Parte del estilo deconstructivo, romántico y realista que tienen los cuentos de Roxana Heise, derivan sin duda de un estilo pictórico que tiene profundas raíces en el feminismo más profundo de la escuela de Virginia Woolf, Gabriela Mistral y Simone De Beauvoir, entre otras grandes referentes. Los cuentos de Heise despiertan en el lector, una sorpresa mágica, necesaria, dúctil, extraña, que no deja de plantearnos muchas preguntas: ¿cuál es la vertiente que separa a la mera anécdota de un cuento repleto de ambigüedades, ironías, o qué es lo que se espera de un ‘microcuento’ que no lleva más de tres líneas? ¿Qué trasfondos, estética, superrobjetivo, tienen? ¿Cuál es el punto de su autora: desafiar la estructura literaria como tal, o sencillamente desafiar los estándares del lector medio de nuestro escuálido panorama nacional a través de los prismas sexistas, paradójicos y cotidianos de las relaciones humanas? En los cuentos de Roxana Heise, hay mucha duda y trasfondo que parece responder a un prístino y fresco aullido de género más que un fascinante aullido de literatura orgánica, sincera y sintetizada, desde los rincones del Sur de Chile. Algo que se agradece mucho.
1- EL MICROCUENTO COMO GÉNERO: CAPAS, ESTILO E IMPACTO.
Los microcuentos no son un género literario muy conocido, aunque sí muy cultivado y mucho más prolífico de lo que uno imagina, sobretodo cuando uno lee “El lunar y otros cuentos” de Roxana Heise. Es un ejercicio difícil, enriquecedor (para el escritor y el lector) y que pone a prueba muchos detalles incisivos como la capacidad de resumir, la abreviación del relato, el superobjetivo, el pensamiento y sobretodo con estilo, porque con no más de 10 líneas hay que lograr que el lector se conmueva el mínimo con la historia contada, lograr que la pequeña narración tenga consistencia e interese desde un adyacente hook (o gancho, como también se le conoce). La poesía, por ejemplo, tiene un poder similar, aunque la prosa se puede extender, alargar como manantial, y el efecto sobre el lector se puede dilatar más; en el microcuento, el efecto es como una terapia de electricidad, como una jeringa directamente a la piel: es inmediato. Lo que hace la autora en definitiva es mermar al máximo una historia tremendamente complicada y reducirla a un estado mental, a una cápsula emotiva llena de fisuras, vaguedad y sarcasmo, que traspasa todos los cuentos, unos más extensos que otros.
El microcuento, en definitiva, funciona. En otros parece quizás ser una anécdota furtiva, de detalles jocosos destinados al álbum familiar de mala muerte, como una rematada fotocopia con garabatos fáciles y sin mucha orgía gramatical o alguna sorpresa lingüística o improvisada, una especie de ‘boom’ en la prosa (la narración en sí de todos los cuentos y microcuentos es clásicamente estructurada), pero Heise impone un jalón burlesco, sutil, desenmascarado, al relatar muchas situaciones (sobretodo desde el punto de vista de la mujer), que parecen estar invisibilizadas todo el tiempo.
El drama psicológico, la represión del género femenino (aspecto muy importante que empapa todo el libro), el diario vivir agrio, todo se maquilla y se relata con mucha parodia y se logra un exorcismo fresco de rabia, represión y sordera, creando una obra precisa y punzante, que escapa de toda la literatura ‘femenina’ de masas, o capitalizada, donde podríamos meter a Allende, Serrano, entre muchas otras.
El estadounidense Ambrose Bierce en su “Diccionario del diablo” (1911), uno de los libros clásicos de la irreverencia, define a la sátira como: (…) “Especie de composición literaria en que los vicios y locuras de los enemigos del autor son expuestos sin demasiada ternura. En los Estados Unidos, la sátira ha tenido siempre una existencia enfermiza e incierta, porque su esencia es el
ingenio del que estamos penosamente desprovistos; el humor que tomamos por sátira es, como todo humor, tolerante y simpático. Además, aunque los norteamericanos han sido dotados por su Creador de abundantes vicios y locuras, suelen ignorar que se trata de cualidades reprochables. De ahí que el autor satírico sea considerado villano amargado y que los gritos de cualquiera de sus víctimas, pidiendo defensores, obtengan el apoyo nacional.”
