Sus ojos estaban enardecidos por la emoción y la adrenalina, su cuerpo parecía flotar y despejar sobre una pista aérea. El éxtasis lo embriagaba con un esplendor especial, su mente divagaba en mundos extraños y desconocidos habitados por seres fantásticos y jocosos que se mofaban de él con una gracia luciferina. Su mirada desorbitada me divisaba con recelo, me observaba meticulosamente, como si no supiera quien era y se reía. Estaba segura de que esas carcajadas endemoniadas no eran por mi aspecto angelical, sino por el efecto de no sé qué.
Algunos seres lo señalaban y hacían juicios sin fundamento, pero a él parecían no importarle en absoluto. Las críticas de su comportamiento inmoral no cesaban y el continuaba riendo profusamente, todos lo miraban como si fuera un demente. Alguien se acercó a ese ser que extendía los brazos dando vueltas sobre sí, totalmente extasiado e inmensamente feliz, su voz no era la misma y de ella ya no emanaban palabras triviales sino poesía, que no era cualquier poesía, por fin aquel ser se atrevió a preguntarle ¿usted está loco?. El aludido solo se limitó a asentir y de pronto soltó una carcajada. Ellos lo miraban extrañados, con ojos prejuiciosos, algunos otros se reían de él como si fuera un paquidermo en un circo, pero estaba en un trance magnánimo, de pronto para sorpresa de los presentes, él emergió corriendo de entre la muchedumbre y empezó a saltar como un niño emocionado, descontrolado, intrigado y feliz que se alejaba poco a poco hasta que desapareció ante la mirada de los que aún lo observaban.