El trato

En la misma ciudad, muy próximos uno del otro, vivían dos hombres de vidas diferentes. El primero era un gran empresario, rico y con una familia que le adoraba. Sus padres, su mujer y dos encantadores hijos. Pero era un hombre muy ocupado que pasaba el día en reuniones de negocio, viajes y vigilando a los empleados de su empresa para que funcionara como un reloj. Lo tenía todo, éxito, dinero y cariño, pero le faltaba tiempo para poder disfrutarlo. Cuando llegaba a casa era tan tarde que todos estaban ya dormidos. Se levantaba antes que nadie por lo que apenas veía a sus hijos y a su mujer, tan solo podía relacionarse con ellos algunos fines de semana. Su vecino en cambio era un hombre que, a pesar de no ser aún mayor, había sido prejubilado por su empresa con el sueldo íntegro. Vivía solo y no tenía ni parientes ni amigos en esa ciudad. Disponía pues de mucho tiempo libre. Un día vino a visitarle el empresario y le ofreció un trato, le daría una buena cantidad de dinero a cambio de que le vendiera un poco de su tiempo libre. No quiero dinero, le respondió, pero te daré algo de mi tiempo a cambio de que me cedas una parte del capital de cariño que tanto te sobra. De acuerdo, dijo, no me importa perder un poco de todo el cariño que recibo si a cambio tengo más tiempo para dedicárselo a los míos. Consiguió días de treinta horas pero fue inútil, seguía creciendo el número de reuniones, realizaba más viajes y aumentaba el tiempo dedicado a los negocios. Poco después murieron sus padres, con una diferencia de tres meses entre uno y otro. Pidió más tiempo a su vecino y consiguió días de cuarenta horas, aunque su vida seguía sin cambiar. Los hijos se marcharon para formar sus propias familias y su mujer le abandonó, harta de no conseguir estar con él ni los fines de semana. Un día se vio con tiempo libre para hacer lo que quisiera, pero no tenía a nadie con quien compartirlo y eso le llenó de pena. Volvió entonces a la casa de su vecino para intentar hacer otro trato, le daría parte de su tiempo libre a cambio de que le devolviera un poco del cariño que le había vendido. La respuesta fue un rotundo no. Lo sentía mucho pero, a pesar de que le quedaba muy poquito tiempo y pronto moriría, no cambiaría ni un granito del cariño que había comprado y que recibía de la mujer que había conocido, con la que era muy feliz y de los muchos amigos que había hecho, por mucho tiempo que le ofreciera. Pocas semanas después murió rodeado de sus seres queridos, quienes le llevaron en su corazón durante el resto de sus vidas. El empresario tardó muchos años en morir y fue desgraciado e infeliz durante todos ellos, recordando el cariño que recibió a raudales y que tiró por la borda a cambio de un tiempo que de nada le sirvió al final. Nadie fue a su entierro.

 

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