EL HOMBRE PERDIDO

Érase una vez un hombre perdido.

Estaba perdido en el mundo desde el día en que supo que estaba solo. Recordaba en sus vagabundeos el momento en el que quedó así. Fue en una noche despejada, con un cielo cuajado de estrellas y una luna que bañaba la tierra de pálido azul. Paseaban los dos juntos, su locura y él, acompañándose en silencio. Se encontraba feliz con ella. Nunca le fallaba; nunca le faltaba. Guiaba sus pasos ante el miedo, le hacía desafiar al día a día a duelos a muerte, se reían juntos de lo común y del tedio. Soñaban con los futuros más inverosímiles, retándose a inventar las historias de sus vidas una y otra vez. Disfrutaba ante sus ocurrencias, y quedaba prendado de su risa cómplice cuando adivinaba sus pensamientos. Era la persona más afortunada al sentir su calor mientras dormía, siempre le consolaba acariciando sus cabellos y le susurraba palabras de aliento al oído tras la desdicha. Se sonrió al pensar en su amante, y cerró los ojos para compartir con ella aquella brisa de una noche de verano. Y mirándola besó sus labios carnosos, henchidos de jugo vital y de energía.

Pero unos ojos celosos les contemplaban. La prudencia, la madurez y la responsabilidad llevaban tiempo siguiéndoles. Le querían a él, su juventud, su fuerza y su calor. Habían estado haciéndose fuertes en un rincón de su mente, maquinando cómo atacar, odiando en su destierro a la dulce locura. En esa noche aciaga llegó su momento, aunque el hombre amado, ahora el hombre perdido, no supo ver la tragedia que se cernía sobre él.

La besó como nunca antes, sintiendo que era la última vez, mordiendo su carne, desgarrando su corazón en un apasionado abrazo. Al tiempo que apretaban sus cuerpos inflamados, lloraba. Se mezclaron en su piel el sudor de la lucha y la sangre derramada. Corrieron por sus mejillas lágrimas derrotadas, saladas, cálidas. Se amaron, se despidieron. No comprendió el porqué le abandonaba, pero al abrir los ojos de nuevo, ya no quedaba más que muerte en el mundo. Ella no estaba. Contempló por enésima vez su soledad y lloró, vaciándose en un grito de comprensión y horror. Ya no tenía ante sí una vida, sino realidad, sucia y fría.

Cuentan que esa noche, desgarrando su alma y retando al cielo, prometió buscar a su amor hasta la muerte. Viajaría a los rincones más oscuros del mundo, trataría con las sensaciones más profundas y peligrosas, probaría los venenos más mortales y nadaría en los ojos de todas las mujeres tratando de encontrar alguna pista, algún latido que reviviera la locura.

Nadie llenó de sonrisas su tez cansada. Él ahora sólo camina. Abandonado. Dicen que sigue vagando condenado a una eterna soledad, que luce como un hombre común y corriente, pero su mirada infunde terror a quien osa retarla. Porque en sus pupilas se haya la más insondable de las tristezas desde el día en que supo que era un hombre cuerdo.

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