Los Cautivos

«¿Y usted jefe?»-preguntó el vigilante del estacionamiento al soldado que se acababa el cigarrillo que fumaba, junto a la camioneta cuatro por cuatro que estaba al lado de carga y doble cabina, con aquellos tubos fijos a través de la soldadura para que vayan allí arremolinados a altas velocidades sentados en la caja.

«Aquí nada más, esperando la hora de los sustos»- aquella hora empieza justo después del atardecer, en ese momento se dice en mi ciudad, «el diablo se regresa a su cueva», aquí hasta los perros tienen miedo de ladrar, por que del tártaro, allá en las montañas, bajan aquellas bestias, y se depositan en las calles, envueltos en un manto de corrupción e impunidad, lazándose con todo lo que tienen contra las fuerzas del orden y civiles por igual, dejando un rastro de tragedia y dolor donde se paran, incontenibles, indolentes, y para muchos de nosotros, intocables.
«Ah pues, que le vaya bien mi sargento»- le repite el vigilante del estacionamiento sin saber bien a bien que decirle al hombre que mira pisar el cigarrillo, porque él sabe que lo que cuida no interesa, y aún así prefiere hacer la vista gorda si ve algo raro, porque el que «canta como canario le hacen obituario», antes, durante muchos años pensamos que la ley que allí se aplicaba era la del mas fuerte, ¡cuán equivocados estábamos! por que la que aprendimos de memoria, es la del más cruel, y esa damas y caballeros, nadie se la quiere saber, puesto que sin duda entra desgarrando la piel y los sueños, y se va goteando vida.

«Pues a ver si hoy hay baile»- le dice el sargento casi sin inmutarse antes de silbar con fuerza y mover a la tropa a las camionetas, para salir en caravana a buscar y no querer encontrar, porque de cenar en la frontera, hay casi siempre ensalada de plomo, todos se suben ya después de haber rezado, y algunos, los que tienen suerte, hablado con sus familia antes de perderse en ese laberinto de asfalto, crimen y castigo, de expediciones punitivas con máscara de ley, a machacarse unos a otros, y para algunos entrar a las fauces de lobo para no ver la luz de la siguiente mañana, y así día tras día, y noche tras noche.

«Sargento, le llaman de la base»- le avisa el cabo, pasándole el radio al oído mientras el vuelve a sacar el fusil por la ventana por que nunca se es demasiado precavido, la obscuridad en las calles a las que mira el cabo por la ventana haría contrita el alma de cualquiera, tratando de ver alguna señal que pudiera despertar la alerta y ser el más rápido con el gatillo, el sargento recibe la llamada, sigue al parecer sin inmutarse, pero es rápido con la mano y saca un mapa, lo mira, responde con monosílabos o preguntas cortas «si», «ajá», «¿cuántos?», «¿que traen?», baja el radio, mira al soldado que conduce el blindado, le da la nueva dirección, el soldado lo mira con duda, pero asiente y cambia de rumbo.

«¡Ya nos invitaron a un baile caballeros!, ¡todos listos!, ¡cero miedo!»- exclama por la radio el sargento, un «¡hurra!» tímido sale del altavoz y entra a los oídos del sargento, cero miedo habían dicho, todos como autómatas se miran el chaleco, tocándose el pecho, contando, «un cargador para Ramírez», «linterna para Morales» y demás indicaciones se van dando entre la tropa, por camionetas, todas en la caravana.

«Entramos en cinco señores, vamos con todo»- dice el sargento por la radio, y en ese momento entran todos en una cuenta final, algunos mascullan los padres nuestros, incontables que se han recitado en nuestra ciudad y en nuestras noches, todos miran los cerrojos y ven que ya tienen la bala en la recámara, a lo lejos se oye la nada, los motores rugen con más fuerza, todos callados, todos concentrados, todos con la vista al frente, todos con las manos firmes pero sudorosas, las respiraciones mas agitadas, los pechos latiendo con fuerza, cerrando los ojos dos segundos, y abriéndolos con la mirada en el cielo, y tratando de escuchar, pero sólo resopla el viento con compases de silencios, las camionetas dan vuelta en una esquina.

