Se despertó de nuevo en plena noche. Alborotado y cansado, como siempre que moría al despertar en brazos de Iquelo, respiró sin confusión pero con la tensión a la que estaba acostumbrado. Mientras sus ojos se adaptaban a la ausencia de luz de su cuarto, revivía otra vez su pesadilla con el miedo que le abordaba desde hacía años.
Cada mañana amanecía desnudo entre sus pesares, hundido en la ceniza de mil antiguos incendios que nunca había sabido superar. Vestía ajustando la ropa a su piel marmórea, soñando, esta vez despierto, que aquélla le salvaría de su insano infierno. Sus palabras eran rudas, sin saber que su dolor flotaba en cada una de ellas. Pero creía en esa fuerza absurda que le deslizaba hacia la masa con el único objetivo de sobresalir entre ella. Protegerse y alzarse. Ganar la batalla vacía.
Sin embargo, él no era aquella clase de chico. No podía pertenecer a tal estúpido colectivo, no sobreviviría más pasado entre tanto presente. Tan lleno estaba de ataques, que caía en el olvido la defensa de su alma. Debía cambiar sus armas por un nuevo escenario y rebelarse para liberar sus heridas. Debía escapar.