Atrapadas en Blanco y Negro

Introducción: La vida es color

La vida es color, todo en ella está lleno de color, ¿no te has fijado?…Hay color por todos lado. Hay color en tu mirada, puedo verlo. También hay color en mis palabras. Hay color en cada gesto. Hay color en tus sueños, y en tus temores, y en tus lágrimas, y en tu risa…Te lo repito, ¡la vida es color y hay color por todos lados! Y te preguntarás, ¿de dónde sale tanto color? La respuesta es fácil, del corazón, cada latido está lleno de color, Hay latidos rojos, verdes, latidos azules, amarillos. Hay latidos naranjas, incluso latidos negros. Hay latidos morados y frecuentemente hay latidos blancos. Así late un corazón, o al menos así debería de ser, porque hay veces que el corazón enferma y sus latidos pierden color y entonces…Entonces la vida pierde color. Esto es lo que le pasó a Emilia. ¡Pobre Emilia!, ¡mira que pasarle a ella! Justamente a ella que tenía un corazón tan rojo. A ella que veía el color de la vida mejor que nadie. Mira que enfermar de esa manera.

Pero es que hay veces que sin darnos cuenta se nos borran los colores de la vida, y entonces vemos todo en blanco y negro. Y quedamos atrapados entre el negro y el blanco. Esto es lo que le pasó a Emilia. Pero será mejor que empecemos colorear esta historia desde el principio.

Domingo. Día Lila

Era un domingo, lo recuerdo perfectamente porque era un día lila. Ya sabes, uno de esos días en los que puede pasar cualquier cosa, y no hay día más lila en toda la semana que el domingo. Emilia llegó a aquel banco marrón, de aquella estación naranja, cinco minutos antes de la hora. Algo normal cuando se va con un corazón tan rojo y con una maleta azul tan llena de sueños. Emilia se sentó a esperarle, no podía tardar mucho, el tren salía a en punto. Sin embargo, él no vino a en punto, ni a en punto más media hora, ni a en punto más una hora,…Pero aun así Emilia decidió seguir esperando un puntito más, y esperó…. y lo esperó…. Al principio esperó en rojo, llena de deseo y esperanza. Después espero en naranja, esperó incluso en amarillo. Pero al final…al final la espera se volvió gris….Y él no vino…no vino y punto. Punto y seguido, porque en ese preciso instante algo paso dentro del corazón de Emilia. Fue entonces cuando todo empezó.

Lunes. Día Negro

Fue el lunes siguiente, cuando aquella señora mayor, gordita y de corazón verde, se fijo y descubrió el blanco y negro en la mirada de aquella joven de maleta azul, que como una estatua gris permanecía sentada en aquel banco marrón. Y fue ella, esa misma señora de corazón verde, la que aquel lunes tan negro, llamó a aquella ambulancia, que con su rápido rojo-naranja- rojo-naranja-naranja-rojo-naranja-rojo llevó a Emilia a aquel hospital tan blanco.

Muchas horas estuvieron aquellos blancos y verdes médicos estudiando a aquella gris Emilia. Examinaron sus ojos, su respiración, sus huesos, su voz y como no, su corazón. Lo cual, fue decisivo para emitir su negro diagnóstico. Emilia había perdido el color de la vida, su corazón estaba roto, atrapado entre el blanco y el negro. Debía ser ingresada, trasladada a la unidad de los corazones rotos. Ellos no podían hacer nada pero esperaban la llegada de un médico especializado en estos casos.

Martes. Día Blanco

En aquella sala blanca había otros corazones rotos: recuerdo a aquella mujer con el corazón roto porque él había decidido pintarle el cuerpo de morado, y aquella otra que había roto su corazón en un ataque de amarillísima envidia, y la que escondía su corazón bajo un manto de negrísimo luto, y la que no encontraba el verde de la vida, y la que confundió el azul de la amistad…, y entre ellas Emilia. Y todas allí, sentadas en aquella blanca sala. Y todas allí con el corazón conectado a aquel metálico aparato que rompía el silencio en un unísono latir en blanco y negro, blanco y negro, blanco y negro…

Miércoles. Día Azul

Le gustaba el azul así que llegó un miércoles. Aunque ese miércoles azul se dibujaba pintado de nubes grises que no paraban de mojar. El primero en entrar fue su latido, lo recuerdo muy bien, era fuerte, seguro, armonioso pero sin llegar a ser presuntuoso. Entró y calló al blanco y negro de la sala. Segundos después pasó él. Le gustaba el azul, así que simplemente dijo hola. Traía una maceta marrón, en la que crecía, o mejor dicho moría, una descoloría flor, ni roja ni rosa. Se dirigió a la solitaria ventana de la blanca sala, se asomó y miró el cielo. “Poco azul” – dijo. Se giró hacía la blanca pared del oscuro rincón. Dejó la descolorida flor en el apático suelo. Sacó de su verde bolsillo, ceras de colores y simplemente empezó a dibujar en aquella blanca pared de aquel oscuro rincón. Dibujo un cielo azul y un sol amarillísimo. Miró su dibujo y dijo – “Demasiado sol, podría secarla”. Y dicho esto, dibujo una blanca nube que tapo parcialmente aquel amarillísimo sol. Volvió a mirar el dibujo y dijo – “Necesitará agua”. Y a continuación, mojo la blanca nube con un ligero gris. Entonces dijo – “¡Perfecto!…Este es el lugar perfecto para nuestra flor. Recordad, si no os gusta lo que veis, cambiadlo, siempre podéis cambiar la realidad, pintadla a vuestra manera. Porque la realidad no es más que la pared blanca de un oscuro rincón”. Y esa noche, en la sala, por culpa del azul de una descolorida flor todos durmieron en Blanco-Negro-Azul-Blanco-Negro-Azul……

