THE KILLING FIELD

Un huracán ha entrado en mi vida está semana, sus vientos se han encargado de remover todos mis pensamientos. La percepción de la vida, y de las cosas que tienen valor, te cambia por completo cuando se detiene ante ti tal magnitud de desolación.

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Todo huracán recibe un nombre propio y éste fue bautizado en 1984 como Khayelitsha. El pasado martes me adentré por primera vez en el corazón del ‘township’, el más grande de Cape Town (Sudáfrica). Contemplé hasta que límites puede llegar la pobreza, kilómetros y kilómetros (43,5km2) de chatarra que arropan a casi un millón y medio de personas. Una ciudad con todas sus letras, donde las drogas, las bandas callejeras, la pobreza, la desolación, el hambre, la insalubridad y el desempleo son sus vecinos más reputados.

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Las banastas se amontonan prácticamente en cada puerta, ayudando a pasar el tiempo a sus inquilinos. Los niños gozan de recreo continuo, apostaría que hay más correteando por las calles que dentro de las aulas (me cuentan que se hacen muy aburridas las horas cuando el único caramelo es un libro, de hecho, las clases no cuentan con ningún tipo de material y los descansos se pasan junto a las piedras). Los perros rebuscan en la basura con la esperanza de probar un bocado que se resiste. Miradas perdidas, sándwiches de aire (entre pan y pan: imaginación), retretes comunes, zapatillas perdidas, abrevaderos en pésimas condiciones y parabólicas sintonizadas. Esa es la fotografía de la pobreza en un día soleado. Una instantánea que no cambiará mi vida, seguramente tampoco lo haga con mis hábitos, pero mi conciencia ha quedado marcada. Tras el primer día en Khayelitsha no pude dejar de preguntarme: ¿por qué ellos y no yo? ¿por qué España y no Sudáfrica? ¿por qué tantas diferencias? Aún no he encontrado respuestas y no creo que lo haga, sólo impotencia. Nací en un lugar y una posición que no me han dejado pasar esos apuros. En el camino de vuelta a mi ‘host house’ (casa de acogida) me lo recriminaba una y otra vez, me castigaba por huir, por no tener que sufrir esas penurias, por haber vivido con los ojos cerrados mirando de frente a la opulencia de una sociedad que premia al avaro y se ensaña con el oprimido. Contaba cada euro derrochado en la noche madrileña, cada bocado arrebatado a una de esas familias que había mirado cara a cara, cada capricho de más y cada segundo desaprovechado. De la inoperancia a la culpa y de nuevo camino a la frustración. Es difícil asimilar que por mucho que hagas no será nada, que mientras unos naden en abundancia otros sueñan con migajas y que esto es condición sine qua non. Demasiada penitencia para un solo día, aunque a veces creo que es el peaje mínimo que uno debe pagar para calmar sus remordimientos. Tributo necesario si tenemos en cuenta que Khayelitsha me ha aportado más en un día de lo que yo pueda dejar en esta colosal ciudad de miseria. Aún me quedan muchas jornadas entre tanta chabola, tiempo que pasaré junto a más de una veintena de jóvenes. Adolescentes que luchan contra su propia realidad. Las drogas, la delincuencia y las peleas callejeras les acosan y tratan de embaucarles.

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City Mission y el proyecto Street Soccer intenta abrirles una ventana de esperanza a través del fútbol. Dumi (uno de los trabajadores de la ONG) y yo nos repetimos que mientras gastan su tiempo con el balón no se están matando, robando o drogando y cuanto más les cansemos, menos fuerza les quedarán para cruzar la verja. En realidad el propósito tiene miras mayores y trata de guiar a los jóvenes a través del balompié, enseñando disciplina, orden, respeto y, por supuesto, alejarles de los malos hábitos. Creando, además, líderes con los que guiarse y modelos en los que verse reflejados algún día. Yo soy un pequeño eslabón que se ha unido a una cadena robusta y bien forjada. Una pieza que trata de no molestar mientras aprovecha este máster en humanidad. Disfruto de cada minuto en Khayelitsha, juego al fútbol como uno más, doy órdenes en mi papel de ‘coach’ (entrenador) y pienso pasatiempos con los que hacer más entretenidas cada una de nuestras horas. No es mucho, pero viendo la ilusión con la que me han recibido llego cada día a ‘The Killing Field’ (el nombre de la cancha donde nos entrenamos) con unas ganas enormes. Llegan las dos y cierro la puerta de un trastero deshecho. Salgo de ese gigantesco enjambre de desamparo y me marcho hacia la ‘City’. Por el pasillo voy dejando atrás otros desvanes en idénticas condiciones (los ‘township’ de Mfuleni, Philippi, Nianga, Gugulethu o Langa). El resto del día lo paso al cobijo de un destino que ha querido sonreírme, mientras otros tratan de matar las horas sin que éstas les maten a ellos.

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Quiero que estas líneas signifiquen un GRACIAS para este huracán. Unas palabras de admiración hacia su gente, un guiño hacia quienes son capaces de darse la vuelta y mirar atrás y una vergüenza para aquellos que permiten que esta situación no tenga solución. No pongo nombres, tampoco me excluyo, sólo pido que se dedique un pequeño instante a reflexionar. Fdo: Lukhanyiso

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