EL ÚLTIMO HABITANTE DE LA LUNA

¿Quién dice que la Luna no ha estado nunca habitada? Después de lo que os voy a contar conoceréis la historia del último habitante de la Luna, la pulga Raimundo.

La pulga Raimundo pertenecía a la especie de la pulga lunar, que poblaba la Luna desde el principio de los tiempos, desde antes incluso de ser ésta satélite de la Tierra, cuando aún giraba como un planeta independiente alrededor del Sol.

Esta roca ahora inerte y gris era en aquella época un floreciente vergel, con numerosísimos manantiales de agua cristalina y extraordinarias praderas de riquísima hierba, que era el único alimento de la pulga. Las pulgas lunares eran seres pequeñísimos y muy juguetones, que en nada se asemejaban a nuestras molestas pulgas terrestres, salvo por el hecho de su extraordinaria facultad para el salto. Tan fabulosos eran sus saltos, que podían trasladarse con un simple brinco de un hemisferio al otro sin necesidad de posarse.

Os preguntaréis. ¿Cómo es que no salían despedidas al espacio con tan increíbles saltos? Pues no lo hacían porque la Luna en aquella época poseía gravedad y tenía, envolviéndola, una gruesa y densa atmósfera que la hacía habitable. Pero ambos atributos le fueron usurpados por la Tierra, que era la hermana fea de la Luna. Sólo por pura envidia y aprovechando su mayor tamaño, apartó la Tierra de un codazo a Selene de su órbita cuando ésta tomaba la curva más difícil en su camino espacial alrededor del Sol, camino que ocupó rápidamente la adulta Tierra, quedando la Luna a su merced como mera acompañante. A partir de éste momento la Tierra empezó a engordar de orgullo y Selene (que había pasado a llamarse Luna, Lu de luto y na de nada) fue perdiendo una a una todas sus riquezas.

Primero perdió su gravedad debido a haber salido de su estatus gravitacional con respecto a los demás miembros astrales, y este hecho motivó a su vez que la atmósfera huyera de ella atraída por la cada vez más pesada Tierra, arrastrando agua, plantas y gran parte de las pulgas, que en su mayoría murieron achicharradas al entrar en la prestada atmósfera terráquea. De las que sobrevivieron descienden las pulgas terrestres, que se dedican a picar y molestar a perros y personas.

Las pulgas que quedaron en la desértica Luna no corrieron mejor suerte, y no os creáis que su peligro más inminente era la falta de alimento o la falta de oxígeno, no, puesto que las pulgas lunares eran capaces de resistir años y años sin probar bocado y sin respirar.

Lo que acabó realmente con ellas fue su naturaleza saltarina. Su hasta entonces prodigiosa habilidad acrobática se convirtió en su tumba. Una vez perdida la gravedad lunar y sin impedimento por parte de la atmósfera, cualquier partícula que sobrepasara la velocidad de 2,38 Km/h saldría despedida al espacio, pero las pulgas lunares podían superar esta velocidad mil veces. Nuestras pulgas lo sabían, pero no podían reprimir sus saltos. Como en el caso del escorpión, que aún a riesgo de su propia vida y debido a su naturaleza siempre picará, la innata capacidad saltarina de las pulgas superaba su instinto de supervivencia. Esto les sucedió a las selenitas pulgas, que aun sabiendo de su muerte segura no podían reprimir el saltar y por ello, una a una, fueron saliendo disparadas al espacio cual cohetes.

Así, en pocos años sucumbieron todas las pulgas, salvo unas pocas. ¿Os podéis imaginar cuáles? Efectivamente aquellas que no podían saltar: las pulgas bebe, las pulgas viejas y las pulgas cojas.

Nuestra amiga Raimundo, pertenecía a este último grupo, que en el momento de la tragedia, se constituyó como el último grupo candidato a perdurar en la Luna. Y así fue, puesto que las viejas (todas achacosas, con reúma y artritis) duraron poco, y las pulgas bebe cuando crecieron y llamadas por su naturaleza saltimbanqui salieron despedidas al espacio a mayor velocidad que sus progenitoras, debido a su impetuosa juventud.

En este punto, en la Luna ya sólo quedaban unos pocos habitantes aborígenes de la, en otra época boyante Selene, pero constituían un poco apreciable

representación de la otrora floreciente especie de las pulgas lunares. Pero como las desgracias nunca vienen solas, he de decir que también las pulgas pronto empezaron a tener sensibles bajas. ¿Y a qué creéis que fue debido? os daré una pista… Casi todo lo que llega a un planeta con atmósfera se desintegra antes de tocar el suelo. Efectivamente, las pulgas cojas murieron aplastadas por la ingente cantidad de meteoritos, partículas y demás basura espacial que reiteradamente fue colisionando con la superficie lunar, una vez que esta estuvo privada de su atmósfera, que hasta entonces había constituido una extraordinaria barrera natural. Quedaban tan aplastaditas las pulgas cojas que así murieron, que ni el más experto de los paleontólogos hubiera podido reconocer sus restos.

Llegamos pues en nuestra historia al octavo día del año Lunar 2.556.333 después de Don Pulgón, que correspondería a nuestro calendario con mediados de 1969 d.C.

En este punto en la Luna sólo quedaba una única Pulga Lunar superviviente

“La Pulga Raimundo”.

Iba caminado nuestra amiga (eso sí cojeando), mientras meditaba sobre su destino. Recordaba su época joven cuando podía saltar, y cuando la Luna aún se llamaba Selene. Pensaba en su primer amor, la Pulga Segismunda, con la que tanto había compartido, -¿dónde estará la pobre?-. Quizá vagando en dirección a Andrómeda. Rememoró también su accidente cuando se quedó coja mientras intentaba saltar la montaña más alta de Selene y lo duro que resultó su vida desde entonces, en que pasó a ser el hazmerreír y el bufón de sus antiguas amigas. Pensó que después de todo, ahora no estaba tan mal, era la reina de la Luna. El hecho de ser coja ya no le impedía tener toda la extensión de roca Lunar que tuviera delante de sus antenas, por muy desolada que se encontrara.

Mientras esto meditaba sintió un gran estruendo y el suelo tembló bajo sus patitas. De pronto alzó la mirada, y en décimas de segundo, algo que le pareció como un enorme meteorito alargado cayó sobre ella, aplastándola.

Todo quedó casi en silencio, sólo un tenue bufido se percibía a lo lejos y dos bultos grises dando saltos ridículos se alejaron torpemente de dónde quedó el cadáver aplastado de nuestra amiga. En la NASA no se percibió la caída de ningún meteorito aquél día ni si quiera del tamaño de una canica, y era extraño, teniendo en cuenta que en esos momentos el punto más vigilado del espacio por parte de los habitantes de la Tierra era precisamente el mismo en el que se encontraba nuestra desgraciada Pulga en el instante de morir.

Así acabó la Pulga Raimundo y la vida en la Luna. Si alguna vez veis la foto de la pisada del primer hombre que hoyó la Luna, fijaos en la zona trasera izquierda de la huella, a la altura del talón de la bota. Allí parece percibirse una sombra algo más oscura que el resto. En principio, la mancha no parece tener una forma definida, pero si os fijáis con detenimiento o ayudados por una lupa, os daréis cuenta que la sombra no es ni más ni menos que el cadáver de la Pulga Raimundo, que parece que así quiso dejar como epitafio aquello de “fui pisoteada hasta el final de mis días”.

Después de todo, a que científico loco se le hubiera ocurrido estudiar restos de vida sobre una de las huellas que dejara Neil Armstrong.

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