En microcuentos como “Escarabajo”, Roxana Heise comprime en menos de cinco líneas una situación universal como la del convertirse en un mero insecto ‘social’ y ‘esquemático’ del capitalismo más brutal (algo que recuerda además el fetiche literario de “La metamorfosis” de Kafka), desde el recuerdo y la nostalgia pueril. El escarabajo, el bicho al que se refiere su autora (y quizás inherentemente en muchos de los trabajos que conforman “El lunar…”), es lisa y llanamente ese fantasma de la normalidad que viene en el envase de la comodidad del patriarcado, el matrimonio, la cultura estrictamente masculina que se hace trizas. Y aunque a lo largo de todos los relatos, la escritora desprende siempre ese ‘recuerdo’ y lo masacra a través del prisma de la ironía, en ningún momento podríamos considerarla como una ‘villana amargada’, como la que describe el otrora satírico de Bierce. Es todo lo contrario. La villana de Heise es una villana que se manifiesta de forma natural ante el desconcierto del ser humano tan demente que es parte del cotidiano: nadie en esta tierra es puramente bueno ni malo, sino que estamos condenados a ser sujetos de luces y oscuridad, de resplandor y sombras. En los microcuentos de Heise, donde rebosan objetos recurrentes y fetiches como los hijos, el alcohol (que recuerda en muchos microcuentos, la adaptación cinematográfica de “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, con Elizabeth Taylor y Richard Burton, donde el trago, el desmán y el desgaste de la relación de pareja son tópicos hechos trizas y se explayan en abundancia), las copas, el maquillaje, el dolor, las lágrimas, la rotura, las calles, los perfumes, y un largo etcétera, está el reino de la imperfección, y es el reino de la normalidad vigente que tenemos en nuestra sociedad bipolar: Chile de karmas, de hombres tontos, de mujeres sufrientes, de hombres que no aprecian, de mujeres que son despreciadas, y así.
Claramente estamos sintonizados en el lenguaje burlón y conciso, como en “Cenicienta”, donde la arenga del mismo título permite dar una lectura profundamente cínica y reprochable a la naturaleza misma del famoso ‘cuento de hadas’, donde se presenta la mujer como objeto y se ofrece como un pedazo de fantasía ante el sistema sexista normativo; “ella decidió ocultar la intencionalidad para no desmitificar su imagen” escribe su autora, y sin duda logra hacer trizas la imagen preconcebida de la Cenicienta que todos conocemos culturalmente por los hermanos Grimm y por Disney, y la que nos describe acá en pocas líneas. La gracia del microcuento, en este caso, y que hace a la obra de Heise algo refrescante, es que desde la primera línea nos somete a un escenario en primera instancia ‘prístino’, algo ya familiar, conocido, cómodo, para después rematarlo con una daga en el pecho y una vuelta de tuerca que quizás muchas lectoras mujeres de un mismo rango generacional alabarían. O liquidarían.
Tampoco deja de ser extraño (y sumamente interesante) que en cuentos como “Por mera casualidad”, la autora hace referencia a ‘Getsemaní”, que fonética y culturamente la podemos relacionar con 3 bordes totalmente radicales: uno, es que es el título de una canción del popular rompecorazoneskitsch Camilo Sesto; segundo, es el nombre mismo de Getsemaní que fue el jardín donde, según los registros del Nuevo Testamento, Jesús oró la última noche antes de ser arrestado; y tercero, es que el mismo nombre es muy similar al nombre de ‘Gelsomina’, el conmovedor personaje de Giuletta Masina en la película de Federico Fellini “La Strada”, donde hace de payaso y en donde (más coincidentemente) hace el rol de una mujer sumisa y deplorable a manos de un hombre tosco y bruto (Anthony Quinn) que finalmente pierde cuando fallece; en cuentos como ése, Heise convoca a una fantasía recurrente del ‘qué pasaría si’, poniéndose siempre en supuestos, en tesis, en hipérboles
que resultan crueles, tristes, melodramáticas, con una poesía dolorosa, auténtica y patética que no ha perdido ápice en siglos. La historia es cíclica. Y al parecer todas las historias de amor y odio.
Lo que realiza la autora es tomar las riendas de las experiencias diarias, y sobretodo desde el punto de vista del género femenino, para dar un interesante discurso crítico hacia los pilares básicos de las relaciones de pareja, el trabajo, el sexo masculino, la injusticia, la paradoja de la vida y substancialmente del amor, y un abanico ecuménico y atemporal de escenarios que muchos calificarían quizás de unas ‘víctimas’, cuando en realidad son contextos que son parte fundamental, y no sólo del escenario de un país tan traumático y déspota como Chile, de nuestras sociedades fríamente calculadoras, asustadizas, pulcras, machistas, reprochables, que no dejan espacio para el desconcierto ni mucho menos para las sorpresas inherentes o los placeres reservados para las mujeres, independiente de su edad, raza, orientación, preferencias, credos, ornamentación, etcétera.