–Bien, supón que Sage mató a todos en 1912 – tiró otro dardo que fue a clavarse justo en el centro y continuó hablando. – ¿Quién lo está haciendo ahora? No es la loca de la Dra Fell.
–Y ¿por qué no? – Henry miró a su hermano, interrogante.
–Es una mujer, no ha podido apuñalar a tres hombres – respondió con cara deeso-es- más-que-evidente.
Otro proyectil voló hacia la diana, pero fue interceptado por una pálida mano, delicada e impoluta, en pleno vuelo. La joven era hermosa, sobrenaturalmente hermosa, tenía unos ojos esmeralda que casi brillaban en la oscuridad y una sonrisa capaz de parar el corazón de un hombre.
– Eres un machista – avanzó hacia Jason sensualmente, andando con una elegancia felina. – Cualquiera mujer puede matar a un hombre, todo es cuestión de motivación.
Al pasar a su lado le entregó el dardo mordiéndose el labio de manera provocativa. Se miraron durante unos instantes hasta que Henry carraspeó significativamente, rompiendo la magia del momento.
–Nunca te das por vencida, ¿verdad? – sus ojos oscuros se clavaron en los de ella.
–¿Por qué estás tan gruñón?
La voz de Elizabeth era dulce y melodiosa, y el vestido azul oscuro ondeó levemente al acercarse a la mesa de madera y apoyar los codos, jugueteando con un vaso de bourbon.
–Se está desintoxicando – los ojos azules de Jason relucieron socarrones – quiere ser un hombre mejor.
–Eras más divertido en las años veinte – dijo Eli antes de dar un trago a su copa.
Jason chasqueó la lengua y le propinó un codazo cariñoso a la hermosa joven, sentándose en un taburete.
–No le cabrees, cuando está en plan moralista se pica.
–No estoy en plan moralista, pero ya no me interesa matar a seres humanos inocentes.
Una sarcástica sonrisa se abrió paso en el rostro de Jason, dejó su vaso de bourbon y, remangando su chaqueta de cuero, se acercó a su hermano, algo más rubio y delgado.
–Já, vale, tienes razón. Antes eras un moralista: “Querido diario, Jason ha perdido el camino, su amargura le consume y ya no es nada más que pura malicia” – recitó de memoria.
–¡Pero serás criticón! – le acusó Elizabeth.
–Muy graciosos…
Henry desvió la mirada, acabando su cerveza antes de volver a mirar a sus amigos. La bella joven había dejado de prestarlo atención y observaba en aquel momento a su hermano.
– Para serte sincera, tú tampoco parecías muy divertido – Eli se colgó del cuello de Jason, alzando las cejas.
– No lo era. La mujer a la que amaba se pasó encerrada en una tumba cien años. No estaba para dar saltos de alegría.
La mano del joven rubio de los ojos oscuros había empezado a tamborilear en la mesa al recordar aquellos tiempos, cuando las cosas eran más fáciles y no tenían que ocultarse salvo de la condenada luz del sol. Y el sabor. Aquel líquido maldito. Oh, sí, aquello sí que era el paraíso.
– ¿Ya estás otra vez? – acusó Jason.
Henry alzó la cabeza, claramente sorprendido. En cuanto se dio cuenta de que estaba moviendo los dedos involuntariamente, detuvo el tamborileo y carraspeó, levantándose a la velocidad del rayo y cogiendo su chaqueta.
–Vale, perdonad, necesito salir de aquí.
–Claro… pero admite que tienes el mono.
–Jason, no voy a…
En menos de un parpadeo Jason se había abalanzado sobre su hermano, atrapándolo del cuello de la cazadora negra y deteniéndolo en seco.
– Admítelo – sus gélidos ojos azules eran inescrutables.
Henry agarró violentamente los brazos de Jason a su vez, enseñando los dientes y dejando que su iris se volviese rojo carmesí durante un instante.
–¡Bueno, vale! ¡No puedo más, me comería a todos los camareros! ¿por qué me haces decirlo? – siseó furiosamente.
–Porque yo también sé ponerme en plan moralista.
Se empujaron con fiereza pero sin malicia, Jason volvió a sentarse al lado de Elizabeth y Henry no tardó más de dos segundos en abandonar el local. Le quemaba la garganta. Le dolían los dientes. Sentía una asfixia tal, que si su voluntad sucumbía sólo un instante, mañana los periódicos hablarían de la mayor masacre del siglo.