CRÍTICA DE “EL LUNAR Y OTROS CUENTOS”, DE ROXANA HEISE (II)

2- EL LENGUAJE DE LA IRA, LA BURLA MASCULINA Y LA CATARSIS LITERARIA

En el mismo “Diccionario del diablo” de Bierce ya antes señalado, contemplamos la definición de ‘hombre’, y leemos: (…) “Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable.”

Sin duda, Heise en sus cuentos trata al hombre de una forma dulcemente vengativa. No se trata tampoco de un ataque de género quizás con tintes alaracos o sujetos a alguna ‘cosa de señoras agitadas’ criollamente, no, lo que hace la autora es destripar al género masculino desde el cotidiano universalmente chileno (y cosmopolita) y lo aterriza, lo minimiza, lo sintetiza a lo que es, o mayormente parece: un animal sumergido en ritos, en horarios, en microgobiernos de empleos, de actividad sexual, en jerarquías de ‘lo fome’, lo predecible, lo burdo, lo bruto, lo insensible, lo hilarante, lo vital y exacerbadamente homo-sapiens. Si hay un cuento en donde todo eso parece conjugarse desde los cuatro costados es en “Espectro”; se habla de un hombre con especial afecto, consuelo, que alguna vez quizás fue el divo de los sueños eróticos y de fantasía, pero que ahora está reducido a un mentecato que ni siquiera con un beso logra esquivar el ‘espectro’ de la oscuridad y del rito, perdido entre números, series, el televisor y la economía fatal del lenguaje corporal, sin mayor afecto ni el amor de antaño, aspectos totalmente descorazonadores sobre las concepciones de relaciones de pareja que han formado parte del itinerario de la humanidad; el estiramiento de las conductas socialmente sedadas, adormecidas bajo el amparo de ‘la buena conducta’, el deseo sexual entumecido, el deseo de vida tosco, la normalidad, la rutina, la peligrosa rutina de llegar del trabajo y dar todo por sentado sin ninguna sorpresa u obstáculos que pasar, pensamientos que cuestionar o anécdotas de las cuales ilustrarse.

Principios rústicos, agrios, que resignifican todo ese universo oscuro y tan predecible del macho chileno que ama la cerveza, el ruido, la querencia fácil, la flojedad mental, las mujeres como ‘crías’, y los hijos como ‘posesiones’. Roxana Heise se ríe frente a ellos, con soltura y osadía, con picardía y además con cariño por esa curiosa raza humana de genitales masculinos. En “Tirano”, por ejemplo, evoca a un hombre que ‘le ha lavado el cerebro’, pero sin embargo, sigue pensando en él. El recurso del tira y afloja sobre determinado espectro romántico es implacable y lúcido de parte de Heise. Y en otros como “Mi jefe”, es tiránicamente hilarante, porque lo somete a una misa del ridículo, infantilizándolo, poniéndolo como un soberbio tonto y además dejándolo desnudo, en el sentido empírico y metafórico, ante una sociedad que todos parecemos ver como su escenario intachable, cuando en realidad queda como el bufón de la corte: el arquetipo del hombre hetero-normativo al máximo, un sujeto regido por lo políticamente correcto, por la ilustración académica y de los ‘goles’ del currículum (un distintivo muy masculino por lo demás, sinónimo de poder, de ensanchamiento, que también directamente lo relacionamos a la jerarquía omnipresente del sexo y la segmentación histórica del hombre-mujer, activo-pasivo, dominante-dominada, arriba-abajo, éxito-fracaso, difícil-fácil, seco-húmedo, masculino-femenino, e interminables binarismos más). El mundo social funciona, según grados diferentes de acuerdo con los ámbitos y contextos en que nos desarrollamos, como un mercado de bienes simbólicos dominados por la visión estrictamente masculina. El ser ‘femenina’ equivale esencialmente a evitar todas las propiedades y las prácticas que pueden funcionar como unos signos de virilidad, fertilidad, fortaleza (algo que los cuentos de Heise tienen en demasía por su mismo léxico), y decir de una mujer poderosa que es muy ‘femenina’ sólo es una manera sutil de negarle el derecho a ese atributo esencialmente masculino y heterosexualizado que es básicamente el poder. Por cultura general, podemos entender que mujeres así han tenido un papel protagónico implacable en determinados períodos de la historia universal, como Cleopatra o la Reina Elizabeth de Inglaterra: sujetos empoderados y femeninos que muchos hombres envidiaban y siguen envidiando por lo que justamente representan, lo que ellos temen, utilizan, ultrajan, aman y desechan como con la facilidad que arrojan a la basura una lata de cerveza o un juego de cartas en el aire.

