envuelto de una extraña luz, a pesar incluso del barro

espeso y seco que cubría su piel. La experiencia se había repetido las noches siguientes. Por esta razón, y aunque iba en contra del gusto de Mara privarla de libertad, se vio obligada a encerrarla en su establo, por temor también, al posible embrujo de un hada maligna con intención de retrasar la boda.

Ashtor era el príncipe casadero más apuesto de Irlanda. Quizás podría existir una relación entre las escapadas de la yegua y alguna venganza de las envidiosas náyades, ninfas de los lagos y hábiles encantadoras, que siempre hacían de las suyas en ocasiones como éstas. Mara quiso salir de dudas y se propuso un plan.

Una noche fresca, después de la cena, llamó a su doncella:

-Lendra, voy a salir. Quiero que vengas conmigo. Prepara un caballo que sea veloz y toma tú otro.

-Sí señora, pero para eso debo consultar primero al rey, pues es tarde y debe ir acompañada.

-¡No! No debe saber nada de esto. Vamos a seguir a mi yegua, y él no me dejaría ir al bosque a estas horas a no ser que me acompañase un ejército, lo cual no nos serviría de mucho. Es importante para mí, de ver, Lendra, necesito que me ayudes.

-Está bien, pero espero que no estemos fuera mucho tiempo; a mí podrían echarme en falta.

-Sí, venga, ¡apresúrate!

Lendra fue a las caballerizas y tomó dos caballos de las legiones en el mayor silencio y brevedad posibles. Mara descendió de su balcón ayudada por los árboles. Abrieron la puerta del establo de la yegua, que dormía, y se escondieron en la espesura, desde donde silbaron con la intención de despertarla. Cuando el animal vio las puertas abiertas, se incorporó y se lanzó a la carrera, dejando estupefactas a las dos hadas, que tuvieron que saltar como un resorte iniciando pronto el galope para no perderla de vista. El ritmo de la yegua era casi desenfrenado, de modo que tan sólo Mara era capaz de seguirla sin demasiados problemas. La doncella tuvo que abandonar y volver a palacio preguntándose si esperar o si dar la alarma por la ausencia de la princesa. En su persecución, Mara llegó a un claro del bosque, donde la yegua se paró. Desmontó, y se ocultó en la maleza para observarla. El lugar en que se encontraba era especial, no recordaba haber estado allí antes a pesar de que presumía de conocer mejor que nadie los alrededores.

Las estrellas parecían multiplicarse en aquel cielo, el aire olía a jazmín y violetas, las

luciérnagas iluminaban pequeños rincones cuajados de amapolas; los cantos de los grillos se acompasaban formando una melodía débil y monótona, suave como una canción de cuna. La yegua se acercó a un lago cercano, cuyas aguas plateadas reflejaron la silueta de un animal, tan hermoso que ningún hada habría podido ocultar su admiración. Se trataba de otro caballo blanco, pero tan bello y lozano que parecía salido de otro mundo aún más fantástico. Tenía los ojos azules como el agua del lago, las crines sedosas, la piel brillante… En su frente lucía un pequeño cuerno pulido que le hacía parecer digno de reyes. El unicornio se acercó a la yegua al tiempo que desplegaba un par de alas de plumas blancas y azules que le nacían del lomo. El silencio de la noche se rompió con los relinchos y las carreras de los caballos, que se perdieron entre las flores, dejando a Mara atrás, muy lejos.

II

A la mañana siguiente la yegua dormía en el establo. Su salud parecía haber mejorado, y así se lo hizo saber Lendra a su señora.

-Me alegro por ello, sin embargo no voy a poder montarla en unos meses- contestó Mara.

-¿Ha descubierto la causa de las extrañas escapadas?, ¿es esa la razón?

-Sí, anoche me di cuenta de lo que debía haber sido evidente para mí. Va a ser madre.

-Entonces es imposible que el día de la boda… Tendremos que buscar otro caballo, me he fijado en uno que podría…

-No. Yo lo elegiré. Ahora debemos preocuparnos de cuidarla para que su salud mejore y tenga un potrillo sano. Házselo saber a mi padre y él dispondrá lo que haga falta. Por cierto, Lendra, de lo de anoche mi padre no sabe nada, ¿no es cierto?

-Así es.
-Bien. Voy a descansar. Por favor, que nadie me moleste. -Sí, señora.

