Todos seguimos creciendo y enfermando de cosas banales a lo largo de nuestros días. Todo es una enfermedad crónica, todo se vuelve crítico cuando no existen indicios de morir.
Hace poco escuché decir que los funerales se hacen para los vivos. Aún no me puedo creer que llevemos tanto tiempo conociendo el final de nuestra historia y todavía seamos capaces de seguir procrastinando. No nos entiendo, y la verdad, lo prefiero.
La muerte es lo único seguro que tenemos en la vida. El adiós. La despedida. La pérdida infinita. La antesala de un después que quizá siempre o jamás nunca. Esto. La existencia. O mejor dicho, la falta de esta, dejar todo lo conocido atrás, y no poder regresar nunca, un posible viaje hacia lo desconocido sin billete de vuelta. Tenemos miedo del final, pero más temor tendríamos que tener del trayecto, de la vida, de lo vital.
Lo vital es invisible a unos ojos que pueden ver, pero no saben dónde mirar. El ciego se imagina tener enfrente un amor que un cojo decide dejar atrás. Todo es tan por fuera que resulta fácil temer un interior cuando te adentras. El tiempo sigue pasando por estas manos que jamás sabrán explicar lo que no se atreven a tocar.
Una cama de hospital no deja de ser una habitación donde llorar, pero siempre, el que más llora es el que se queda. Ya no importa la mirada que se va, ya no hay físico que atormente, no hay sentimientos que confundan, no existe el olvido en un cuerpo que ha dejado de olvidar. A veces, simplemente, no importan las paredes, a veces, es necesario localizar una ventana para saber que en cualquier momento podemos ganarle a la muerte el final. Dejar de pensar en lo posible del presente y empezar a pensar en lo factible del futuro, empezar a mirar a la ventana dejando de mirar, en parte, a la pared.
Alguien que no respira por sí solo se sienta en cada paso que da y el resto seguimos poniendo el peso en una llamada que nunca llega, en una acción que nunca acaba, en algo que nunca cambia. El resto seguimos cansados de tanta nada. El mundo se vacía. El mundo es un vacío doloroso, una voz que hace eco en una eternidad finita. Para alguien que se muere la vida es sólo un día malo y para nosotros, que somos mundo y nos morimos con todo, los días pasan de uno en uno en una vida que jamás se termina de llenar por mirar a la pared en vez de a la ventana.