Heise, como personaje, como autora, en muchos de los relatos, toma esa misma posición de empoderamiento dándole grandes lecciones de género a través de una prosa cómica e intensamente seductora, porque no está todo explícito, sino implícito, como en el cuento (mucho más punzante y despiadado, pero no por eso menos burlesco) titulado “Poco original”, donde mezcla escenarios de identidades podridas, detalles escabrosos y de un hombre que no asume su escuálida realidad del que llamamos criollamente ‘un hijo mamón’, síndrome de una cultura que persigue aún las estructuras de la vieja arquitectura familiar y temerosa que rodea al macho ortodoxo normalizado que le teme a lo intrínsicamente femenino, pero que aún así está pendiente de esa escolarización y consentimiento desde el seno de la madre que replica su machismo, y que más encima le teme a la categorización misma de homosexualidad en muchos niveles. En otros como “Odio”, alcanza el nivel de paroxismo femenino por el que quizás muchas han sido castigadas, invisibilizadas y tildadas como burdamente se les conoce: ‘perras’ o ‘malas madres’, ‘gordas’, etcétera: otras clasificaciones más sobre el género que es de moneda común. En ese mismo microcuento, Heise escribe: “Soy la madre de tus hijos, argumenté, la que estuvo contigo durante la crisis económica, ¿recuerdas?, la que aprendió a cocinar cáscaras de tomate sólo para no verte sufrir de inanición. Me miraste con la lejanía que da el dolor cuando es dosificado con la jeringa del tiempo.” Con pasión vehemente, rabia que traspasa la barrera del silencio, la línea caliente, vomitando la arenga, la ira de la frustración de ese rol imperioso de criar hijos, es ese ‘tick’ incesable de putrefacción en el sacro altar de la relación heterosexual despectiva que Heise ama y odia al mismo tiempo, y que destroza y rememora con facilidad y elocuencia, en su papel incendiario de madre, pareja, un sujeto pensante.

3- EL ORGULLO DE GÉNERO, EL EMPODERAMIENTO COMO AUTORA Y EL DISCURSO PROPIO

Heise en sus microcuentos realiza una arenga profunda, sencilla, hacia lo que podríamos llamar como un orgullo de género, pero tampoco en plan de una guerra a sangre fría contra la representación masculina ni el despecho social que encierra un espíritu viril, de poder, dominante, injusto, sino en un asunto que roza la cotidianeidad y en cómo esa misma cotidianeidad esconde el peligro: el peligro de la invisibilización, de la denigración de parte del ente macho dominatrix, perverso, comúnmente aceptado y hasta defendido irónicamente por el género femenino, alimentándoles el ego y que ha sido aspecto de toda la civilización en distintas etapas. Heise, en cambio, hace añicos el asunto del ego y el sexo toma parte importante de la obra, desde el punto de vista social, casero, pedagógico, de protectora, de oyente, de madre, de amante, de esposa, de sujeto con personalidad propia y alocución.

Virginia Woolf en su magnífico ensayo “Una habitación propia” (1929) escribe: “Tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que sea sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de los que causaría y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge: la robustez del hombre ante la vida disminuye (…)”.

