CINE DE PESO: breve análisis de la relación entre la báscula y el celuloide.
Aunque el vínculo entre el arte y la obesidad pueda sondearse ampliamente entre las diferentes disciplinas artísticas, como en las pinturas de esas famélicas mujeres desnudas del austriaco Egon Schiele o en las exageradas figuras rechonchas de Botero; Aunque, incluso, pueda descubrirse dicha relación en tiempos tan remotos como la Iberia prerrománica, en elaboraciones escultóricas de orondas damas que eran la viva imagen de una pretendida fertilidad, no hay área artística tan prolija en este sentido como la cinematográfica, a pesar del escaso espacio temporal desde su invención, de poco más de una centuria, periodo corto en el que, sin embargo, el tejido adiposo ha pasado a constituir (por su presencia o ausencia) la forma o fondo de innumerables tramas argumentales.
Conocemos obras -largometrajes de ficción, series o documentales- que tratan abiertamente sobre la obesidad, con diferente tono, en color o blanco y negro, con o sin sonido acompañante, en planos cortos o abiertos; Obras que visitan a esta enfermedad y a los personajes que la frecuentan desde una perspectiva bien diferente: Con la óptica descaradamente feista y marginal de “Precious”, con la visión terapéutico-festiva de los “Gordos” de Sánchez-Arévalo, desde la surrealista insalubridad y profunda tristeza del “Léolo” de Lauzon, con la comedia fácil de “Amor ciego” o del obeso Sherman en “El profesor chiflado”, o con el espíritu de denuncia social del reciente documental “SuperSizeMe”. El contenido central –o periférico-, mostrado abiertamente o insinuado de forma velada, es la gordura, la obesidad desde la que se pretende ahondar en sus causas, aunque también, quizá más aun, en sus consecuencias, en el sufrimiento asociado, físico y mental, mostrando así a personajes que padecen terriblemente por su causa: La comida, el hambre y el cuerpo excesivo como metáfora, en muchas ocasiones, de otros males inefables.
También hay autores que, si bien no han entretejido grasa en los ejes de su trama, pues tratan otros temas diferentes, sí que han utilizado algún gordo entre sus personajes, uso que obedece a un descarado y variable fin. Son obras en las que habitualmente el obeso es un poco el bufón, el risible que se oculta en las subtramas, de ahí que se asocie deliberada –e infelizmente- esta enfermedad con la injustificada mofa. Los ejemplos en este sentido son legión: desde el portentoso barbudo Bud Spencer, pasando por “El gordo y el flaco” o el “piraña” (mote apropiado para dichos fines) de la serie peninsular “Verano azul”.
Yendo un poco más lejos, pueden incluso ser rastreadas ciertas obras en las que se utiliza la volubilidad de la grasa como un fiel aliado de los efectos especiales. Son aquellas cintas en las que se narran los avatares de algún personaje, utilizando el cuerpo como metáfora del cambio -transición de una a otra parte o estado-, cambio desde luego más trascendental que la pura reordenación de adipocitos. Lo vimos en “Toro Salvaje”, con un Robert de Niro que hubo de engordan más de 30 kilogramos para encarnar –nunca mejor dicho- el fracaso y abandono vital del boxeador Jake la Motta; O en la más reciente “Naúfrago”, de Robert Zemeckis, en la que su protagonista sufre un considerable desengrasado a causa de la inanición en la isla en la que le toca sobrevivir.
Y es que, siguiendo este hilo conductor, aparecen también en muchas obras personajes gravemente desnutridos y famélicos. El hambre, conducta fundamental que está detrás de patologías como la anorexia o la bulimia nerviosa, también ha sido mostrada en toda su dura
expresión, en cintas escasamente conocidas, como “Hambre”, obra basada en el libro homónimo del noruego Knut Hamsun, donde se muestra la analogía entra la ausencia de alimentos y de suerte vital. O, en general, en la infinidad de obras cinematográficas sobre el Holocausto de los judíos en la Segunda Guerra Mundial, que tuvieron que sufrir privaciones alimentarias en infames campos de concentración, como bien se nos mostró en “La lista de Schindler”, “La zona gris” o “Campos de esperanza”. El hambre, necesidad básica de supervivencia, que puede despertar terribles dilemas morales, también se nos descubrió en la cruda “Viven”, donde unos chilenos debían decidir si, para sobrevivir, se comían o no a sus semejantes.
Este mismo hambre que lacera a quien lo padece y atormenta al espectador que lo observa ha sido utilizado como descarga emocional en obras más ligeras, leves no por el género al que pertenecen, desde luego, sino por la irrealidad y fantasía que las sustenta: son filmes sobre caníbales, tratados amablemente, como en la francesa “Delicatessen”, o vistos desde el manual de psicopatía, como en la española “Caníbal”. Se incluye aquí, además, a toda esa legión de zombies desangelados que, como proclamaban a “muerta” voz en los años sesenta en la que es, posiblemente, la inauguradora oficial de este subgénero de terror (me refiero a “La noche de los muertos vivientes”): “¡Cerebros vivos!”; Sí, cerebros vivos –decían con la mirada ausente-, frescos, anhelantes, enamorados, soñadores, cerebros vivos que atraer hacia unos cuerpos ya vacíos e inermes.
Miguel Biscaia, Profesor Titular de Fisiología de la UEM.