Noche de Pérez

La oscuridad caía como un aceite sobre los roñosos rincones del barrio bajo. Sabía que debía cuidarme. Es un barrio de callejas entreveradas, de diagonales que acaban en paredones sin salida donde los gatos hurgan en los tachos de basura en busca de una ración de comida putrefacta y los pordioseros duermen la mona de sus borracheras echados en los zaguanes. Ya había estado allí varias veces y ninguna de ellas había sido tranquila. En una ocasión hube de salir corriendo por encima de un tirante, con el lomo salpicado por la sangre de dos matones que estaban disputándose una puta a cuchilladas. Dios sabe que he sido testigo de muchas cosas. Y también sabe que estoy obligado a guardar silencio. Delatar, acusar, incluso defender a alguien por muchas ganas que uno tenga, en mi oficio puede ser mortal al ponerme en evidencia.

Sombras, dice el jefe. Eso somos. Una sombra huidiza que pasa sin que nadie lo note, que se escurre por resquicios impensados para cumplir con su cometido y salir con vida. No es un empleo que me guste. Pero lo he heredado. Así funciona la Organización, cediendo el puesto de padres a hijos. Cuando mi padre murió me dejó este trabajo y no puedo deshonrarlo. Algún día, cuando yo muera, condenaré a uno de mis hijos a seguir mis huellas.

Aquella noche yo no pensaba en hijos. Ni siquiera sospechaba que el amor pudiera ser algo más que el sexo. Aquella noche yo no pensaba en nada. Ni en el futuro, ni en el pasado. Tan solo el presente, con su nauseabundo olor a pescado podrido y orines de perro brotando del pórtico de la iglesia de San Sulpicio, me golpeaba la cara camino al inquilinato donde estaba mi objetivo. El último de la jornada.

Me deslicé pegado a los muros de la calle, a paso veloz, barriendo el horizonte con la mirada, olfateando con intención de detectar cualquier peligro. La calleja estaba desierta, un búho soltó sus chistidos desde la copa de un árbol, amparado en las tinieblas que ni la luna lograba cuartear. Anduve unos metros hasta dar con la escalera de incendios del edificio. Trepé sus escalones sin entretenerme en discernir de cual apartamento escapaba el perfume rancio de fritangas y ropa sucia. Al llegar al tercer piso me colé por el ventanuco del lavadero y emprendí en penumbras la búsqueda del cuarto indicado.

Era una habitación pequeña de paredes blanqueadas a la cal, con posters coloridos prendidos con chinches en las puertas de un armario. Dos literas pegadas a la pared, separadas entre sí por aquel armario, eran todo su moblaje. En una de ellas, una jovencita adolescente suspiraba en sueños, cubierta hasta la nariz por una cobija de cuadros rojos y blancos. En la otra, un niño de unos cinco años roncaba visiblemente molesto por la congestión nasal, boca arriba, abrazado a un viejo oso de felpa tuerto con costurones en la barriga. Bajo su almohada estaba mi objetivo. La mercancía que el jefe esperaba.

Jamás entendí aquello de que soy parte de un gran plan para salvar al mundo. Ni esta moción me consoló de los peligros y las angustias de mi profesión. Siempre creí que eran estúpidas historias de mi padre, aquellas que nos contaba en la nocturnidad del granero, cuando el maizal entonaba sus sones de viento pulsando las melenas doradas de las mazorcas. En aquel entonces, las creía a pies juntillas. Estaba orgulloso de mi padre: él era un héroe. Luego, crecí y empecé a preguntarme para qué seguir. Recién cuando me tocó integrar la Organización, el jefe me dio algunas explicaciones que jamás me satisficieron del todo. Cómo romper con siglos de herencia sin pasar a ser el hereje de la familia. Y ya no hice más preguntas.

Aquella noche, frente a la cama del niño, tampoco lo pensé. Tomé lo que debía tomar. Saqué de mi morral una moneda de un dólar y la dejé a cambio. Debí irme en ese preciso instante. Debí retomar el camino del pasillo con rumbo al lavadero y a la calle. Pero la sonrisa del niño me enterneció: busqué otra moneda y se la dejé

también. Fue una distracción, una sensiblería imperdonable que no me dejó percibir a tiempo a la mujer que encendió la luz. Ella me vio. Envuelta en una bata, despeinada, con lagañas pegoteándole los ojos, comenzó a gritar como una loca mientras intentaba atinarme con cuanto objeto alcanzaba a atrapar entre las manos. La joven despertó y, aullando igual que ella, se irguió sobre la cama cubriéndose con la cobija como si yo pudiera hacerle algún daño. Un hombre apareció trayendo una escoba, sacudiéndola sobre mí como si yo fuese un roedor común y corriente.

El niño me salvó. Si no hubiese sido por él, ahora estaría convertido en carne molida dentro de una bolsa de residuos más tenebrosa que el infierno. Se interpuso entre sus padres y la puerta y pude largarme pegado al zócalo hasta ganar la ventana y saltar hacia la escalera de incendios. Mientras resbalaba por el pasamano hacia la calle, alcancé a contemplar su sonrisa perforada por el agujero de la ausencia.

Corrí, desesperadamente, con esa imagen llenando mis retinas, apretando contra mi abdomen el morral que contenía aquel diente perlado con aroma a dentífrico de menta. Y recién me detuve cuatro calles más abajo, encendí un cigarro y recuperé el aliento, seguro de que ningún gato se atrevería a lanzarse sobre un Pérez a plena luz de la madrugada.

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