El mismo principio de la inferioridad, de la intranquilidad, resalta en los cuentos de Heise, ya que no es ninguna materia al azar. “Despecho”, “Ausencia”, “Amante incumplidor”, “Amor viajero”, son algunos de los microcuentos que esconden tales umbrales. La ‘robustez’ a la que se refiere Woolf es todo ese poder de macho cabrío que, en este caso, esconde el chileno medio y que Heise se encarga de desmembrar a través de la oración perjudicial, el parlamento más duro y lograr que se arrugue, avergonzado, devolviéndole con la misma piedra de la sentencia del léxico. Del mismo ensayo de Woolf, donde dice que encontrar en el siglo XIV a una mujer en ese estado mental (de catarsis literaria, de orgullo en la prosa) era evidentemente imposible, encontrar a esa mujer en pleno siglo XXI resulta obviamente abundante; las autoras, escritoras y poetas se han adueñado de un mar de fábulas que han desempeñado un importante y potente cambio de enfoques y la relación entre literatura, poder y sexualidad.

Jane Austen, las hermanas Brontë, Gabriela Mistral, Doris Lessing, Diamela Eltit, y un largo etcétera, de distintas épocas, estilos y contemplaciones, han sabido incorporarse a la literatura a

través de su propio lenguaje, con una arenga íntima, hablando desde sus roles de dueñas de casa, de dueñas de su propia vida, de dueñas de una vida que no les pertenece, y dueñas de un mundo de fantasía y detracción desbordante y dispuestas a masacrarlo todo y a todos, todas esas etiquetas de ‘mujer’, ‘cerrada’, ‘oprimida’, ‘inculta’, ‘incomprendida’, ‘impalpable’, ‘histérica’, etcétera. Heise, en este caso, realza todos esos conceptos para transportarlos a una realidad que toda mujer chilena de clase media sentiría como el retrato perfecto de una cotidianeidad ininterrumpida, desmejorada y ávida de experiencias nuevas y perspicaces.

Las fantasías, las amputaciones, los monólogos de aburrimiento, de enajenación, las ambiciones estranguladas en una cama matrimonial que parece no tener nada salvo desiertos en las sábanas o en las fotografías del comedor, las esperanzas y los éxitos flojos de una vida que nadie querría. En ese sentido, todos los cuentos de Heise que explotan ese universo resultan significativos. Jane Austen, por ejemplo, escondía todos sus manuscritos o los cubría con un paño; toda la formación literaria de las mujeres desde el siglo XIX aproximadamente era práctica en la observación del carácter y el análisis profundo de las emociones, como esponjas humanas. Además todas las mujeres estaban condenadas a compartir la misma sala de estar de toda la familia, y por ende, nunca tenían el tiempo suficiente para escribir a solas; solo disponían de su calidad de ‘esponja’ y poder grabar día a día los sentimientos de las personas, las relaciones entre ellas, que siempre estaban delante de sus ojos. Heise no tiene ningún problema, en pleno siglo XXI, de querer revolver toda esa sala de estar, con hijos, pareja, amistades, y convocar a un alarido en cadena; porque justamente lo que hace es recibir toda la energía de experiencias y relaciones anexas de personas que la rodean, pero muy por sobretodo, la relación de ella misma con su entorno, y en cómo lo percibe, lo siente, le duele, le marca y la sulfura. En la era del Internet, del alcohol socialmente aceptado como ‘droga’, en la era de las relaciones marcadas por el mensaje de texto y por los celulares, por los mutismos embarazosos, por el amor de microondas o express, por las peleas materialistas, por el silencio a la hora de once más que por el gemido de orgasmo físico, Heise canaliza sus emociones más básicas para poder enaltecerse, como creadora y como ama de sí misma.

Como diría Lady Winchilsea en uno de sus poemas, a la mujer que prueba la pluma se la considera una criatura tan presuntuosa que ninguna virtud puede redimir su falta. Nos equivocamos de sexo, nos dicen, de modo de ser; la urbanidad, la moda, la danza, el buen vestir, los juegos son las realizaciones que nos deben gustar, escribir, leer, pensar o estudiar nublarían nuestra belleza, nos harían perder el tiempo o interrumpir las conquistas de nuestro apogeo, mientras que la aburrida administración de una casa con criados algunos la consideran nuestro máximo arte y uso. Los microcuentos de Heise, en ese caso, son la administración perfecta de una casa entera y plagada de criados que están con discursos propios, con ira bajo las venas y un tremendo ímpetu, una capacidad de romper y destruir y que, por supuesto, desde esa misma destrucción, ruptura, violencia (física, verbal y simbólica), separación, desligamiento, se forje el crujiente proceso de aprendizaje que nunca termina, ni a los quince, ni a los treinta ni a los sesenta años, renazca el amor propio y renazca el orgullo del ser mismo, de la persona detrás del sexo, del rostro: su alma, su persona.