Jueves. Verde

A las once en punto, cinco segundos antes entró su latido, y luego…él. Primero miró la flor, luego a ellas y dijo – “Cada una lleváis un color que os pesa demasiado y que os impide ver los otros colores de la vida. Cada una de

vosotras creéis que vuestro color, vuestra pena, es la peor. Pero no es así. Hoy os enseñaré un truco”. Y entonces se dirigió hacía una de ellas y con un rapidísimo movimiento de manos le quitó su amarillo envidia, y en un visto y no visto hizo lo mismo con el morado de los ojos de otra, y con el negro lutísimo, y con el azul enemistad,…y por último fue hacía Emilia y le quitó su rojo rasgado. Y juntó todos los colores, e hizo una gran pelota. Y con el descaro de a quién le gusta el azul, jugó con ella. Jugó con sus penas, jugó con sus temores. Y dijo – “Vosotras también podéis hacerlo”. Y dicho esto les lanzo la colorida pelota. Y durante un buen rato azul estuvieron jugando con el marrón de sus penas… De pronto la pelota le llegó de nuevo a é, la cogió y dijo – “Y lo mejor de todo es que siempre podemos hacer esto” Y fue hacía la ventana, y la lanzó hacía fuera, borrándola para siempre de sus verdes miradas…Y sonrió. Y se fue. Y aquella noche en la sala ninguna quería dormirse, todas querían escuchar el negro-azul-verde-blanco, negro-azul-verde-blanco,… en sus corazones.

Viernes. Naranja

El naranja es un color necesario, pero en pequeñas dosis. Cuando uno tiene demasiado corre peligro porque el naranja se convierte en un color egoísta, ambicioso, mentiroso y tramposo. Por eso, aquel viernes naranja, él dijo – “A todas se os ha roto el corazón y por ese motivo ha crecido en vosotras un naranja que se refleja en vuestra cara. Hoy aprenderemos a ver el naranja y lo borraremos”. Y dicho esto les dio unos coloridos juegos de maquillaje. Mientras Emilia se maquillaba volvió a aquel banco, el de aquella estación de aquel domingo lila, y volvió a acordarse de aquel chico, y volvió a ver sus besos, y ahora con más claridad, ahora…. ahora sí lo veía…Aquellos besos que ella creía rojos eran naranjas, y aquel corazón que ella creía rojo era naranja. Y así se pasó la tarde volviendo y volviendo. Y así comprendió que no hay nada peor que un corazón naranja, porque parece rojo pero es naranja. Y volvió a volver una y otra vez. Y aquella noche no se escuchaba nada en la sala porque todas volvían. Porque, aunque es doloroso, es necesario volver a mirar la vida de ayer hoy, para así aprender a verla mañana. A veces hay que volver.

Sábado. Amarillo

Siempre llegaba a las once en punto, pero aquel sábado amarillo no fue a en punto, ni a en punto más una hora, ni en punto por la tarde, ni a en punto por la noche. Simplemente no fue. Y ellas estuvieron amarillas de impaciencia, e inventaron mil amarillas excusas, y se creyeron “amaríllamente” engañadas, “amaríllamente” abandonadas. Y finalmente se enfadaron en amarillo. Él no fue… y así les regaló el amarillo. Y aquella noche en la sala unos corazones fuertes y sanos sonaban en negro-rojo-azul-verde-amarillo-blanco, negro-rojo- azul-verde-amarillo-blanco,…

Domingo. Lila

Era un domingo, lo recuerdo perfectamente porque era un día lila, ya sabes uno de esos días en los que puede pasar cualquier cosa, y no hay día más lila en toda la semana que el domingo. Él entró en la sala y repartió una caja de colores para cada una y dijo – “Ya no estáis atrapadas entre el blanco y el negro. Habéis recuperado los colores de la vida. Sabéis como pintar la vida. Ya no tenéis porque estar aquí más tiempo. Salid y pintad la vida a vuestra manera”. Emilia abrió su caja y se sintió confundida, faltaba el rojo. Él la miró y le dijo – “Yo no puedo darte el rojo Emilia. Pero hay fuera, en algún lugar, hay alguien que guarda un lapicero rojo para ti”.

Después, cogió su descolorida flor y como le gustaba el azul simplemente dijo – ¡Adiós!

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