La primera vez que oí su voz yo era un escritor que no escribía. Estaba en el balcón fumando un cigarrillo intentando ordenar las notas que se amontonaban sobre mi escritorio cuando, a través del balcón de al lado, oí su voz triste y grave. Había oído bastante barullo los últimos días en el piso de al lado, muebles que se movían, arrastrar de cajas, y ya había supuesto que pronto tendría vecinos nuevos que vendrían a perturbar el fino hilo que cada vez con menos frecuencia me conectaba a la inspiración. Esa voz grave y melancólica, que hablaba por el móvil, era mi nuevo vecino manteniendo una acalorada conversación con alguien que pronto supe que se llamaba Laura, su nombre todavía no lo sé, en el buzón sigue figurando el del anterior inquilino. Unas cuantas frases sueltas, algunas palabras, y sobre todo esa melancolía en su voz, fueron suficientes para saber que habitábamos un territorio común, el de los que han sido desterrados de un país, de un tiempo, de un amor quizás.
Quien no haya aspirado lentamente el engañoso olor de la nostalgia, leí de mi puño y letra en el cuaderno que Abel me había regalado cuando yo era un prometedor joven escritor que había ganado un importante premio literario con mi primera novela, quien no haya destilado su esencia a golpe de canciones y párrafos subrayados en un libro, en el que había anotado todo lo que necesitaba para escribir esa segunda novela que me confirmaría como algo más que una joven promesa, quien no se haya despertado una mañana masticando la tristeza, y yo la seguía paladeando cada vez que me quedaba inmóvil frente al ordenador con la pantalla en blanco, esos no pueden entenderlo, porque me resultaba imposible escribir un final que no sentía. Me gustaría encontrar un antídoto para la nostalgia, me dictaba ahora su voz profunda con acento de país extranjero, aunque sólo fuera para poner nombre a aquello de lo que carezco, y ésas eran las primeras frases que escribía en meses, el deseo de no echarte de menos.
No éramos extranjeros, ni parecía que la juventud nos hubiera abandonado todavía, pero éramos compatriotas de otra clase de exilio, el abandono. Así pude confirmarlo en las conversaciones telefónicas que se sucedieron con la tal Laura y con algunos amigos, pocos. Después, siempre, la música. Un puñado de canciones en realidad, entre todas ellas una que se repetía cuando terminaba de hablar con ella. Unicornio de Silvio interpretado por la cantante portuguesa Misia. Mi unicornio y yo hicimos amistad, la emotiva musicalidad de sus notas, un poco con amor, en la voz de una cantante de fados, un poco con verdad, me hacían comprender todos y cada uno de los matices de
la palabra saudade, pero no tengo más que un unicornio azul, una mezcla entre nostalgia, tristeza, melancolía, y aunque tuviera dos yo sólo quiero a aquel, y una rara sensación de pérdida. A veces me parecía oírle llorar, y sentía ganas de cruzar el fino tabique que nos separaba y abrazarle, decirle que ya faltaba poco, que pronto estaría abajo del todo y las saladas lágrimas que ahora derramaba darían paso a un porvenir mucho más dulce. Y mientras tanto yo escribía.
Había movido el escritorio lo más cerca posible del balcón, para poder escribir a la vez que permanecía alerta a cualquier palabra o sonido procedente del piso de al lado. La inspiración, ahora lo sabía, se presenta de las formas más insospechadas y cuando uno menos lo espera, por eso conviene que te encuentre trabajando. Y sin darme cuenta, a sus palabras y canciones se sumó un tercer elemento definitivamente inspirador, el sonido de un piano que no había escuchado antes, al principio pensé que sería un disco, pero en realidad era mi desconocido vecino que a través de la música curaba sus heridas y sin quererlo me hacía partícipe una vez más de su pequeña vida melancólica.
Quien no haya aspirado lentamente el engañoso olor de la nostalgia, y yo seguía escribiendo y espiando, hasta tal punto que me parecía que las dos cosas eran la misma, quien no haya destilado su esencia a golpe de canciones y párrafos subrayados en un libro, conocía sus canciones, pero no los libros en los que se reconocía, los que le harían llorar tanto como la voz desgarrada de Misia, quien no se haya despertado una mañana masticando la tristeza, y la tristeza tenía su voz, sus manos, y una cara que yo nunca había visto, esos no pueden entenderlo, por eso yo le entendía y escribía.
Unos meses después, la noche antes de que mi libro saliera a la venta, bajé hasta su plaza de garage, y en la puerta del coche le dejé una nota breve y concisa: “Tú me inspiras”. No sé porqué lo hice, si realmente me sentía agradecido por haber recuperado la inspiración, o si quizás me sentía en deuda por haber utilizado una historia que era la mía pero que tenía su nombre, el que yo le había puesto. A la mañana siguiente cuando salí al balcón le vi por primera vez, apoyado en la barandilla, con los ojos cerrados, parecía disfrutar de la brisa fresca de la mañana.
La primera vez que vi su cara, yo era un escritor que acababa de publicar su segunda novela. Tenía un librito en la mano entreabierto por una página y en la portada la nota que le había dejado en su coche. Cuando se percató de mi presencia me lanzó una mirada fugaz, pero no dijo nada, sólo miraba, como si fuera la primera persona a la que veía en mucho tiempo, yo le miré de una forma parecida, como dos compatriotas que vuelven a su país después de años de exilio. Ahora también sabía en qué libro se reconocía, el que tenía entre sus manos, un libro de poemas de Luis García Montero. Ajeno a mí continuó leyendo por el párrafo subrayado:
“Sabe que le resulta necesario aprender a vivir en otra edad, en otro amor, en otro tiempo. Tiempo de habitaciones separadas”.
AUTOR: Jaime Castaño. Ingeniero Químico