Y así empieza, el juicio final de todos lo que ahí están, con el traqueteo de las automáticas, ensordeciendo a los vecinos, todas las ráfagas hacia un portal, chirriando cuando rebotan contra el metal de la puerta que protege la casa, de allí también escupen fuego las serpientes de las bestias, y van con todo, tres minutos, y las respiraciones están al límite, los corazones se quieren salir de los pechos, cinco minutos, gritos, órdenes, algún alarido, quejas acalladas por las ráfagas renuentes a detenerse, las sirenas a lo lejos, al parecer llegan los refuerzos.

«Está bueno el baile mi sargento»- le dice el cabo, diez minutos, recargando la espalda en la camioneta que sirve de protección, el sargento lo mira agazapado, le da otros dos cargadores, los vidrios vuelan y sigue el debate mortal de las serpientes, escupiéndose el fuego, lanzando argumentos de plomo, con el tintineo que se confundiría con un xilófono en una orquesta si no supiéramos que son casquillos golpeando el suelo, vituallándose, viran ambos con la mira arriba tratando de cazar los destellos de las serpientes que son de las bestias,doce minutos, con argumentos igual de veloces, igual de contundentes, expansivos, recortados.

«¡Ya calló! ¡adentro! ¡adentro!»- grita el cabo,quince minutos, y el portón de metal cedido ante la arremetida se descompone, dentro subyace la obscuridad, y las serpientes callan por un momento, el silencio hace presa a todos lo que allí están, se pone el cabo al frente, la tropa detrás y el sargento fuera, para ver a los que han sido alcanzados por los argumentos de las bestias, algunos alaridos, y gritos que ahora se hacen presentes, las sirenas siguen en camino, dentro de la casa el cabo la recorre, «lo peor no ha pasado» se repite en la cabeza, continúa, con la linterna viva, mira los rastros de vida dejados por las bestias, y algunas de ellas yacen para descansar eternamente, sin inmutarse por ellas continúa por la casa, llegan a una puerta,dieciocho minutos.

«¿Cuantos fueron?»-pregunta el sargento al cabo, seis y dos que tienen en el nosocomio, «¿y los otros?» pregunta el sargento impaciente, «todos bien» responde el cabo, «una mujer y dos hombres, se ve que llevaban poco», el sargento asiente, vira hacia las ambulancias, y el cabo sabe que también se pagó un precio, «uno,después hablo con los suyos» dice el sargento,con desaire, todos repasando la terrible memoria de lo que acababa de pasar, todos pensando en qué acababa de pasar, ahora es cuando se vive el momento, es curioso, sólo hasta que acaba de pasar, te das cuenta que se terminó el baile.
«Bien hecho sargento»- le dice un teniente de policía que llegó al lugar poco después de que acabara todo, le estrecha la mano, «llevaremos a los cautivos a la comisaría»,trámites, y después serían entregados a las familias, con todas las secuelas de aquella hórrida experiencia.

Al día siguiente una mujer con un carrito de comida casera enfrente de donde los cautivos fueron rescatados, vende sus productos a precios módicos, anonadada por la escena, rodeada de agentes que le hacen el día, se pregunta que pasó, quizás halla sido el escándalo que se escuchó ayer, «estuvo fea esta vez», se repite en la mente mientras hace las sumas de lo que le vende a los que cubren doble turno, los niños van a la escuela acompañados de sus padres, viendo la escena posterior, pensando que van a contar la historia a sus compañeritos, o quizás ya lo sepan, aquí las noticias corren como el miedo, rápidas, desdibujadas algunas, o exageradas otras, todo un teléfono descompuesto en la ciudad.
Así vivimos, cautivos, deseando la libertad de antes, los recuerdos de ayer, las melodías en las plazas, y los enamorados en los parques,las mesas completas, cuanto todos en casa nos preguntamos ¿Quien dio la orden de cambiar el mundo?

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