Quizá ser ceniza y verme a su través de polvo mío.
Sentirme vacía –pretendidamente-.
Recomendable tantas veces. Vaciarme.
En un plan marchito, de ocre mate contemplado.
Dejar de ser continente y desbordarme en marea.
Tal desastre. También alivio. El plan es ese.
Del todo agotada en mis fronteras por fin rasgadas.
Brotar sin sigilo, espaciando calmas geográficas.
Las contracciones que distancian mi voz.
Ninguna protesta –rendición muda-.
Mi cuerpo zarandeado al son de la incertidumbre.
El orden natural llevando riendas; encaminada hacia un punto;
sin saber cuál; conocida docilidad celular que se deja hacer.
Y me abandono, ¡pura ignorancia que se resigna!,
otra opción que no llega a las terminaciones inconexas del circuito.
Me pesa no encontrar alternativas.
Soy obesidad grasienta más que las ascuas que pedía…
… Continúa el reloj de piezas oxidadas.
Funciona él a pesar del tiempo, del peso.
Traduzco una fugacidad que encierra huida.
Descubro una estrella diminuta sonrojada por su propio brillo.
Derramo luces cegadoras que escondo nada más nacer.
“¿Dónde va mi alma perdiéndose en vergüenzas?”
Beso helado que sopla brisas vaginales, mi culpa.
Retrocedo. Soy ágil aquí.
No puedo iluminarte…
… perdí las antorchas en el trasiego áspero
del embrión imperfecto que fui y no llegó a nada.
Tengo frío.
Imposible acunarte. Morirías en mi hielo.
Huye también.
De mí hasta el fuego que soñé que existe.