Es funesto para todo aquel que escribe el pensar únicamente en su sexo; de hecho, es funesto ser un hombre o una mujer a secas; uno debe ser “mujer con algo de hombre” u “hombre con algo de mujer”. Es funesto para una mujer subrayar en lo más mínimo una queja, abogar, aun con justicia, por una causa, y no alimentarse de los polos opuestos, porque la literatura debe ser andrógina si no quiere caducar en la mente de un lector. Heise es una escritora totalmente andrógina a mi parecer, porque en su mismo lenguaje y corriente, subcorrientes, subtextos, se esconde un ser masculino valeroso, políticamente incorrecto, impresionante, que bebe, que maldice, que vocifera, que quiere destruir el hogar por un sentido de aprendizaje, que ama y despotrica con una fuerza y arenga masculina, pero que tampoco se deja amilanar por la femineidad de su ser, la flor, la delicadeza, la utopía, el romance, la gran rosa que está en su aura, el encanto de su sexo como mujer (aunque recalco que las categorizaciones sexuales nunca han sido de mi gusto). Si uno leyera los cuentos de Roxana Heise en una bóveda y sin consciencia de quien es el autor o su nombre, muchos opinarían que se trata de un ente masculino; por el mismo coraje y arrebato con el que forja su prosa que no es nada convencional y resulta sana, virulenta, suelta y cristalina en tiempos donde se hace más que necesaria la expresión propia.

Algunos podrán decir que es una lástima tremenda que una mujer capaz de escribir así, con el brío de Heise, con una mente que la naturaleza hace vibrar y dar a la reflexión y al exorcismo de las malas experiencias y el fastidio de la vida, se vea empujada en muchos pasajes a la cólera, la amargura, el ‘rugir’ por rugir y estar apaleando a ese Otro que parece un hombre de la Prehistoria (no sólo chilena) que almacena algunas de las cualidades más nefastas de la raza humana, sobretodo en una relación de pareja. ¿Pero acaso no todos estamos sujetos a ese temperamento? ¿Acaso una mujer, propiamente tal, quizás madre, quizás arquitecta, quizás doctora, respetable, buena ciudadana, buena esposa y ejemplo social, que no ha cometido actos impropios o no ha tenido fantasías sexuales en el matrimonio, no podrá ver algo de su ira emocional en la obra de Roxana Heise, sin sentirse aludida en algún instante, tendrá algo de abominable, de reprochable, lo verá como un signo de ataque o de elocuencia, de iluminación? ¿Acaso el arte en sí, la literatura, no tiene que ver solamente con un exorcismo colectivo, un pensamiento que hable por una sociedad destripada, desencantada, desenmarañada, o un determinado segmento, sino también un exorcismo personal, desde las entrañas del autor, sin necesidad de hablar por un tercero?

Heise sufre, analiza, desarticula, descompone, destruye sus propios miedos, sus enigmas, sus dudas, sus desconciertos y sus relaciones a través de oraciones precisas, ambiguas, cotidianas, llenas de fisuras, un monstruo energúmeno, sin sexo distinguible, sin pretéritos, sin restricción de locución, que escapa al segmento hermético del párrafo, y se transforma en un ente liberador de sentidos que forman parte del diario vivir de millones de hombres y mujeres.

La literatura como terapia es un hecho palpable. Los microcuentos son hechos lacónicos, duros, secos: el poder de la palabra está en las cosas simples. Roxana Heise lo hace, y lo sabe hacer.

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