En casa otra vez

Mientras retozaba bajo las acacias, en una hamaca que había comprado en Brasil, con los pies cruzados, haciendo anotaciones de sus cavilaciones filosóficas en una libreta con papel cuadriculado, se acerco su esposa, y emulandofielmente la Xantipa de Sócrates, le arranco de un tirón su cuaderno y lo quito de su abstracción, al tiempo que le pedía, con la dulzura de un digestivo italiano y con argumentos fáciles de derrumbar, que abandonara su comodidad y emprendiera la laboriosa tarea de ayudar con el mantenimiento del jardín trasero, arrancando los hierbajos y recortando el césped atestado de ortigas, que durante poco mas de 4 semanas había sido descuidado y producto de la época estival de esas latitudes, el patio de su casa se asimilaba a una selva tropical o una jungla africana en la margen del rio Congo.

Recién llegaba de unas pequeñas vacaciones (solamente 30 días en una isla del Caribe), pero no habían sido, los momentos de ocio, suficientes para extirparle la necesidad de continuar meditando sobre la naturaleza humana. Particularmente sus pensamientos habían sido enfocados en el producto de la costilla separada. Para hacer un culto a la verdad, es obligatorio dar mas precesiones sobre el rumbo de las reflexiones que ataviaban la mente del marido, y brindarle al lector un contexto histórico y geográfico de la génesis de tan transcendentales consideraciones.

Momento: 31 días atrás. Lugar: Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Catalizador: solicitud, que ella emitía, sobre el comportamiento esperado de él durante el viaje que estaban a punto de realizar. Al respecto es menester aclarar que el intercambio de miradas fue intenso y las promesas sobre catástrofes futuras que recaerían sobre su persona eran solo asimilables a las plagas que contribuyeron a la liberación del pueblo israelita, para el supuesto caso de que la requisitoria no fuera acatada. Seavergonzó al notar que algunos vecinos en los bancos del aeropuerto lo observaban compasivamente, aunque notoque dos o tres hombres sentían empatía. Le pareció una exageración que tales juramentos fueran propinados. Et voila, surgió un torbellino de especulaciones, teorías e hipótesis.

Volviendo a la necesaria profundización sobre el “rumbo de las reflexiones” a las que aludo anteriormente, el esposo, recordando El Banquete de Platón, incursionoen las distintas encomias que los asistentes a la mesa de Agamenón pronunciaron sobre el amor. Así fue que inspirado en la mitología griega se predispuso a convertirse, durante la estancia en la isla, en hieródula de su amada, tratando de morigerar las exacerbaciones de la versión de la costilla separada que acompañaba, en un intento de aprovechar él también los placeres que la diosa Afrodita representaba, entrando cuantas veces pudiera en una guerra entre un lampiño monte de venus que se dejaba adivinar con gracia tras la bikini y su tupida sínfisis.

Los días transcurrieron entre la playa, la cama y restaurantes étnicos locales. La tranquilidad de las jornadas y el placer carnal le dieron la calma que necesitaba para internarse en las tinieblas del pensamiento humano. Ya en la casa, tratando de transcribir las conclusiones a las que había arribado, siendo arrebatado de tan noble empresa por la indómita fiera que rugía ordenes y había sido el objeto de estudio principal, el marido, convertido por decreto en jardinero, la contemplo lascivamente, pues, a pesar de los improperios que le quitaban sensualidad, la piel bronceada por el sol que llega entre Cáncer y Capricornio más la sal del mar, tersa y joven, brillante por la transpiración de los quehaceres domésticos a los que ella estaba dedicada hacia solo unos momentos, a diferencia de él que “no hacia nada”, le produjeron una sensación libidinosa que se hizo visible y palpable; entonces procuro una reciprocidad que llego luego de besarla, convirtiéndose la hamaca en incomodo pero eficiente lecho para ambos cuerpos, que medio desnudos y medio vestidos, mecerían eurítmicamente los hilos que colgaban entre los árboles. La hazaña le valió de salvoconducto para eludir las responsabilidades impuestas. A la mañana siguiente sucederían dos cosas: llamaría a un jardinero profesional y abandonaría sus cavilaciones filosóficas, cambiándolas por el ajetreo cotidiano que sus responsabilidades laborales le devolvían.

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