El mundo no nació con fronteras. No había muros ni murallas, vallas kilométricas, cercas que acababan en lanzas ni metralletas que dispararan odio. Tampoco había dictadores, religiones que defendían mares bañados en sangre, familias divididas, vecinos enemigos. No había ambición ni engaño en billetes de quinientos, ni sobres sospechosos, ni cartas de despedida.
Lo que sí había eran humanos, la única especie capaz de convertir el paraíso en un infierno sin salida, sin vuelta atrás. ¿En qué nos estamos convirtiendo? Cada día que sumamos hay más gente, y menos personas. El odio no puede ser más fuerte que el amor, más fuerte que la unidad, que el apoyo mutuo y la felicidad. Por qué siempre yo, siempre más, siempre mejor sin importarme las cenizas que deje por el camino. No es un yo, es un nosotros. Es un todos somos uno, todos somos iguales, todos somos más fuertes, más libres.
El viento nos comunica a todos, hace de un mundo dividido uno solo. Todos vivimos bajo el mismo cielo, y bajo la misma luna. Bajo las mismas estrellas. El mismo sol. Y sin embargo, parece que competimos por defender que nuestro cielo es más azul, que nuestra luna enamora más. Gritamos que tenemos más estrellas que nadie y que nuestro sol brilla más cada día. Dejemos la hipocresía a un lado y empecemos a pensar que si todos tenemos el mismo cielo, la misma luna, las mismas estrellas y el mismo sol, no será por casualidad.
Julia Aramburu