Mara no había dormido en toda la noche. La imagen del caballo alado permanecía completamente nítida en su cabeza. Se imaginaba a sí misma en la cabalgata real, montada en el unicornio; sería el ejemplar más hermoso de los que se podrían recordar en una ceremonia nupcial durante años. Pero Mara sabía que eso era imposible. Según la costumbre, en la cabalgata sólo podían exhibirse caballos criados en Danann. No se admitía

la presencia de animales de otros mundos por muy espectaculares que pudieran ser. Y las alas del unicornio lo delatarían a primera vista. Mara buscaba soluciones para ocultar esas alas con desesperación, sin encontrarlas.

III

Por fin llegó el tan esperado día de la boda. Al reino de Danann habían ido llegando en las semanas anteriores seres fantásticos procedentes de los más lejanos lugares del planeta. Las fiestas y verbenas ya habían llenado las calles de los lugares cercanos y los alrededores del palacio se colmaban de curiosos que se impacientaban por ver a la novia. El camino que seguiría la comitiva Real se cubrió de flores y músicos, y las banderas y estandartes de las distintas tribus de hadas ondeaban con elegancia contrastando con el cielo azul. Las trompetas anunciaron el inicio de la cabalgata de los caballeros del reino. Todo prometía un espléndido espectáculo.

Mil cuatrocientos corceles adornados con gemas en la testera y bridas y monturas de colores. Otros mil cuatrocientos jinetes, todos de sangre real, con mantos de terciopelo orlados de oro y lanzas doradas en las manos. Los pajes arrancaban las mejores melodías de sus laúdes y flautas, creando una algarabía interrumpida sólo por los vítores del pueblo. Pero al acercarse los reyes de Danann se hizo repentinamente el silencio. Ashtor buscaba entre las doncellas a la que sería su esposa.

Entonces vio aparecer rodeada de rosas y perlas a Mara, sobre un caballo blanco que al pasar, suscitaba las admiraciones del público y el orgullo de los monarcas.

Lendra observaba con lágrimas en los ojos desde un balcón de palacio; lágrimas que podrían atribuirse a la emoción, pero que muy al contrario, representaban una mezcla de tristeza, confusión y duda. La noche anterior había decidido dar un paseo por el bosque para descansar del ajetreo de los últimos días y tomar el aire. Sus pasos le guiaron hacia un claro desconocido, en cuyas cercanías había tenido que abandonar la búsqueda la noche que escapó con la princesa al bosque. En las orillas del lago, Lendra encontró un par de alas blancas y azules teñidas de sangre.

El corcel de Mara tenía la mirada triste. A medida que la comitiva se acercaba a la Colina de la Promesa, donde se celebraría el matrimonio, se iba sintiendo más débil. A la altura del Olmo Milenario de las Hadas, cuando Mara atravesaba el último recodo del camino,

un anciano trovador susurró despacito una canción:

No mates la libertad,
no la vistas de mentiras, pues el destino es fatal para quien ata una vida.

Ashtor se giró hacia el anciano con cara de reproche sin entender muy bien el por qué de una estrofa tan desafortunada.

La boda finalmente tuvo lugar como todo el mundo había esperado, y las celebraciones fueron tocando a su fin hasta el año siguiente. Mara y Ashtor partieron de viaje y la tranquilidad regresó a sus respectivas tribus.

IV

Pasados unos meses, una tarde que Ashtor había salido a dar un paseo por las cercanías del palacio de sus nuevos parientes, encontró tendido en el suelo al caballo de Mara. Estaba débil. Casi no bebía agua. Su piel iba perdiendo brillo y lustre, nadie diría que aquel era el caballo del que todos habían oído hablar por su porte y su hermosura.

Lendra se había ocupado de bajar cada día al establo para cuidar de su salud, pero sus esfuerzos no habían dado fruto. Por esta causa, Ashtor decidió llamar al Mago de Seelie, famoso en su reino por las buenas artes de su magia blanca, y en quien confiaba plenamente. Pensaba que de esta forma, y si podía evitar la muerte del corcel, le daría una gran sorpresa a su esposa.

El Mago contestó raudo a la llamada del príncipe y su llegada no se hizo esperar.

Después de pasar unos minutos con el caballo, se dirigió a Ashtor con gesto preocupado, y le dijo:

-Se muere de tristeza, señor.
-¿Tristeza?, y, ¿cuál es la causa?
-Me temo que añora su mundo, alteza.
-Su mundo es éste.
-Lo siento, pero estáis equivocado. Este caballo no pertenece al País de las Hadas.

-Entonces, ¿de dónde proviene?

-Quizás si le quitamos las vestiduras lo sabremos. Presiento que se encuentra aquí en contra de su voluntad.

Al levantar el manto que cubría el lomo del animal, se descubrieron dos hondas cicatrices a ambos lados. El Mago entonces, salió de dudas.

-Es un unicornio alado. Había leído algo acerca de estos seres, pero nunca antes había visto uno, ¿cómo ha llegado hasta aquí?

-No lo sé. Pero sí sé quién debe contestar a esa pregunta.

Mara se asustó al ver la expresión del rostro de Ashtor. Siempre se mostraba con dulzura; hasta ahora no había habido motivos para el enfado o el reproche, y sin embargo, percibía una dureza extraña en su mirada. Cuando Ashtor preguntó por qué el unicornio no tenía alas, Mara sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo dejándola inmóvil. Ashtor guardó silencio durante un rato con los ojos cerrados, mientras escuchaba las explicaciones de su esposa y finalmente dijo:
-Nunca esperé de un hada como tú actitud semejante.
Cuando volvió a abrirlos, Mara ya no estaba allí.

El hada devolvió el caballo al lugar del que lo había arrancado con la esperanza de que se recuperase del todo, y con este fin pasó varios días a su lado. El rey no tuvo noticias de lo ocurrido porque Ashtor, confiando en su esposa, no quiso que supusiese una deshonra para ella que se conociera la verdadera naturaleza del unicornio. Sabía que se sentiría avergonzada y arrepentida. Por eso guardó el secreto, no sin impaciencia, pues los días pasaban sin que ella regresase.

Mientras, Mara vivía al otro lado del lago de las violetas y los jazmines.

V

El unicornio mejoraba despacio, reconfortado por la compañía del hada y de sus semejantes. Mara recordaba en su memoria la estrofa que oyó cantar en sus añoradas bodas:

No mates la libertad,
no la vistas de mentiras…

y empezó a comprender, en medio de la monotonía de los relinchos de los caballos, lo que podrían significar. Incluso en ocasiones, cuando pasaba algún momento observándolos correr, o volar, sentía que era capaz de entender sus sentimientos.

En palacio, Lendra había ayudado a dar a luz a la yegua de Mara. El potrito era blanco como sus padres, y poseía dos alas celestes que aún no se habían desplegado del todo. Lo llamaron Pegaso. A pesar de que en el Reino no se conocía fenómeno semejante, la ausencia de la princesa quitó importancia al acontecimiento del caballo alado, y pronto fue borrado de la memoria popular.

Una noche, Ashtor, cansado de aguardar sin hacer nada, tomó a Pegaso y a la yegua y los llevó por el bosque al lugar que Lendra le había descrito. Para entonces el unicornio estaba casi recuperado. Cuando se encontraron los tres caballos hubo un gran recibimiento por parte del resto de los habitantes del lago. Ashtor vio a Mara en medio de una multitud de unicornios, que parecían mantener una conversación amistosa con ella.

Más tarde, ella le explicó que al convivir con ellos había comprendido su lenguaje. Por eso sabía que habían llegado al reino de Dannan huyendo de un pueblo de cazadores que los perseguían con el fin de obtener sus cuernos y sus alas, pues creían que en ellos se encontraba el secreto de la eterna juventud.

-Al final, yo he sido tan perversa como ellos. Tratamos de obtener el máximo beneficio para nosotros sin tener en cuenta el derecho a la libertad de los demás seres de nuestro mundo – dijo Mara – Creo que lo mejor sería que abandonaran también los alrededores de Dannan y buscasen un lugar más seguro para vivir.

En ese momento se acercaron a la pareja el unicornio, la yegua y Pegaso. Ashtor escuchó una especie de voz que parecía salir de su interior, y que decía:

– Ya no te preocupes, Mara. Ha llegado el momento de que cada uno vuelva a su lugar. Has aprendido que se debe respetar la libertad de todos los seres de cada mundo. Con tu cariño has conseguido que volvamos a estar juntos. Sin embargo, no te olvidaremos. Siempre que nos necesites, sentirás nuestra presencia si miras con detenimiento el cielo.

Mara y Ashtor regresaron esa noche reconciliados y contentos. El reino volvió a gozar de paz y tranquilidad, y la historia quedó sólo grabada en la memoria del Mago de Ashtor, que vivió muchos años. Su aprendiz de brujería contaba que, cuando no se sentía bien, su maestro observaba largo tiempo en la constelación de Orión, la silueta de una cabeza de caballo.

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